Ilustración de Joey Guidone.
Este segundo apartado es la correlación educativa de las condiciones y características planteadas para la escritura en el enlace anterior. Invito, pues, a su lectura o relectura antes de avanzar en este. Gracias.
2. Del enseñar a escribir
La magia de la escritura proviene no tanto del hecho de que sirva como nuevo dispositivo mnemónico, como ayuda para la memoria, sino más bien de su importante función epistemológica. La escritura no solo nos ayuda a recordar lo pasado y dicho; también nos invita a ver lo pensado y lo dicho de manera diferente.
R. Olson. El mundo sobre el papel.
Nuestra humana existencia es ansia de sentido, apetito de significación y trascendencia, pues estamos abocados a la finitud. Somos seres que lenguajeamos (Heidegger) y con ese parloteo construimos nuestras vidas. Todo en lo humano es intencionalidad, una para qué reiterado en cada evento cotidiano. Queremos tener una dirección y un propósito claro. Somos seres aturdidos por la brevedad; con terquedad, aspiramos a un fin último, a algo mayor que nos justifique; posiblemente por esto las religiones, las ideologías, los nacionalismos o los grandes propósitos económicos, entre otros, nos obsesionen. El vacío, a lo cual George Steiner llama Nostalgia del absoluto (Siruela ediciones), no es una opción.
De hecho, la escritura, en gran medida, devela esas finalidades y sentidos. Le señala a quien escribe quién es, cómo piensa, qué anhela y cómo habla consigo mismo y con los otros. La escritura, en sus diferentes tipologías y bien leída entre líneas, además de cumplir con una “tarea académica o una obligación laboral” asignada por otro, manifiesta cómo se piensa y qué se sueña. Por su naturaleza (esbozada en el enlace anterior de este mismo blog) escribir en conciencia desentierra zonas interiores de la psique. Entonces, resulta del todo significativo escribir regularmente (para saberse y rehacerse) y acompañar atentamente a quien lo hace en las aulas.
Ahora, esta característica, la de acompañar la escritura de otro, de otros, sí que es un aspecto neurálgico y fundacional para una educación que quiera, en realidad, cosechar y desarrollar ciudadanos reflexivos, creativos y demócratas. Sin embargo, al menos en nuestro medio educativo, la didáctica de la escritura es uno de los campos más subestimados. Viene a ser algo así como un decálogo de buenas intenciones lanzado al viento y sin dolientes; el cuarto de san Alejo de la pedagogía de la cultura escrita. En Colombia se atienden más la lectura y la oralidad, pero enseñar la escritura, con intención y regularidad, se asemeja a un desierto en la geografía de las instituciones educativas o a un esfuerzo individual y titánico de unos pocos docentes.
Afortunadamente, las finalidades, el para qué educar, han sido consolidadas en la Constitución de 1991, en la Ley General de Educación, en los planes y programas del Ministerio de Educación Nacional y de las secretarías de educación y en los proyectos formativos de las instituciones educativas.
Claro, sería oportuno, valga decirlo también, resignificar y actualizar algunos de esos principios. Uno: matizar el enfoque por competencias y situarlo en diálogo con una propuesta de desarrollo humano como la formulada por Martha Nussbaum (en Crear capacidades, Ed. Paidós, 2012). Esta contrateoría sitúa como centro y fin de la sociedad y de la formación (y no solo como instrumento útil) al ser humano y sus capacidades en clave de calidad de vida integral, dignidad, libertad, justicia básica y acceso pleno a los bienes de la cultura, promoviendo al menos diez capacidades centrales (en Colombia, confrontar la investigación que José Luis Meza, Rodolfo Alberto López y coinvestigadores de la Maestría en docencia de la Universidad de La Salle publicaron en 2019: Educar para el florecimiento humano. Investigaciones sobre sus perspectivas. Bogotá, Ed. Unisalle).
Dos: en lo posible y de manera procesual, transitar de una formación centrada en la enseñanza a una focalizada en el aprendizaje. Y es todo un reto, se sabe. Lo que menos cambiamos son nuestras creencias y, en la docencia, está tan arraigada la idea de que el centro es lo que sé, lo que aprendí, lo que hago y el plan de estudios, que pasa a un segundo (o tercer) lugar el aprendizaje. Aunque enseñamos para que otro aprenda, de facto el aprendizaje es más una coletilla, una prótesis escolar, un recetario de buenas intenciones; aunque en las aulas se impone, mayoritariamente, el cumplimiento de programas y actividades, pero las valoraciones diagnósticas, los ambientes adecuados de aprendizaje, las formas particulares de procesar y aplicar la información, la metacognición, la planeación flexible y el acompañamiento continuo no son la marca distintiva en las instituciones educativas. Este cambio, por supuesto, exigiría repensar las propias creencias y prácticas de transmisión del conocimiento en los mismos docentes (qué difícil esto) para promover una nueva cultura del aprendizaje, enmarcada en la gestación de ambientes de aprendizaje más autónomos, críticos, colaborativos y en referencia continua con los contextos sociales y las nuevas demandas del mundo. Especialmente, aprender de manera intencionada y eficaz con valoraciones metacognitivas continuas y propositivas resulta ser un potencial indispensable para este siglo.
