El jardín de la muerte, de Hugo Simberg (1896).
A la vida no solo podemos arrancarle un sentido llevando a cabo una acción,
completando una obra, sino que también vivenciando y amando podemos descubrir
posibilidades de sentido”.
Viktor. Fkankl.
Esta última es una conferencia corta (apenas 56 páginas en Editorial Herder, 2025), con la cual alumbra el camino a todos aquellos que nos preguntamos por la vida, la muerte, la finitud y el sentido existencial. Pese a su cortedad, es una obra completa en toda su extensión, tanto por el tejido textual como por la complejidad temática y propositiva que aborda. En un tono sencillo, claro, alejado de los especialistas médicos, los investigadores, académicos y de la victimización, plantea una tesis demoledora: dado que la condición humana es de finitud, que los seres humanos estamos abocados inevitablemente a la incertidumbre, la enfermedad y la muerte, entonces solo la constitución de sentido nos hace valiosa la existencia, y esto es, paradójicamente, gracias a la muerte, la cual, lejos de agotar la existencia, la potencia y revivifica. Si no fuera por la muerte, la vida -esta vida- no tendría el valor supremo que adquiere y le otorgamos. Para nosotros, a diferencia de los dioses, cada día es un regalo, un milagro; en este Hic et nunc se nos resuelve la existencia toda; todas las metas, todos los deseos, todo el pasado; los sueños y abrazos dados y los aplazados; todos. Sin fatalismos, a la manera de la pintura El jardín de la muerte, de Hugo Simberg, con una sabia, cálida y serena alegría, la muerte nos invita a vivir cada día a plenitud mediante la constitución de un sentido personal (sin mayúsculas), propio y que, de seguro, se renueva según las circunstancias y posibilidades de cada quien. Un sentido que se evidencia y activa, y esto sí que es determinante, en las tareas específicas que acometemos con alegría cada día. El médico austriaco, citando a un colega suyo, lo afirma de esta otra manera: “La única manera de soportar la vida es tener una tarea que cumplir” (p.17). La vida humana viene a ser un continuo morir; somos seres en despedida, y la muerte misma, ¡qué contradicción!, es la condición inevitable que nos impele a darle sentido a la existencia, si así lo deseamos, por supuesto. A más muerte, más vida.
Dicha tesis o planteamiento transversal del texto se desglosa en varias ideas eje que me permito esbozar a continuación.
¿Podemos sobreponernos a la tragedia y la devastación configurando un sentido de vida propositivo y generoso? Viktor Emil Frankl (Viena, 1905-1997), demostró con su vida y obra que sí. Fue neurólogo, psiquiatra y filósofo, fundador de la logoterapia, una forma de análisis fenomenológico existencial, y nos legó una mirada fundamental referida al sentido de la vida. Hizo de su doloroso paso por cuatro campos de concentración nazis – Theresienstadt, Kaufering, Turkheim y Auschwitz – toda una experiencia referida a cómo dotar de sentido la vida, pese al sufrimiento y la brutalidad. Su obra es amplia, pero destacan El hombre en busca de sentido (1946), Psicoterapia y existencialismo (1967), La voluntad de sentido (1988), y Asumir lo efímero de la existencia (1984), motivo de este breve comentario de texto que sigue.

La primera, y con la que se inicia la conferencia, es que debido a la presencia inapelable de la muerte, se nos obliga a darle sentido a la vida. Si fuéramos eternos, el sentido propio y las tareas para acometerlo podrían postergarse para mañana, para dentro de un siglo o simplemente no llevarse a cabo, pues no serían imprescindibles dado que ya tendríamos la vida toda por delante. Somos seres para la muerte, y esa conciencia de finitud nos empuja a preguntarnos por el valor de lo que hacemos. Dada nuestra brevedad, estamos abocados al sentido. La muerte exige respuestas.
