Pintura de Wang Qingsong.
Según el último resultado de las pruebas PISA (https://www.oecd.org/en/publications/pisa-2025-results-volume-i-country-notes_2d4ff9ea-en/colombia_d64a60a2-en.html), Colombia se vuelve a rajar en las áreas de Matemáticas y Lectura, con un tímido avance en Ciencias de 3 puntos, comparada con los resultados de 2022. Para el caso puntual de la lectura, pasó de obtener 408 puntos en 2022 a 399 en 2025; es decir, según esta métrica retrocedió 9 puntos. ¿Las causas? Multifactoriales.
A nivel mundial podemos citar principalmente las secuelas dejadas por la pandemia Covid-19, la creciente oferta de redes virtuales e inteligencia artificial, el desafecto por la vida intelectual y académica, pues no generan estabilidad laboral ni ganancias suficientes, y la inestabilidad geopolítica. Para el orden nacional, la violencia estructural, los desplazamientos forzados, la pauperización de la oferta laboral formal, las dificultades de acceso y permanencia al sistema escolar, la oferta educativa insuficiente en zonas rurales y el poco interés por cursar carreras técnicas, tecnológicas y profesionales, pues las prioridades para la mayoría de ciudadanos son otras.
En cuanto al ámbito educativo propiamente dicho, encontramos entre otras razones de los bajos resultados asociados a la capacidad lectora, la falta de recursos educativos, especialmente en sectores alejados de las ciudades, la desmotivación para la permanencia en las instituciones escolares, las dificultades para llevar a cabo de forma idónea la labor docente, el desgano por los exigentes hábitos propios de la vida académica, la escasez de formación y tiempo de las familias para apoyar los procesos pedagógicos de los hijos, la invasión asfixiante de las redes sociales con su consabida polarización ideológica, la excesiva ideologización de los directivos y de las mesas centrales de FECODE, la incapacidad para centrar los esfuerzos educativos en el trabajo en las aulas y más bien buscar “remedios” en cuotas políticas y burocráticas, la desactualización docente y su lejanía de los procesos de investigación docente y de publicación de investigaciones, la falta de articulación entre los niveles público y privado, y la inoperancia de los diálogos y acuerdos efectivos a nivel nacional, departamental y municipal. Pero muy en especial, digámoslo de una buena vez, por sobre todo, la ausencia de una política educativa estructural y de largo aliento por parte del Estado referida a la educación para la lectura. Con todas estas condiciones tan adversas y endémicas que vivimos en Colombia, obtener buenos resultados en pruebas nacionales e internacionales viene a ser, salvadas excepciones, más un milagro que una consecuencia lógica de una política educativa coherente. Sin embargo, reconocer tales fallas no debe llevarnos al fatalismo sino a la reflexión, al estudio, las propuestas y los acuerdos a nivel de sociedad, más allá, mucho más allá del gobierno de turno. Pensar la educación en proponer país.
Y como se vale soñar, podríamos dedicarnos como sociedad a proponer una política de Estado consistente y a largo plazo referida a la formación en pensamiento crítico. Es decir, a crear, administrar y evaluar un sistema ordenado de principios, objetivos, leyes, normas, actores, métodos, tiempos y resultados que nos permitan enfocar la educación de nuestra ciudadanía presente y futura en la adquisición, desarrollo y potenciación de las capacidades comprensivas, analíticas y valorativas. Bajo esta perspectiva, pensar críticamente se refiere a informarse, entender, estudiar, evaluar y cuestionar la vida social, no para destruirla, sino para comprenderla en su complejidad y proponer, en aras de una mejor convivencia democrática. Tal enfoque no solo fortalecería nuestra democracia, sino que también fomentaría una ciudadanía más activa, informada, participativa y creativa, capaz de enfrentar con la fuerza de las ideas y los argumentos los discursos de odio y de construir consensos basados en el respeto y la evidencia.
La raíz de nuestra civilidad reposa en la capacidad de pensar mejor, y a ello se puede acceder por diversas vías formativas. Una central, en mi concepto, es la formación lectora. Educar en el pensamiento crítico y para el pensamiento crítico transita inevitablemente por un programa consistente que enseñe a leer.