El hecho es que, con fortuna, en Colombia tenemos insumos valiosos para aplicar y avanzar. Cuidándonos de los excesos ideologizantes (del todo ajenos a la esencia de una educación liberal y crítica), podemos darle buen pulimento a esas metas educativas que nos enmarcan como nación.
En este sentido, un campo neurálgico de la formación humana y que define en gran parte el acto docente es la didáctica, que se refiere, recordemos, al cómo educar para llegar a un aprendizaje más significativo y transformador. La didáctica dispone sus elementos (métodos, técnicas, estrategias, contenidos, habilidades, secuencias, materiales, ejercicios y tiempos, sujetos y contextos) con el fin de alcanzar las finalidades esperadas por la institución educativa y la sociedad. Más que actividades sueltas o recursos improvisados de última hora para “salir del paso”, “tenerlos tranquilos” o “pasarla bien en el aula”, la didáctica (general y específica) se ocupa de planear, aplicar y evaluar las mejores condiciones posibles para generar aprendizaje significativo en el otro, que pasará cada día más, sin lugar a dudas, por aprender a analizar información con criterio, proponer en un mundo de lo incierto y problemático y usar con creatividad y ética la IA. La didáctica, pues, se dedica a pensar y planear las condiciones más convenientes para ello; el docente, el didacta, queda claro, no solo transmite información.
Ya en concreto y como yo la entiendo, la didáctica de la escritura se ocupa de encauzar a ciudadanos activos en el pensamiento reflexivo, la creatividad, la democracia y la cultura escrita. Trabajar a conciencia y de manera comunitaria, consistente y secuencial una propuesta para formar escritores competentes se hace ineludible si se quiere ciudadanos más analíticos, críticos, propositivos y democráticos. Las investigaciones y los planes de estudio de diferentes países han hecho avances significativos, es cierto, pero aún no logramos una educación regular de la escritura ni con resultados esperanzadores a la vista, al menos en Colombia. Las pruebas censales, por dar un solo ejemplo, nos lo dejan en evidencia. Hemos fracasado en este aspecto y reconocerlo es el inicio de una posible enmienda en tal sentido.
Para tal efecto, a continuación esbozo algunas reflexiones a modo de sugerencia, en concreto para los directivos docentes y docentes, especialmente de nuestra querida Colombia.
1a. Determinar qué fines se proponen al enseñar la escritura. Esto es, qué ciudadano se busca y en ello cómo apoyará la escritura. Tal asunto no es de poca importancia sino una prioridad de hondo calado que debería rebasar los intereses ideológicos del momento y situarse en perspectiva de nuestra Constitución política y de la Ley General de Educación para proponer con pertinencia a las demandas del siglo que corre. Si escribir permite reconocerse y pensar y convivir mejor, entonces una educación en la escritura avala el trabajo continuado, reflexivo, crítico y propositivo en los procesos individuales tanto del docente que enseña como de los aprendices.
2a. Dar tiempo, secuencialidad y experticia a la enseñanza de la escritura. Escribir exige gruesas dosis de dedicación, planeación, corrección y socialización. Ello nos impele a formar maestros que tengan una relación activa y continua con la escritura, que escriban y se formen en didácticas de la escritura. Poco se puede aportar a otro si no se escribe, si los vínculos con la escritura son fragmentarios y casuales. No se forman escritores competentes (incluidos los maestros) escribiendo esporádicamente. Y a la par de ello, nutrir una comunidad docente que piense la lectura, la oralidad y la escritura y trace procesos continuos y ascendentes, de forma interdisciplinaria, para obtener mejores capacidades escritas.
3a. Desarrollar los procesos de pensamiento y la metacognición. A pensar se aprende paso a paso y se enseña en contexto y con métodos claros y rigor. Madurar procesos de pensamiento y metacognición en los niños y jóvenes, alentarnos a observar, preguntar, analizar, diferenciar, jerarquizar, relacionar, evaluar y proponer son capacidades que ya no son optativas sino indispensables para la movilidad social. Y mejor si se enseña en perspectiva inter y transdisciplinar y problemática, para enfrentar los retos que vienen para las presentes y nuevas generaciones. Pensar bien es hoy más que nunca un manual de supervivencia y de sentido al que la escuela no puede seguir dándole largas.
