Rainer María Rilke ( Praga, 1875- Raroña, 1926).
Baste una observación detenida, un momento de silencio y pausa para confirmarlo: parte sustantiva del sentido personal de vida se cifra en la concepción que se tenga y se viva de espiritualidad. De hecho, así escribía al respecto en una entrada anterior, referida a este tan determinante tópico de la espiritualidad—bueno, al menos para mí—:
“Pienso que la espiritualidad es una forma profunda, consciente y creativa de conexión con la vida. Una cierta manera de situarse frente al milagro de cada día. Por qué no, un apetito de lo absoluto. Quien dice espiritualidad se tiñe de una experiencia significativa de sacralización de la existencia toda y, en estos mismos términos, considero, la poesía -leerla, escribirla- es una muy particular condición de avivar dicha condición vital”.
(Cfr. https://pensamientoycomprension.com/2026/05/07/espiritualidad-y-poesia-ungidas-de-cielo-y-tierra/). En esa entrada comenté un maravilloso poema de Eugenio Montejo.
En efecto, eso que llamamos espiritualidad viene a ser una particular manera de reflexionar y cuestionar; un deslumbramiento que nos impele a la levedad; ascenso y deshabitación de lo inmediato y obligatorio, ritual de paso para situarnos ante algo otro sagrado. Por su condición, la espiritualidad nos suscita la pausa; se instaura en el umbral de lo rutinario y aboca a un sentido más envolvente, abrasador si se quiere, que nos arroja ante las preguntas sustantivas de la existencia: qué somos, qué hacemos en esta tierra, de dónde venimos y a dónde vamos, qué hay más allá de lo cercano y común… La espiritualidad incluso podemos sentirla, muy a tono como César Vallejo, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada y giramos la vista y no hay nadie…
Pero sea ahora el turno para uno de los más grandes poetas, Rainer María Rilke, y su “Primera elegía”, de Elegías del Duino (aquí, en editorial Sexto piso, Madrid, 2016; edición bilingüe y con la versión del maestro Juan Rulfo). Elegías es un conjunto de poemas duro, exigente, de difícil y retadora lectura. Nos impone un ritmo pausado, meditativo y, sin reservas, complejo para pensar la finitud humana en sus amplios caminos y paisajes. La primera elegía, en particular, nos insta a sopesar, entre otros, los siguientes matices de esa frontera indeleble de la espiritualidad, tan pensada y perseguida por Rilke. Veamos.
1. Divinidad terrible y lejana. El primer frío que nos recorre al leer este poema es la concepción distante e inalcanzable de lo divino y su capacidad aniquiladora de lo humano. Dios y su orden angélico están fuera de nuestro alcance. Su presencia, su luz nos resultan apenas audibles o imaginables. En particular, lo angélico ya no es figura cercana, protectora y fraterna; el buen ángel judeo-cristiano se ha ido; ya no está. En su lugar impera un ángel extraño y ajeno (¿a la manera del Angelus Novus de Paul Klee?), y su abrazo, si nos lo diera, nos quemaría. Su lumínico haz apenas es el inicio de lo terrible, su fuego nos devastaría: lo divino, así, es aspiración inaccesible: “¿Quién, si gritara yo, me escucharía/ en los celestes coros?/ Y si un ángel /inopinadamente me ciñera/contra su corazón, la fuerza de su ser/me borraría; porque la belleza no es/sino el nacimiento de lo terrible”. Lo divino es, pues, belleza absoluta, pero en cuanto tal, inasible a lo humano. El poeta y el místico apenas la rozan con su verso o silencio.

Lo divino, si nos toca, nos extermina. Lo angélico: amado y deseado, pero siempre más allá; soberbio, indiferente, desdeñoso. Lo humano es ansiedad quebrada, brazos largos para el vacío que nos quema. De hecho, el silencio, la contemplación, la oración y el poema -partituras que asedian la espiritualidad- son más tinieblas expresivas. El lenguaje por se, es manifestación de la absoluta incomunicabilidad que nos ronda: nuestro hablar es siempre monologal y de frontera… Y un alma transverberada es la del poeta, expresa Rilke.
