Lo sabemos. En los planes de estudio de las instituciones públicas y privadas colombianas de todos los niveles educativos, incluida la formación terciaria, el estudio regular de la literatura presenta desde hace décadas un vertiginoso descenso. La lectura literaria y el análisis literario secuenciales y sólidos son, cada vez más, espacios marginales, esporádicos; cuando mucho, el recreo de las asignaturas “duras” o “serias”. La literatura es el “cuarto de San Alejo” de la educación. Por supuesto, tenemos excepciones pero son eso, excepciones que rompen la regla. Baste preguntar en una sesión ordinaria de clase si se conoce a ciertos autores u obras clásicas para constatar esta afirmación. Sirva solicitar el empleo de algunos rudimentos básicos de comprensión literaria o de análisis literario para confirmar lo hasta aquí dicho[i]. ¿Razones? Muchas.
La fundamental corresponde a la lógica instrumental del mundo moderno. La moderna geografía del mal es precisamente “la disolución del sujeto, la organización burocrática y el final de la intimidad”[ii] o, si se quiere, en términos de Han, se trata del hombre depresivo, del animal laborans que se explota voluntariamente a sí mismo sin coacción externa[iii]. O para constatarlo literariamente retornemos a La metamorfosis o El castillo, de F. Kafka, si se desea; Gregorio Samsa o el señor K. verifican estas enfermedades del ciudadano actual. El caso es que somos hombres que siempre estamos de prisa, sin tiempo; solo trabajo, productividad, consumo y redes. Hasta el celular ya vigila nuestro sueño.
Consecuencia de lo anterior, es que la educación dejó de ser formación social para convertirse en instrucción por competencias, un rito de paso del niño y del joven al mundo laboral. Así, el tiempo es consumo, el conocimiento adaptación y la reflexión, apenas, gestión de problemas técnico-económicos. En este mecanismo incesante las instituciones educativas debieron consolidarse en tanto empresas educativas (fábricas de competitividad) para el mercado laboral, y los planes de estudio y docentes en funcionarios poco indispensables. Los técnicos en programación y en inteligencia artificial hoy son más necesarios que el maestro, y más aún que un maestro de literatura. Así estamos.
Por toda esta compleja problemática y sus entramados, finos y de profusas bifurcaciones, es que se da la ausencia creciente de la formación literaria en la educación. Y es que este abandono de las buenas letras acrecienta, cuando menos, cuatro patologías muy propias de nuestros días: la reducción en la comprensión del mundo, la incapacidad crítica, el analfabetismo emocional y la anemia creativa.
En primera instancia, efectivamente hoy asistimos a una comprensión mayoritariamente reduccionista y binaria del mundo. La moral única y absoluta sigue su reinado, ya no desde la religiosidad monoteísta sino desde la teología de las nuevas y emergentes ideologías y el mercado. Hoy se sigue fervorosamente al “líder”, o “mesías” o a la idea suprema. Y se está a su favor o en su contra. Hoy las tribus y los bandos plantan nuevas y recias banderas para evitar los matices y los centros. Quien propugne por la equidad, la mesura, el análisis detenido o increpe solicitando argumentos sólidos caerá en las redes (literalmente) de uno u otro grupo. Vivimos en la era de los excesos y el totalitarismo. Por esto, la formación literaria es todo un obstáculo, un palo en la rueda para la maquinaria esquizoide dado que propone y forja una capacidad más compleja de mundo. De los blancos y negros, la formación literaria peregrina a los matices y las perspectivas. De la mirada doctrinaria y simple, con respuestas tajantes y absolutas, muda a una capacidad de silencio y observación. Quien enseña con rigor literatura o lee con ahínco buena literatura (¿la mala será literatura?) se resiste a las etiquetas, a los radicalismos, a los lugares comunes y a las filas de adoradores. Quien habita la literatura se aparta del cortejo pues por sobre todo sopesa y analiza. Un ejemplo de lo recién dicho: la poesía. El solo hecho de leer (buena) poesía nos encumbra a pensar con distancia, en perspectiva; a mirar el mundo con la óptica de otro para develarnos que cada experiencia vital es inédita y que el milagro de la vida emerge cuando le prestamos oídos. César Vallejo en uno de sus poemas de Trilce nos recuerda la finitud de nuestra esencial condición humana:
Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.
Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.
Es ese sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.
Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.
(…)
La formación literaria, no lo olvidemos, se fundamenta en la capacidad de mirar con otros ojos y de interpretar. Sin contemplación ni exégesis no hay literatura, pero proponer semejante estado ontológico irreductible a un mundo de prisas y de ganancias y pérdidas es más que inocuo.