4a. Leer cotidianamente, en función de desarrollar lectura profunda (comprensión, análisis, criticidad y proposición) en lugar del escaneo superficial. Ya no es deletrear rápido, no es solo sacar la información básica sino detenerse en el texto y pensarlo. Y en esto, ¿qué mejor que proveer buena literatura? No basta con decodificar signos, despachar hojas de manera mecánica para obtener información básica, sino analizar los textos: habitar sus ideas, susposiciones, caminos e impactos. Saber leer nos permite arraigarnos en nuestra sociedad con mayor propósito e impacto. Y saber leer literatura (que es un campo diferente a las otras ramas de la cultura escrita), en la cual hallamos caudales profundos, vivos y vastos de buena escritura para pensar con hondura la condición humana.
5a. Avivar el silencio y los juegos de palabras. Recuperar el ritmo pausado, la capacidad de escuchar, detallar, preguntar y dialogar con calma. Quedarse en pausa, pues el torbellino de ruidos y estímulos que el cerebro debe procesar (especialmente de los niños y jóvenes) los deja sin capacidad de asombro y análisis. Y dado que la escritura es ritmo y pausa, idas y vueltas sobre un mismo asunto, resulta indispensable fomentar espacios de sosiego donde la palabra pueda gestarse con reposo, profundidad, alegría, repeticiones y juegos. Quien escribe pinta con palabras; la escritura es danza: movimiento que exige atención plena y sensibilidad. No se trata solo de producir textos, sino de habitar el lenguaje con consciencia. Ir a la sonoridad de las frases, volver a esas palabras de especial afecto, a imágenes que inviten a buenas sensaciones y a recuerdos que desplieguen posibilidades; es, precisamente, en esa calma donde la escritura halla su cuna y su raíz. Relacionar cotidianamente a los niños y jóvenes con las palabras alimenta su imaginación y les permite construir un mundo interior rico y resiliente, especialmente frente a una sociedad que inhibe la intimidad, el ocio (por cierto, otium significa tiempo libre, tiempo de reposo; en latín schola, escuela: lugar para el reposo y la contemplación) y la imaginación.
Si la institución educativa es, o debe ser, un ambiente de sosiego y encuentros, una buena didáctica de la escritura refuerza y vigoriza tal cometido. Al fomentar la escucha activa y el juego con los significados, aprendemos a mirar de otra manera y a salir al encuentro de otros con palabras más amables.
6a. Escribir a mano. Sí. Porque la escritura está asociada directamente al pensamiento y al cuerpo. La escritura a mano se hace más personal e íntima y estimula áreas cerebrales relacionadas con la memoria y el aprendizaje que el teclado no activa. Además, el ritmo pausado del trazo sobre el papel permite una mayor reflexión y conexión emocional con lo escrito, lo que favorece la interiorización de las ideas y una expresión más auténtica. Igualmente, hace de la escritura un acto sensorial más consciente y significativo. Este proceso táctil transforma la escritura en una experiencia particular de apropiación del código escrito, permitiendo que cada letra sea una huella única de nuestra identidad y creatividad en el mundo. La escritura a mano se torna en impronta, en rúbrica y apropiación deliberada de lo que se siente, piensa y desea decir, y en consecuencia, da mayor consistencia al registro e interpretación de la información que nos llega. Si escribir es pensar con detenimiento, escribir a mano es pensar con más detenimiento y sello personal. Especialmente en la era de la IA, cómo se necesita de la soledad, del propio cuerpo y del pensamiento propio para situarnos con mayor sentido en el mundo. En este contexto, la escritura manual se convierte en un hecho de resistencia y reafirmación humana, como de hecho siempre lo ha sido.
7a. Enseñar y aplicar conceptos fundamentales de gramática y retórica en diversos contextos cotidianos y tipologías textuales. Resulta imperativo reconocer que la escritura se fundamenta en el conocimiento y la aplicación precisa de la gramática y la retórica. El dominio del idioma y su lógica interna es esencial, al menos en sus principios articulatorios básicos. Estos cimientos permiten estructurar el discurso con el rigor, la claridad y la capacidad persuasiva necesarios. La ortografía y la gramática son herramientas sustantivas para expresar y comunicar de la mejor manera las ideas, garantizando que el propósito deseado llegue al destinatario con la intención y la precisión deseadas. A la par, la retórica madura la capacidad para planear (inventio), organizar (dispositio) y expresar (elocutio) los argumentos de manera eficaz. Ante todo por tendencia pedagógica mal leída, los procesos memorísticos y el cuidado del idioma y la composición textual se fueron dejando de lado en los planes de estudio, hasta llegar a un punto de deterioro tal que fueron proscritos, amenazando la capacidad de pensamiento y comunicación que hoy, en tiempos de redes y posverdades, tanto nos afecta. En los días que corren, paradójicamente, la educación más revolucionaria es aquella que se ocupa de recuperar los fundamentos clásicos del lenguaje. Recuperar el rigor en el manejo de la palabra no es un acto de nostalgia sino una necesidad urgente para navegar en la complejidad del presente.