Ahora, no nos hagamos ilusiones: es lo que somos, son las formas que nos definen y las posibilidades que nos asisten. Y por esa peculiar condición es que la primera elegía de Rilke no es derrota o caída sino constatación, conciencia de nuestros límites: reconocimiento de la fragilidad estructural que nos ciñe en medio de un mundo que siempre solo es interpretado (¿y entonces qué pasa con la verdad de allá afuera?). Lo que vivimos, sentimos y “sabemos” es eso que escasamente podemos entrever de una bruma siempre mayor que nos circunda y habita. Y aún así, el poema no claudica; por el contrario, tantea, vigila y afirma al reconocer que lo humano es desear, mas no por ello obtener; que es abrazar, pero sin poseer; que es amar, pero por amar no es ser amado y que por el hecho de tener fe lo misterioso no se devela prontamente. Somos, ante todo, ansia y posibilidad. La espiritualidad es un extraño y paradójico pórtico que nos dispone al misterio y a la sed del milagro, diría el poeta de Praga en el Castillo del Duino hacia 1912. Y esta es, precisamente, nuestra dolorosamente majestuosa dignidad humana, de la cual queda como eco la pregunta de Rilke: ¿Quién, si gritara yo, me escucharía en los celestes coros?
2. Orfandad esencial. ¿A quién podremos recurrir?/Ni a los hombres ni a los ángeles./¡Ay!Incluso las bestias, astutas, se percatan /de que es torpe, inseguro, nuestro paso/que yerra en un mundo interpretado”. Somos huéspedes, estamos de paso: un día somos “invitados” (¿por quién? ¿Para qué y hasta cuándo?) y al día siguiente no estamos, o no sabemos que estamos. Este canto de Rilke llama -clama, mejor-, pero no obtiene respuesta: lo angélico nos podría asfixiar; lo humano es igualmente compartido en su fragilidad y, apenas, las bestias saben -y se duelen- de nuestra brevedad y levedad. Estamos solos en medio de un mundo que nos sobrepasa y estremece: «Arroja ya el vacío que ciñes con tus brazos/ al vacío del viento que respiras». Nuestra corporalidad siente el vacío, la respiración ahoga; acaso la naturaleza sea consuelo. Entonces, el árbol, la ladera, el camino y la noche nos arrullan en su majestuosidad. Acaso, esta suerte de panteísmo naturalista que siente Rilke sea una salida: ese mundo enorme de allá afuera pueda ser abrigo y cuna ante la intemperie que nos constituye. La protección pareciera no estar en lo divino, ni siquiera en la mujer amada, sino en el abrirnos a la inmensidad de lo simple que nos rodea. El árbol, los caminos, las estrellas, la noche; allí está nuestro poder, en la magia de ver, contemplar y abrazar la naturaleza: el milagro está en asistir al día y a la noche y a sus seres que nos estrujan y bendicen en su simplicidad cósmica. Es una Terredad, a la manera de Eugenio Montejo, la que nos salva del vacío. Efectivamente, “Quizá, tal vez, podrían socorrernos/el árbol ese, que en la solitaria/ladera,contemplamos diariamente;/el camino de ayer, o la remisa/lealtad de una costumbre que,/amoldada/a nosotros, prosigue a nuestro lado”.
3. Elegíacos. Estamos hechos para el asombro y el canto. Ser homo narrans es nuestra condición inevitable; somos lenguaje: relatos, mitos y leyendas; los discursos, todos, reposan sobre un inmenso humedal de cultura y, por lo mismo, levantamos vigas, creemos en ellas y nos aferramos a sus cantos. Dice Rilke: “Comienza una vez más la nunca cansada/alabanza”. Nos queda la alabanza, reiterada cual eco; quedan la invocación, la abvocación. Palabreamos el mundo, prefiguramos lo divino desde esa sonora majestad que, aunque breve, resulta ser nuestra fortísima llamada a crear mundo: el lenguaje es nuestra casa (volviendo a Heidegger).