Otra idea sustantiva, y más para la época actual, es que el sentido, que es un para qué actuante, reclama -y con vehemencia- nuestra mayor responsabilidad. El sentido es un para qué asumido con toda conciencia y decisión. El sentido, en síntesis, no es un lujo ni un adorno filosófico, sino una urgencia práctica. Nos obliga a elegir, a priorizar y a comprometernos con aquello que realmente importa. En un mundo saturado de distracciones y urgencias superficiales, recuperar la pregunta por el sentido se convierte en un acto de obstinación y coraje; un no claudicar ante la inercia de lo inmediato, para reafirmar que nuestra existencia no es mero accidente biológico sino llamado y tarea que debemos asumir con lucidez y entereza.
Una idea más: como humanos, podemos optar por el determinismo externo o por la libertad. Es decir, podemos quedarnos en la queja, en el reclamo, en la victimización, en echarle la culpa a los otros de lo que nos ocurre, achacarle al destino la mala racha o, bien al contrario y con adultez, hacernos cargo de nuestras circunstancias y decisiones y emprender la tareas que le dan signfificación a nuestros días. La elección, en última instancia, es nuestra y se renueva cada día. No se trata de un acto heroico y único, sino de una práctica constante, de un ejercicio de coherencia cotidiana. Soy lo que decido ser, las tareas que aplico lo confirman y ante los inconvenientes o el infortunio, actúo en consecuencia. La respuesta no es la resignación sino la acción. No es la preocupación sino la ocupación. No es el lamento sino la redefinición de la ruta. Cada obstáculo es una invitación a preguntarnos: ¿qué aprendo de esto? ¿Qué nuevo camino se abre ante mí? La vida no es un destino prefijado sino un sendero que construimos con cada paso. Y en ese caminar, cada elección, por pequeña que parezca, va trazando el mapa de quién somos. No hay decisión trivial cuando se trata de vivir con propósito. La verdadera fortaleza no reside en la ausencia de dudas o temores, sino en la capacidad de avanzar a pesar de ellos. Del pasado se aprende, pero en el pasado no se vive; el futuro se sueña y planea, pero se vive en este hoy.
Por la anterior concepción de Viktor Frankl en su conferencia, es que cobra valor supremo esta otra. El sentido se realiza en actos concretos, no en discursos etéreos. Las tareas son personales, propias, con nombre, apellidos, hambre y ganas; se hacen hoy, en este presente, con las manos y el corazón puestos en la acción. No basta con quedarse en una teoría; en su lugar, ponerle pies y camino al sentido. En tal estado de cosas, bien valdría la pena que cada mañana nos levantara una pregunta: ¿qué haré hoy que le dé peso a mi existencia? La respuesta no viene de afuera sino de muy adentro, de la convicción más interior que deberíamos tener: de la certeza de que cada instante es una oportunidad irrepetible para elegir, para actuar, para ser libres y algo felices.
“Nada es vano en cuanto batallaste, amaste, sufriste”. Esta otra propuesta que se lee en la conferencia, la cita V. Frankl tomándola de la Sinfonía No. 2, Resurrección, de Gustav Mahler, para darnos una perspectiva bastante novedosa para estos tiempos. Se refiere a que lo que ya hicimos en el pasado, lo realizado en el ayer queda como raíz y legado firme; que nuestro pretérito tiene consistencia, que vive en nuestro hoy. El pasado hace las veces de bodega de la que disponemos para nuestra actualidad; el pasado es una forma segura de actuar en el hoy. A diferencia de algunas tendencias que ven el pasado como algo ido y sepultado, esta perspectiva nos aclara que somos hijos de nuestras decisiones y que los aprendizajes, valores, opciones, tareas y vínculos que hemos trabajado siguen a nuestro servicio. Bastará, digo, tener ojos para observar y oídos para escuchar esa escuela honda de los días distantes. Y no se trata de vivir aferrados al pasado, sino de aprender de sus lecciones para un presente más pleno y significativo.
Esta concepción del pasado en cuanto a tesoro acumulado transforma la percepción del tiempo. Generalmente, nos angustia la fugacidad de los minutos, sintiendo que la vida se nos escurre entre los dedos como arena fina. Sin embargo, V. Frankl nos invita a invertir la mirada: lo ya pasado no es algo perdido, sino alimento que hemos dispuesto a buen recaudo. Cada acto de bondad, cada trabajo realizado con esmero, cada cuota de sufrimiento transitada con dignidad, ha sido rescatado de la transitoriedad y ha quedado «archivado» en el ser para siempre. Nada puede borrar lo que ya ha sido, ni el tiempo ni la muerte pueden expropiarnos de lo que hemos construido con nuestra propia existencia. Bajo esta óptica, el pasado deja de ser una condena para mudar en incentivo.