8a. Trabajar de manera detallada ciertas tipologías textuales, según la edad y los intereses. Enseñar a leer y a escribir según las intenciones y los tipos de textos hace que se aprenda con mayor sentido. Cada texto que se aborda en el aula cobra vida cuando los estudiantes comprenden su propósito comunicativo. No es lo mismo escribir un relato, un poema, un resumen, una crónica urbana, una leyenda o un informe ejecutivo. Cada escritura tiene sus propiedades y, sabiéndolo, se puede trazar todo un plan por edades y contextos para priorizar algunos tipos discursivos; entrar en sus vericuetos y salir, al cierre de un año escolar o semestre, con cierto dominio de unos pocos tipos textuales hará más por las personas que intentar abarcar una gran variedad sin profundizar en ninguno. Adicionalmente, puede resultar afortunado enseñar la lógica de composición (como diría Edgar Allan Poe) de algunos campos del conocimiento: cómo se escribe en historia, en ciencias naturales, en filosofía, en comunicación social, en publicidad, en literatura, en ciencias políticas, o cómo se elabora una propuesta para el ámbito laboral. Enfocarse en el propósito y la raíz de los discursos, de unos pocos y esenciales, enseña a escribir mejor y para toda la vida. Esta aproximación estratégica no solo simplifica el proceso de enseñanza y de aprendizaje, sino que potencia la capacidad crítica y adaptativa de los estudiantes. Definitivamente, en educación, menos es más; más se aprende con sentido y foco que con vastedad y generalizaciones.
9a. Planear y ejecutar talleres semanales de escritura. Estos encuentros pueden estructurarse como laboratorios prácticos donde la teoría se disuelva en la acción y donde salen a flote intereses, habilidades, retos y oportunidades de mejora y de convivencia más amable. En ellos se aprende a ensayar, preguntar, escuchar, proponer y respetar. El objetivo es crear un espacio seguro para la experimentación, en el que los estudiantes puedan probar nuevas voces y estructuras sin temor al error. La retroalimentación entre pares y la guía del docente se convierten en herramientas de refinamiento, permitiendo que cada texto evolucione mediante el diálogo constructivo.
10a. Incentivar la socialización de las producciones escritas. Se escribe para dialogar con otros; la escritura es apertura; salida de la habitación íntima y búsqueda de comunidad. Compartir los textos con pares y docentes fomenta la retroalimentación constructiva, además de fortalecer la confianza del autor y promover un sentido de comunidad en el aula. Esta práctica no solo mejora la calidad de los textos, sino que enriquece la experiencia de aprendizaje al validar las voces individuales dentro del colectivo. Y por supuesto, invita a presentarse en sociedad, a ser más que un estudiante que hace la tarea: publicar es ingresar en los flujos sociales, en las comunidades que piensan y proponen, pero se hace con nombre propio, con voz escrita que madura y se compromete. Al asumir esta identidad pública, el estudiante deja de ser un mero receptor pasivo para convertirse en un agente cultural activo. Su palabra cobra relevancia social y política, pues trasciende el ámbito académico para incidir en la esfera pública.
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Sean las anteriores consideraciones apuntes dispuestos sobre la mesa de directivos docentes y educadores para alimentar su hacer significativo y propositivo. No pretendo abarcar todos los temas de la didáctica de la escritura, apenas llamar la atención sobre algunos que considero sustantivos. La intención es abrir un espacio de reflexión crítica, donde se cuestione la enseñanza tradicional y se promueva una escritura situada, una práctica que reconozca los contextos reales de los estudiantes y potencie su capacidad para intervenir en el mundo, de manera que la escritura se transforme y asuma regularmente en una herramienta de empoderamiento ciudadano. Al asumir este rol, los estudiantes no solo aprenden a comunicar ideas sino que desarrollan un pensamiento crítico esencial para participar activamente en la democracia. Y esto sí que lo necesitamos en Colombia si queremos una democracia más sólida, estable y duradera.