Y por supuesto, a la par de la reducción en la comprensión del mundo, la incapacidad crítica nos asiste. Precisamente por aquello de ser parte de la tribu. No se piensa, se actúa al rompe, algo así como que quien piensa pierde. Darse el tiempo para moler los hechos, tantear las ideas, sopesar las acciones y amasar los (pre)juicios no vale. No tiene valor. El costo de hacerlo es estar en la zona de los condenados, de esos indecisos, tibios o irresolutos; quedar al margen de la tribu. El vértigo es el canon aunque para leer bien literatura el peor enemigo, lo sabemos, es la prisa. Leer bien es releer. Leer bien es examinar. Leer bien es detenerse. Pero los apostatas de los nuevos evangelios del exceso o de la productividad no pueden permitirse hacer estos paréntesis; les resulta incomprensible escuchar el texto de otro, analizar sus puntos de vista. Hoy la lectura literaria es lo más revolucionario que hay pues es una ética del camino y del diálogo. La literatura nos obliga, nos guste o no, a pensar y no moralizar; a poner en seria consideración lo que se nos dice. A asumir con respeto el texto que es la voz de otro. Leer es una experiencia profunda de otredad y de alteridad, de des-hacer lo que otro ha dicho para evaluarlo y asumir un criterio propio sobre algo. Acaso, me pregunto, ¿leer y releer (solo o para comenzar) los primeros seis capítulos del Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha no es develar críticamente los peligros del idealismo extremo (hoy maquillado de ideologías alternativas)? ¿Cervantes, en voz de Don Quijote, acaso no nos permite advertir esta lógica tan presente llamada negación de lo real y su ciego apasionamiento de tener que justificarlo todo solo desde mis impulsos y sueños? La novela de Cervantes parece vislumbrar desde el siglo XVII los abismos del individualismo radical que nos gobierna en pleno siglo XXI. Perdimos la realidad y nos quedamos con nuestros impulsos básicos. Así, qué bueno sería en estos tiempos más gobierno personal y social con el sentido común de Sancho y menos obsesiones y extremismos. Más que suspiro y emocionalidad primaria, entonces, la literatura educa la reflexión crítica. Leer literatura es una invitación y un reto al sapere aude.
Pero no solo es un atrévete a pensar sirviéndote de tu buen juicio sino un atrévete a conocer y saber dirigir tus emociones. La literatura forja educación de las emociones. Un personaje, un párrafo, un monólogo o una imagen que se lee con rotundidad nos ponen sobre todo a nosotros mismos en escrutinio. Más que evaluar la obra literaria, cuando lee es el lector quien se mira y examina a sí mismo, atendiendo al principio socrático de que solo una vida examinada es la que vale la pena de ser vivida. Enseñar y leer literatura nos lleva a un viaje interior que tiene que ver ante todo con nuestras propias comprensiones del mundo y nuestras emociones más profundas. La educación literaria nos ayuda en los exorcismos; con ella entramos al laberinto para re-conocer nuestros propios demonios. La literatura viene a ser una especie de ritual de limpieza y sanación. Una forma inteligente y artística de sanarnos, un poco. No una auto-ayuda (¿acaso alguien se puede ayudar solo?) Sino una co-ayuda. Los grandes maestros de la literatura bien sabían del alter ego y el subconsciente mucho antes de Freud. Leer, por ejemplo, Las olas de V. Wolf es aclarar tantos lugares comunes sobre el tema de la identidad. Leer, pero despacio, sin prisa, La mujer incierta de Piedad Bonnet, nos permite poner en miramiento nuestras emociones más sociales y el lugar de lo femenino en el mundo de hoy. El olvido que seremos de Abad Faciolince nos lleva a enfrentar raíces endémicas de nuestras rabias. Mejor dicho: la literatura siempre ha sido la expresión más inteligente y sagaz de la emocionalidad humana, de la buena y de la mala y, por lo mismo, la geografía emocional más precisa. En ella nos reconocemos y ella, con resistencia, aboga por la pluralidad, la empatía y la democracia.
Ya cerrando, veamos algo de la anemia creativa, esa otra enseñanza del texto literario. Por aquello del seguidismo a líderes y nuevos salvadores de la humanidad y de las tecnologías sobreprotectoras, la anemia de la creatividad aflora. Con el verso, la narración o el teatro aprendemos a pensar en relación, a rumiar metafóricamente. Con la literatura nos vamos nutriendo de los encuentros y de las posibilidades. A puede tener similitud con D. Entonces vamos trasladando el pensamiento de un plano fijo a uno en perspectiva y relacional.
Eres como la flor de la rama más alta del cielo.
Tu olor viene ¡qué fino!, de tan lejos
como te subo yo, por la raíz más honda de la tierra, mi beso.
Esto dice Juan Ramón Jiménez. Amar ese olor es descorporizar el deseo; quien ama desde las entrañas más oscuras de la tierra oscura y húmeda tejes los más altos cielos. Ese que lee regularmente literatura se torna más dúctil; su pensamiento se hace más plástico y con ello puede recorrer más distancias, topar mayores convergencias. Quien se educa en la literatura aprende a pensar con novedad aprendiendo que lo creativo no es el impulso soso o la ocurrencia espontánea sino la larga concentración del pensamiento y las emociones en un asunto que nos desvela y devela. La creatividad: un proceso exhaustivo de pensamiento que mediante la perseverancia, las relaciones y la multiplicidad encuentra soluciones. Más que un fogonazo, una visión de mundo. Crear viene a ser el resultado de un proceso de cocción lenta más que un chispazo espontáneo. Algo así como dar forma con inédito valor a una idea. Para tanto “creativo” de hoy, qué bueno sería que pensara más creativamente leyendo literatura.
Posiblemente las anteriores reflexiones en algo alimenten en padres de familia y educadores la insistencia en leer y formar en literatura a los niños y jóvenes. Probablemente en estos tiempos de crisis, la esperanza razonada que ella nos brinda ilumine en algo sus inciertos pasos.
[i] A manera de referencia, se podría leer los siguientes documentos que se refieren al marginamiento de la formación literaria en la educación. https://repositorio.uptc.edu.co/server/api/core/bitstreams/e80d1d71-7067-4583-87f6-75d963cb3a7f/content , https://riull.ull.es/xmlui/bitstream/handle/915/32718/Q_36_%20%282023%29_02.pdf?sequence=1 , o http://eltoldodeastier.fahce.unlp.edu.ar/numeros/numero24/pdf/ALProvenzano.pdf
[ii] Cfr. Joan-Carles Mélich. Filosofía de la finitud. Barcelona, Herder, 2011, p. 110.
[iii] Cfr. Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio. Barcelona, Herder, 20107.