Ilustración: Christian Schloe. The Key to Wonderland.
Las palabras que siguen fueron leídas en una ceremonia especial de cierre del programa presencial de la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle. Ahora este programa ha girado hacia la modalidad virtual. Todo lo mejor para esta nueva propuesta y para sus directivos, maestros y estudiantes.
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Buenas noches. Es un gusto estar de nuevo entre colegas y estudiantes de esta querida Maestría en Docencia presencial.
¿Qué mejor ocasión para reconocer y resignificar los legados de una vida o de una propuesta educativa que hacerlo cuando éstos cambian sus rumbos y perfilan nuevos derroteros?
En la Maestría en Docencia en la que participé durante quince años, lo que hicimos fue significativo y transformador tanto para nosotros como para nuestros estudiantes. A ellos, a sus familias y entornos educativos, creo, les afectamos de manera positiva. Con ellos y con unos colegas maravillosos, propusimos una manera particular de hacer docencia, de investigar, de trabajar en una comunidad reflexiva y propositiva. Aprendimos y enseñamos, muchas veces a contracorriente, a pensar la docencia en seminarios generosos en ideas y debates que nos llevaron a publicar y a enseñar a investigar, a escribir (qué difícil era esto!) y a publicar los proyectos de los maestrantes. Fruto de la disciplina, la convicción y el amor por la educación, llevamos a cabo foros docentes a nivel nacional e internacional, obtuvimos dos acreditaciones nacionales y una internacional, y sobre todo, le brindamos a la labor docente el lugar preeminente que siempre debe tener en una sociedad.
Con el maestro Fernando Vásquez, Director de la Maestría en ese entonces, nos ocupamos, en tanto acción consciente y cotidiana, de cuidar la enseñanza. Esto es, nos dispusimos, habitualmente, a planear y aplicar en las aulas mucho de lo que leíamos, debatíamos, investigábamos, escribíamos y publicábamos respecto a la naturaleza, responsabilidades y trascendencia de nuestro oficio docente. Así, fuimos construyendo, de manera comunitaria, el cuidado de la enseñanza. Y a esto quiero referirme brevemente a continuación.
Sí, el cuidado de la enseñanza. Que más que transmitir un cúmulo de datos (cualquiera puede hacerlo sin mayor preparación o suficiencia) esta, la enseñanza, para el docente, acota señalar, indicar. Mostrar paisajes, sugerir rutas, levantar mapas y disponer caminos. Enseñar resulta ser un acto generoso de entrega de lo que se tiene, poco o mucho; enseñar, pues, como una forma particular de apertura hacia la vida, hacia los otros y hacia lo otro. Enseñar es una cierta disposición de trascendencia y espiritualidad. Quien mejor enseña, lo sabemos, es quien ha caminado y sabe de caminos, de señales y de pasos. Ahora bien, cuidar de la enseñanza implica, considero, al menos tres condiciones: la de prestar atención, la de mostrar lo esencial y la de acompañar y dejar ir.
Prestar atención implica detenerse, observar con atención, dejar que el mundo hable y escucharlo. Saber atender y enseñar a atender -afirma Josep Maria Esquirol-, suscita crecimiento y madurez. En la docencia, se refiere a dejar la prisa y detenerse en el camino con los alumnos, y con ellos detallar, preguntar y dialogar. Atender subraya conocer y cuidar la casa común; distinguir, redefinir, reconsiderar lo dado. Atender es conocer y conocer es darse la oportunidad de elegir. Una manera activa de leer y releer entre líneas el libro de lo propio y lo común. Las aulas deberían ser una escuela de la atención y cuidado.
Mostrar lo esencial, por su parte, implica diferenciar lo necesario de lo urgente, distinguir lo importante de lo circunstancial. Un maestro que enseña ejerce el discernimiento; se dirige y guía al otro hacia lo significativo, lo orienta en pos de aquellos asuntos verdaderamente nucleares. No se trata de abarcar muchos temas, saturar de lecturas o sobrecargar los tiempos de la enseñanza con activismo; en absoluto. En su lugar, corresponde más bien pensar y dar pautas para pensar, enseñar a preguntar, a investigar, a debatir, a escribir y a respetar acuerdos.
Cuidar la enseñanza, en tercer lugar, corresponde a acompañar y a dejar ir. A la manera del caminante de Emaús, se está con los discípulos un trecho; se les infunde lo que se considera importante; se les cuestiona (¿de qué hemos hablado?¿Qué ha pasado con lo que hemos trabajado? ¿Qué harás con lo que has aprendido?)… Y se les brindan rutas y ánimo, mucho ánimo, para que forjen su propio camino. Educar no es estar al frente, sino al lado y luego detrás de los aprendices. El maestro termina por ser una presencia transparente, como diría José Sánchez Tortosa.
Estas consideraciones han sido aprendidas y, con el mejor empeño, puestas a disposición de mis queridos estudiantes, quienes me han hecho sentir orgullosamente educador, y en este recorrido, la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle ha ocupado un lugar sustantivo. Ahora los tiempos son otros y otros los protagonistas y las propuestas. A ellos, todo lo mejor.
Y a Fernando Vázquez, Maestro de maestros, gracias por tanto.
A ustedes, gracias por su amable escucha.
Rodolfo Alberto López Díaz.
Bogotá, 11 de junio de 2026.