Una idea más, que considero muy propia de la cosmovisión del neurólogo austriaco. El sentido que constituimos en el día a día nos permite vivir a plenitud los buenos y los malos días. No solo tenemos épocas maravillosas, temporadas paradisíacas; también nos acometen el sufrimiento, la pérdida, el desastre, el duelo, la enfermedad y las contradicciones. La injusticia, en algún momento y sin excepción, tocará a nuestra puesta y, por todo esto, precisamente, el sentido nos permite erguirnos y construir significación. Caer, sí, pero para aprender y seguir creando caminos y paisajes. El sentido no nos anestesia ante el infortunio; muy al contrario, nos permite enfrentar la adversidad y seguir en pie. El sentido es una ética de la resistencia. De hecho, la experiencia del mal radical vivida por Víktor Frankl (los campos de concentración nazis) pudo haberlo destruido, menoscabar sus esperanzas y propósitos, pero a contracorriente, ello trastocó la brutalidad en una teoría bondadosa y lúcida sobre el sentido y la existencia, con lo cual, en esencia, lo mejor de lo humano se antepuso a la oscuridad absoluta. El sentido forja esperanza aun en los días más aciagos.
Y avanzada la conferencia, se le dedican unos párrafos al vacío de sentido. La desesperación, el fracaso, el no hallar raíz ni cielo acosan. Muchos de sus pacientes, comenta V. Frankl, por diferentes motivos, le habían planteado esa fuga vital, esa desesperación al sentirse inútiles o acabados. Pero desde su comprensión de la vida, él les proponía evitar las idolatrías a un determinado valor o a un absoluto sentido; esto es, entender que la vida cambia, que las circunstancias mudan, que la pluralidad y los cambios nos convocan y que, en esos mismos términos, podemos y debemos variar y resignificar nuestros propósitos. Que obsesionarse con ser solo algo -por ejemplo, solo ser un gran deportista y nada más- puede verse alterado por algún evento pero no por ello la vida y sus sentidos finalizan. Entonces, estar atentos a los nuevos signos, a renovadas señales para reemprender un nuevo paisaje de vida. Esta es la posibilidad de las posibilidades, y apostar por un solo propósito puede llegar a ser, en determinadas circunstancias, el umbral del vacío existencial. Mejor darnos a entender la vida y sus amplias ramificaciones. A cambio, atender a la incertidumbre como parte esencial del crecimiento, reconociendo que la flexibilidad mental nos permite adaptarnos sin perder nuestra esencia. Es en esa capacidad de ajuste donde reside la verdadera fortaleza, ya que permite navegar con los cambios sin quebrarnos. Así, cada ”final” se convierte en un nuevo comienzo. Y esto bien lo sabía Odiseo.
Finalizando su afortunada intervención en la ciudad de Dornbirn, concluye el neurólogo animando a buscar cada día, con tareas sencillas y plenas de significación, el sentido propio y entendiendo que la vida humana más que una moneda de cambio o una inversión para la utilidad es ante todo la posibilidad de ser haciendo y amando. El texto cierra con una exhortación que deberíamos hacernos todos cada día: qué hemos hecho bueno hoy, qué hemos conseguido este día, qué hemos soportado valerosamente y en qué hemos servido.
Valgan estas reflexiones para invitar a la lectura de Viktor Frankl, a sopesar diariamente nuestro sentido existencial y a estar atentos a la vida y a sus posibilidades.
Dejo, a manera de invitación, algunos enlaces más de este mismo blog referidos al tema del sentido de la vida. Espero que estas lecturas complementarias enriquezcan la perspectiva y aporten nuevas herramientas para enfrentar los desafíos cotidianos con mayor perspectiva y vitalidad.
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