Aprender a leer, ser un buen lector, es una práctica personal de atención plena que se madura día a día mediante ciertos hábitos, ambientes y estrategias para llegar a dialogar con otras voces y tradiciones en búsqueda de una refinada capacidad reflexiva y creativa. Pero entendámonos: leer no es solo decodificar signos; implica en realidad tres macroprocesos cognitivos: comprender (entender lo dicho en el texto), analizar (examinar en detalle los elementos constitutivos del texto) y valorar (asignar criterios para determinar fortalezas y vacíos textuales). La lectura es un verbo, una acción continua de concentración profunda y conversación con un texto, un autor y con uno mismo. Leer, como dirían José Antonio Marina y María de la Válgoma (en La magia de leer, Random House, Barcelona, 2020), es habitar y descifrar un bosque de signos. Por lo mismo, la lectura nos confronta con otras perspectivas, desafía nuestras certezas y convida a explorar los propios prejuicios. Esta confrontación intelectual deriva en fundacional del pensamiento crítico para obtener mayor autonomía, capacidad de distinción de hechos, opiniones, argumentos y falacias y resistencia ante los lugares comunes que nos venden a diario. Hacerse un buen lector es aprender a pensar con mayor esmero y rigor. Si se apunta a una política de Estado enfocada en la promoción del pensamiento crítico, además de otras aristas, la de hacerse buen lector resulta ser un acto del todo neurálgico y transversal para dicho propósito.
Ahora bien, educar en buenas prácticas lectoras (las malas abundan: rapidez, inmediatez, cantidad por sobre profundidad, descontextualización, superficialidad, mecanización, memorización excesiva…), requiere, a mi manera de entender el asunto, de cuatro puntas de lanza para llevar a puerto el cometido: lo curricular, la formación docente, las didácticas de aula y el componente evaluativo de procesos y resultados.
Lo curricular pasaría por pensar y formular con secuencialidad los problemas, objetivos, competencias, temáticas y resultados esperados a nivel macro, meso y micro curricular para el proceso lector, claro, desde un tejido inter y transdisciplinar, en el cual se tengan bien estipuladas las didácticas, las tipologías textuales de base y los procesos de pensamiento y metacognición por cohortes de edad, hasta hacer de la comprensión, el análisis y la valoración textual ejercicios significativos y cotidianos en las aulas.
La formación docente, por su parte, es un activo cada vez más empapelado, burocratizado e ideologizado, desgraciadamente. En su lugar, se debería enfocar a las comunidades docentes en una pregunta eje: ¿cómo educar hoy en buenas prácticas lectoras? Y lo sabemos: la calidad humana y profesional, las experiencias, los proyectos de aula, las lecturas y los deseos de la mayoría de los docentes están como pan fresco sobre la mesa de la educación; ahora se trata de darles orden, escritura, secuencia y medición.
Consecuencia del anterior aspecto, urge volver con insistencia sobre el asunto de las didácticas de la lectura. Esto es, de nuevo, problematizar y ensayar cómo contagiar a los niños y jóvenes con la lectura y el pensamiento activo. Dicho de otra manera: leerles en voz alta y bien en la clase, leer en voz alta con ellos, que ellos lean y escriban, que todos leamos y que hagamos buenas preguntas pensando sin afanes los textos, las tipologías, problemas, las formas de leer y los métodos para pensar y proponer, siempre, por supuesto, todo ello moldeado en el aula con la guía directa de los educadores. A fin de cuentas, una didáctica de la lectura nos conduce a situar la enseñanza en acción deliberada, reflexiva y en función de un aprendizaje (si así lo decide el estudiante, pues aprender es un acto de la voluntad individual) significativo y transformador.
A lo anterior agreguemos un aspecto primordial: leer y pensar son una dinámica individual, propia e intransferible; entonces, el fomento de la lectura y la escritura en el aula pasan sustancialmente por el plano de lo físico, por el papel y el lápiz, por el cuaderno y la toma de notas (las herramientas, los materiales de trabajo enriquecen o debilitan el pensamiento, no lo olvidemos). La IA (inteligencia artificial) deviene en cuanto apoyo en ciertos momentos, muy especialmente en la etapa de cocción de ideas (por ejemplo, el sistema de Tutor socrático resulta valioso en los prolegómenos de la lectura y la interpretación). Sin embargo, la síntesis final y la apropiación del conocimiento exigen un esfuerzo cognitivo personal que ninguna máquina puede suplantar. Por ello, el rol del educador es guiar ese proceso introspectivo, fomentando la autonomía del estudiante y asegurando que la tecnología sirva como catalizador, no como sustituto. El objetivo es integrar lo digital sin perder la profundidad del análisis humano.