Por ello amamos las historias (las Historias del buen Dios, por ejemplo; esa otra obra de Rilke, allá por 1900), los relatos, los héroes y las guerras. Somos nuestras historias y toda sociedad inicia con un canto, un héroe y una batalla, como la Iliada: “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquileo: cólera funesta que causó infinitos males…”. Nos es dado el canto a los ancestros y a los grandes guerreros. Honramos con versos y cantos y rituales a los dioses, ángeles y titanes y vemos en las batallas un signo inequívoco de nuestro paso, duro y cuerpo a cuerpo contra el tiempo, por esta tierra. Toda palabra hereda esa memoria y la posterga. Rilke, entonces, le canta al olvido en que nos tiene Dios y sus ángeles, a las bestias que nos compadecen y a la amada, siempre en fuga y representada en Gaspara Stampa. Por eso la elegía termina cantando al día y a la noche, al árbol y las jornadas de cada día: “Sí, canta/a los abandonados, que tú encuentras/, casi envidiándolos”.
Como quiera que sea, con Rainer María Rilke la palabra es umbral de lo innombrable. A la par de la música, la palabra es fractura del silencio. Y hermanado en esas mismas perplejidades del mundo y el lenguaje, ahora desde la filosofía, Ludwig Wittgenstein hacia 1921, en su Tractatus logico-philosophicus, advertiría que de lo que no se puede hablar, mejor callar. De hecho, uno y otro, poeta y filósofo, coincidirán en una sentencia breve y terrible: “Lo inexpresable, ciertamente, existe.” Se muestra, es lo místico” (proposición 6.522 del Tractatus): se muestra, no se dice; se señala, pues el lenguaje allí es insuficiente y pobre. Esta convergencia entre la lírica y la lógica revela que el silencio no es ausencia sino el límite donde el lenguaje se disuelve en la experiencia pura. Es la frontera donde las palabras ceden ante la intensidad de lo vivido, dejando espacio a una presencia que ninguna sintaxis puede contener. En ese silencio y en el gesto, la conciencia se expande más allá de los límites del verbo. Y esto bien todos lo sabemos: ante experiencias límite como el dolor y la tragedia, ante la muerte inesperada de un ser querido, las palabras terminan en grito, llanto y silencio. Definitivamente, ante lo que nos rebasa, mejor callar; solo que el poeta, con terquedad, lo canta: lo transforma en verso, ritmo, estrofa. O como Rilke, en elegía.
4. No habitar ya la tierra. Somos seres de tiempo y tierra; arena entre los dedos y dedos que esparce el viento. La finitud nos ancla a lo concreto, recordándonos que pertenecemos a un ciclo natural, biológico: animales ensimismados; carne y fluidos entre animales y estaciones. Seres que pasan, ligeros, por un mundo que siempre nos es ajeno y al que solo podemos rozar con la palabra. Pero la tierra está y es nuestra segunda patria: las raíces, los árboles, el amanecer y el anochecer; el frío y el calor, la brisa y la tempestad nos acompañan y testifican nuestro asombro. Bien decía Salvatore Quasimodo: “Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra/traspasado por un rayo de sol/y en seguida atardece”. Rilke afirma: “Sí,/las primaveras te necesitan”. Es un hecho: somos hijos de la tierra y solo tenemos este lugar, esta arenosa habitación para desplegarnos. No nos es dado el espacio infinito ni sus galaxias sino la certeza cegadora de este sol y de esta luna y, entre ellos, la muerte que aguarda, mientras vivimos la claridad de este día y las sombras de esta noche. Sabemos que algún día ya no habitaremos esta tierra, que nuestro reloj de tierra habrá pasado y por ello dejamos alguna huella.
Lo demás no será asunto de nosotros. Rilke lo sentencia: “Ciertamente, es extraño no habitar ya la tierra/no seguir practicando unas costumbres/apenas aprendidas/no dar, no atribuir significados/de futura realidad humana ni a las rosas/ni a esas cosas que son ofrecimientos sin fin/./No ser lo que se era/en la infinita angustia de esas manos;/tener que desprenderse hasta del propio nombre,/como quien lanza lejos de sí un juguete roto”. Hasta el nombre que nos fue dado es efímero; un breve lapso de sílabas en un breve tiempo de memoria. No seremos: nos esparcirán por el aire y la tierra. Por lo mismo, el estar hoy acá, vivos, vitales, saliendo a los encuentros, especialmente de lo más sencillo y de los rostros más amados, es el milagro mayor, y a eso Rilke le canta; por ello su poema es elegía: el breve y sonoro asombro de estar vivos. No un lamento sino una afirmación gozosa de la fragilidad. Conciencia de que cada instante es irrepetible y, en estos términos, don para ser vivido con plenitud. Aceptar la fugacidad no es rendirse sino abrazar la vida con una intensidad renovada. Cada respiración se convierte en un acto de gratitud, cada mirada en un testimonio de presencia. Así, el poeta de Praga canta al milagro de la existencia humana; a su breve, lábil y épica dignidad. Más que a los dioses, Rilke nos enseña a ofrendar homenaje a nuestra humanidad misma, a esa chispa efímera que arde con fuerza antes de extinguirse.
Bajo esta perspectiva, ahora surgen, como en toda buena lectura -que además de comprender el texto, lo interroga-, preguntas y reflexiones, muy en particular para los lectores de estos tiempos. Interrogantes referidos a nuestra concepción de lo más significativo, de eso sagrado y trascendente: ¿qué idea tenemos de Dios, de la divinidad e incluso de lo angélico? ¿Creemos en un Dios antropomorfo que todo lo vigila o en una suerte de divinidad, en sintonía con Baruch Spinoza? ¿Sentimos a un Dios distante, cercano o es inexistente? ¿Y después de la muerte, qué sigue si es que sigue algo? ¿Acaso somos apenas fugacidad, tránsito y olvido? ¿El lenguaje es umbral y silencio o intuición de otros mundos?… ¿Y el amor y los vínculos, los cuidamos y trascendemos con ellos o se extinguen en la tropelía del día a día? ¿El propósito de vida viene dado de antemano o lo gestamos en nuestros valores y actos diarios? Rilke nos da su visión del mundo; se desnuda y expone su elegía. Ahora como buenos lectores, esto es, en tanto personas que piensan un texto, nos corresponde a nosotros dar respuestas sinceras a preguntas determinantes en clave de nuestro sentido de la vida… La página en blanco pronto reposa ante nuestros ojos y manos; es nuestro momento. Rilke, mirándonos con fijeza, nos increparía: ¿Y cuál es tu elegía?
La espiritualidad, concluyendo, se expresa en un principio de principios que nos articula y ordena en cada acto cotidiano. Tal principio de principios viene a ser, en términos de Rilke, nuestra elegía: ese canto supremo con el que nos alzamos jornada a jornada; ese lugar sagrado, no negociable, desde el cual configuramos nuestra mayor plenitud y florecimiento humano. Siempre, por supuesto, sobre el marco de preguntas y respuestas sinceras, de criterios bien sopesados, examen cotidiano de los actos y reconocimiento y conciencia de lo dado y de lo que queremos ser. Espiritualidad como propósito mayor y sustantivo de vida. Esa certeza, si no de un más allá, al menos de un hoy portentoso, pues este día encierra todas las posibilidades; todas. Espiritualidad: ese otro rostro que nos devela el prodigio de estar vivos y de amar, antes del olvido. Leer, releer esta primera elegía es una invitación a dotar de sentido este día y cada encuentro y a optar seriamente por algo que podamos llamar y sentir como sagrado. Y muy para estos tiempos, que Rainer María Rilke nos convoque con su poesía a trascender la angustia y la desesperanza mediante la alegre aceptación de nuestra humanidad. A fin de cuentas, la poesía y la espiritualidad están tan hermanadas que una y otra nos convocan a ser algo más hoy; una y otra son una muy singular forma humana de hacernos más humanos.