La cuarta condición de esa educación centrada en la lectura con miras a desarrollar una política de Estado para la promoción del pensamiento crítico pasa por un nudo ciego y que levanta todas las ampollas: la evaluación. Problema altamente sensible, muy en especial para los docentes y, en particular, para los tribunales de la administración ideológica en la que se han convertido los sindicatos. Nos guste o no, en todos los ámbitos de la vida se requiere saber cómo vamos, qué hacemos bien y qué debemos rehacer; por lo mismo, en la esfera educativa, es indispensable hacer la evaluación de actores, procesos y resultados, subrayando que este proceso no debe reducirse a una mera fiscalización punitiva sino como un apoyo que permita detallar fortalezas y debilidades en la práctica pedagógica y en el aprendizaje. Así las cosas, la evaluación se transforma en un mecanismo de mejora continua que empodera a los educadores, les brinda autonomía para ajustar sus estrategias y fomenta una cultura de aprendizaje colaborativo permanente y crítico. Con esto, igualmente, se supera la resistencia inicial y se construye un sistema educativo más resiliente, capaz de adaptarse a los cambios sociales y tecnológicos sin perder su esencia humanista. La evaluación así comprendida garantiza que la educación no solo responda a las demandas del presente, sino a los desafíos del futuro. Si queremos niños y jóvenes que lean y piensen mejor, será menester dejar los temores a la evaluación del desempeño profesional y afrontar con sinceridad las luces y sombras de nuestras prácticas docentes. En igual condición, pruebas habituales con criterios claros que se apliquen a los estudiantes y se analicen con ellos serán un buen camino para una adecuada formación, un camino lento pero seguro. Este proceso que llamo evaluación reflexiva y propositiva, transforma las acciones en el aula en herramienta de mejora continua, de conciencia atenta y de inquietud y búsqueda de nuevas alternativas, pues la vida social en su conjunto siempre nos enfrenta a nuevos retos que exigen respuestas creativas y solidarias.
Hasta aquí un esbozo de propuesta como una manera de salir del laberinto de esfuerzos aislados y resultados frustrantes que siempre nos rodea. Sin embargo, los retos que una propuesta de Estado para el desarrollo del pensamiento crítico afronta son muchos y más en Colombia. Entre otros, el temor mismo a pensar críticamente, ya que implica cuestionar lo establecido y asumir la responsabilidad de nuestras propias conclusiones. A la par de este, la incapacidad que tenemos los colombianos en concebirnos como un pueblo, como una sola nación en la cual deba regir el bien común como bien mayor, pues somos de regiones, de localidades, de estratos, de ideologías… Es decir, todo nos divide; concebir y responder por una única política de Estado para todos es un desafío mayúsculo dada nuestra ética de tribus.
Otro obstáculo más: la ideologización de los líderes docentes, quienes ante todo ven problemas y demandan siempre sus privilegios en lugar de modelar y conformar comunidades docentes de verdadera reflexión y propuesta pedagógica y didáctica. Los discursos ideológicos cada vez más, tristemente, suplantan las reflexiones y propuestas pedagógicas y didácticas. Hoy brillan por su ausencia los foros, simposios y encuentros de investigación educativa liderados por docentes para proponerle al país nuevos vértices formativos para el pensamiento, la lectura, la resolución de problemas, la escritura, la investigación o las matemáticas. En su lugar, arrasan las retóricas oportunistas de unos cuantos. La educación ha pasado al cuarto de San Alejo en Colombia. En el mundo y muy especialmente en nuestro país, el proselitismo y el manoseo de las más sinceras esperanzas y reclamos de niños y jóvenes han sido arrinconados: en la feria de los intereses está ganando la politiquería y perdiendo la filomatía.
De todas formas, siempre cabe oponer a esa pandemia populista una política pública seria sobre la formación en pensamiento crítico. Es posible y podemos trabajar en ella, aunque, y bien lo sabemos los educadores, más allá de esa legítima aspiración nacional, lo que de veras importa es el momento del aula. El encuentro de cada día de un/a docente con sus estudiantes. Es en ese espacio privilegiado donde se tejen múltiples posibilidades de sentido y humanización. Ninguna reforma ni teoría reemplazan el acto sagrado en el cual un docente trabaja mano a mano con sus aprendices. Y por esta única e irrevocable posibilidad de transformación de personas y sociedades, es que resulta innegociable la didáctica. Para mí no ofrece duda: el docente se debe a la tarea de planear, aplicar y ajustar de manera continua la enseñanza para que los aprendices puedan tener el derecho a saber, hacer y convivir de mejor manera, si así lo desean ellos mismos. Esta dedicación requiere no solo conocimiento disciplinar, sino también una profunda sensibilidad pedagógica y ética. El maestro debe escuchar las necesidades de sus alumnos, adaptar sus estrategias a los contextos diversos y fomentar un ambiente de respeto mutuo. Lo demás ya no depende directamente de su labor de enseñanza.
Y precisamente al asignarle un valor sustantivo y fundacional al trabajo diario en el aula, es que considero necesario hacerse de manera continua a buenas prácticas lectoras. Estas las podemos, inicialmente, organizar según los macromomentos lectores (comprender, C; analizar, A; y Evaluar, E). En coherencia con esto, lanzo unos primeros ejercicios en tal dirección.
Veamos.
- Hacer de la lectura y la relectura un acto cotidiano, en ambientes de silencio y diálogo (se da en los tres macroprocesos: (C,A,E).
- Explicitar y modelar una estrategia puntual de lectura según cada macroproceso y texto (C,A,E).
- Privilegiar los procesos de pensamiento por sobre los logros disciplinares y hacer de éstos la columna vertebral de la formación. (C,A,E).
- Cada día, aplicar una rutina de pensamiento. En esto, el pensamiento visible del Proyecto “Zero” de la Universidad de Harvard será de gran apoyo. (C,A.E).
- Emplear metacognición permanente durante el proceso lector. (C,A,E).
- Leer y releer mucha literatura, especialmente poesía.(C,A,E).
- Animar a crear antologías, bien sea por autor, época, por temática o por tipología. (C,A,E).
- Leer en voz alta. (C).
- Verbalizar las intenciones que se proponen para cada lectura particular (C).
- Antes de iniciar una lectura, estipular una matriz o rúbrica de valoración del proceso lector y seguirla. (C).
- Leer en voz alta poesía y recitar poemas.(C).
- Proponer preguntas guía que orienten la búsqueda de información (C).
- Enseñar el texto en contexto y en referencia a otros textos, incluso con miradas diferentes sobre una misma temática o problema. (A).
- Aplicar perspectivas lectoras (estructural, semiótica, psicocrítica, simbólica, de la estética de la recepción y socio-crítica).(A).
- Desarmar la lógica de composición (en términos de Edgar Allan Poe en su ensayo sobre su poema El cuervo) de un discurso: cómo fue planeado y estructurado por el autor.(A).
- Conjeturar los impactos de un texto en la sociedad de su momento y en la nuestra.(A).
- Elaborar esquemas, mapas de ideas, cuadros sinópticos, mapas conceptuales y/o mentefactos por cada lectura concluida.(A).
- Leer menos cantidad; sí leer con mayor pausa y profundidad. (C/A).
- Motivar cada lectura desde problemas, preguntas y circunstancias cercanas a los estudiantes. (C,A).
- Identificar unas pocas y progresivas tipologías textuales y estrategias puntuales de lectura por grado o nivel educativo para ser desarrolladas por La comindad docente, más allá de las áreas o asignaturas.(C,A).
- Sin menospreciar la pantalla ni la IA (ya tendrán su momento), sí privilegiar siempre la lectura en físico y la toma de apuntes a mano.(C,A,).
- Plantear y rastrear buenas preguntas e hipótesis, tanto en lo que dice el texto como sobre lo que se piensa de él. (C,A).
- Determinar las ideas eje y sus ideas de apoyo en una lectura, así como el tema y la tesis.(C, A).
- Inferir tesis, argumentos, sesgos y falacias con evidencias de los descubrimientos.(A, E).
- Colegir errores y vacíos textuales.(E).
- Elaborar criterios de lectura exigentes y ceñirse a ellos en la valoración de una obra. (E).
- Analizar la intertextualidad y los referentes culturales presentes en el texto. (A,E).
- Establecer procesos adecuados de lectura según cada tipología textual. (A).
- Fomentar el debate grupal para contrastar interpretaciones y construir significados compartidos (A,E).
- Elaborar sustentaciones en las que se presenten las valoraciones de una obra. (E).
- Escribir reseñas, comentarios y ensayos breves a propósito de una obra o temática. (E).
- Alimentar círculos de lectores por instituciones y entre instituciones. (E).
En fin… El trabajo en el aula, afortunadamente, es un menú siempre inacabado, abierto a formar buenos pensadores y lectores. Y esto, en esencia, depende de la voluntad y la terquedad de cada docente en cada sesión de clase. Claro: mientras nos dedicamos a la didáctica de la lectura podemos seguir alimentando una verdadera reforma educativa, pero sin distraernos del día a día.
Concluyendo, a continuación dejo, a guisa de invitación, la referencia de dos de mis libros y algunos enlaces de este blog para ahondar en el tema de la lectura y el pensamiento crítico.
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Libros:
Pensar nuestra educación. Reflexiones en torno a educación, convivencia, lectura y escritura en Colombia. ECOE-Universidad de La Salle, Bogotá, 2018.
Manual del pensamiento crítico. Reflexiones, estrategias y matrices de valoración para su desarrollo desde la lectura y la escritura. Magisterio Editorial, Bogotá, 2021.
Enlaces: