La escuela de Atenas (1510-1512). Rafael Sanzio.
La frónesis es un campo de la filosofía práctica que, especialmente desde la Ética nicomáquea de Aristóteles, se encarga de forjar el discernimiento y el carácter y de aplicar en la vida cotidiana criterios equilibrados y virtuosos. Es la capacidad para actuar de manera informada y con sensatez.
En el Libro VI de la Ética nicomaquea, Aristóteles describe las dos virtudes intelectuales: Sofía y Frónesis. La primera, equivale a la capacidad de razonar sistemáticamente sobre verdades universales, y viene a ser la raíz ontológica y epistemológica de las ciencias. La frónesis, por su parte, corresponde a un tipo de razonamiento que involucra la capacidad de conjugar conocimientos para determinar los mejores fines respecto a algo particular; por ello, se emparenta con la ética.
Para llegar a la sabiduría, concluye Aristóteles, se requiere de la frónesis y esta se entronca con la habilidad para leer las circunstancias particulares (contextos) y las condiciones políticas (el conjunto de lo público). A la par de ello, el pensador griego, en su Retórica, considera que la frónesis, a la par del ethos y la eunoia (buena fe) forjan el carácter. Puntualmente, la frónesis concierne a la comprensión y actuación sobre las circunstancias; es una suerte de experiencia ilustrada y educada, fruto de un saber sistemático puesto al servicio de un fin determinado en condiciones concretas. Viene a ser, dicho de otra manera, la relación de conocimiento, experiencia, criterio y tacto para proceder de la mejor manera y obtener un cierto bien. Mientras que la techné es una manera de ocuparse de principios y objetos y la teoría es una forma de reflexionar sobre principios universales, la frónesis es una actitud para ocuparse de la vida propia y de los otros en medio de circunstancias concretas, buscando un buen fin. Así, la frónesis se sirve de principios y conocimientos para actuar con virtud en el mundo de la vida.
Digamos, para el caso que nos ocupa, que la didáctica –diddaskein-es el conjunto armónico de disposiciones teórico-prácticas dispuestas desde el maestro para llegar a una cierta finalidad formativa. Por ello, en la didáctica se hace factible, realizable, un determinado sistema de creencias (pedagogía); es la lógica en uso que da polo a tierra a una lógica metafísica. Esta propone y aquella dispone. Y lo hace no como un servicio meramente instrumental de actividades mecánicas sino en tanto asunción vigilante, pertinente y creativa, en contextos situados y con sujetos concretos, de una apuesta formativa. Así, el/la didacta entrelaza con juicio teórico y experticia los bienes esperados con los bienes dados; las narrativas del deseo con los relatos factibles en el momento preciso de los encuentros del rostro a rostro, en la develación vertical propia y única del aula. La didáctica ejecuta con criterio lo enunciado en un discurso, desde un espacio-tiempo dado; redimensiona y concreta unas finalidades buscadas en el terreno del aquí y el ahora. Es, si se quiere, la filosofía práctica de la educación. Un hic et nunc acompasado por un dominio teórico. Y precisamente por lo anterior, podemos emparentar a la didáctica con la frónesis. Un maestro, a partir del dominio de una disciplina y en diálogo con unas personas particulares en unos contextos situados, propende por forjar ciertas capacidades en búsqueda de la dignidad y el florecimiento humano. La didáctica no es una ciencia, tampoco un arte; más bien una disciplina teórico-práctica con sentido ético que, dispuesta de manera equilibrada, propende por determinados fines formativos. Según esta relación, podrán ser parte constitutiva de la didáctica, entre otras, las siguientes condiciones.
- Dominio de un campo disciplinar. Se requiere, efectivamente, del conocimiento, de la episteme, del dominio de un campo particular, de información que bien ordenada constituye un campo categorial de una disciplina. Esta condición de base, de suyo epistemológica, permite conocer, comprender y aplicar un conjunto de datos, habilidades y métodos propios de una cierta tradición del conocimiento en el campo de la enseñanza, bajo el supuesto de que cuando se enseña, algo se enseña; que la función pedagógica entraña el uso comprensivo de información clasificada de una rama del saber; que en toda enseñanza y en todo aprendizaje se da sine qua non una actividad intelectual de rigor. Es un saber científico puesto de manera comprensible en el aula. Tal capacidad es una trasposición didáctica, en términos de Chevallard[1]: el saber sabio se torna en saber enseñado. Los esquemas conceptuales y categoriales de un sistema de saber rígido pasan, se trasladan a un determinado contexto educativo. Sin tener el suficiente bagaje y capacidad de hacer entendible un saber, no se puede dar el acto didáctico.
- Destreza retórica. Transferir de modo adecuado un conocimiento, conlleva, de suyo, la habilidad de comunicarlo: de poner en diálogo y escena, desde las posibilidades del lenguaje, una información para que otro la comprenda. Entonces, explicar, parafrasear, ejemplificar, relacionar, analizar, leer, dialogar, debatir y escribir, al menos, resultan ser prácticas y condiciones sustantivas de todo docente. Sirviéndose de la retórica clásica, quien enseña, planea y enuncia un discurso, maneja una expresividad, apela a un manejo del cuerpo y la voz, genera un escenario y toca a un auditorio. El lenguaje verbal, el corporal, la persuasión y la empatía son recursos que no pueden pasar inadvertidos o estar subvalorados en la propuesta didáctica. De hecho, son inherentes a la enseñanza y a sus mejores efectos. El discurso didáctico, entraña, pues una inventio, una dispositio y una elocutio[2]: formas de expresar el conocimiento, de entablar el diálogo, de animar el debate y de llevar al otro a tomar posición.
La didáctica viene a ser, según lo anterior, no solo dominio de una disciplina sino el uso en contexto del lenguaje y sus géneros discursivos. Por lo mismo, posiblemente la exposición catedrática y la narrativa en el docente, no sean tanto “marcas de su educación tradicional” como asunción consciente y deliberada de recursos retóricos para formar mejor.
- Comprensión de los contextos y las necesidades. Hasta donde vamos: la didáctica es epistemología en contexto y retórica con finalidad formativa. A esto adicionemos que para obtener experticia didáctica se demanda de una fina habilidad de leer el mundo o, si se quiere, de una delicada y sensible semiótica de los encuentros; de una cierta erótica de los cuerpos y los rostros con que nos cruzamos en las aulas.
Conocer los contextos, los intereses y las necesidades de un grupo de estudiantes apela a destejer las condiciones con que se media el aprendizaje. Cómo se llega, qué se sabe, qué se desea aprender, qué tensiones y fuerzas median en las relaciones humanas será un caldo de cultivo indispensable para generar buenos ambientes de enseñanza y de aprendizaje. El docente es sensible a lo que ocurre antes de cerrar la puerta. Qué pasa en el “mundo de la vida” es un principio irrevocable para darle sentido al conocimiento pues la formación forma en algo y para algo que tiene todo que ver con las situaciones históricas personales y colectivas. Por lo tanto, observar, preguntar, inquirir, relacionar y proyectar el conocimiento. Una semiótica de los encuentros o una erótica de los rostros abren el camino para que lo que ocurre en el breve acto de la enseñanza cale, toque; en algo mueva. Especialmente hoy en día, en donde cunden la incertidumbre, la precariedad del trabajo, las violencias familiares, los vacíos emocionales o la sobrecarga informativa, la didáctica sirve de cuota transgresora para desocultar lo dado, para sacar a flote las creencias impuestas, para desfamiliarizar eso que damos por descontado. La vida del día a día nos apela y descentra; irrumpe con sus lógicas de lo inmediato y lo “normal” y desde ello podemos iniciar y sostener el acto educativo. Si el conocimiento no nos ayuda a vivir mejor, no tiene sentido. La didáctica se erige pues, en un diálogo entre el conocimiento y las cotidianidades. Es la recuperación de la cuota de sentido del conocimiento en la vida social. En este aspecto radica uno de los mayores vértices de la educación en la esfera política: un docente que activa las reflexiones sobre los contextos anima, como diría Freire, la razón histórica, la concientización y los procesos de liberación.
- Planeación detallada. Si lo anterior ya indica que el ejercicio docente es una cuidadosa artesanía del conocimiento, una orfebrería del lenguaje y una sensibilidad ante lo cotidiano, la planeación de qué se quiere obtener es la matriz organizativa.
Planear es una capacidad para ordenar lo deseado, para darle perspectiva y finalidad a lo que se tiene en mente. Este trabajo de planeación conlleva la capacidad de elección, jerarquización y secuenciación de objetivos, contenidos y habilidades; pero solo de aquellos que estén en función de obtener los bienes mayores trazados. Planear no es poner la enciclopedia en un formato sino disponer el saber decantado a lo que se quiere forjar. Implica situar en proporción las propias tradiciones y gustos con los intereses, posibilidades y tradiciones de los otros. No se planea para enseñar, se planea para aprender; esto tan obvio, parece en muchas ocasiones olvidado cuando se elaboran las unidades, las programaciones o los syllabus.
Planear subraya peguntarse con ahínco sobre qué es lo indispensable de saber y hacer, cómo se puede desarrollar ese proceso y cómo se puede acompañar al otro en su efectivo cumplimiento. No es ahogando con bibliografía, temas o actividades como mejor se enseña; es, dice la didáctica, haciendo un sutil discernimiento que permita que los medios adecuados conquisten los fines deseados.
Digamos, también, que cuando se planea se afirma o pone en entredicho una institucionalidad del saber, un cuerpo ideológico, discursivo y epistemológico que para nada es gratuito, que entraña una postura respecto al sujeto y la formación misma. Planear es ponerle geografía a una intencionalidad política y ética. La planeación, a la manera de las políticas educativas, configura un sesgo ideológico al que se debe atender de manera reflexiva por parte del docente mismo. No olvidemos que el lenguaje, en esencia, es propositivo y que la planeación, en la esfera didáctica, es un juego del lenguaje.
- Ambientes adecuados para la enseñanza y el aprendizaje. Un ambiente compendia un tiempo, un lugar y unos recursos; es la ordenación de mediaciones para obtener una finalidad planeada. Este menú de condiciones físicas y sociales efectivamente anima o entorpece los aprendizajes. Factores internos, externos y psicosociales que Ospina[3] categoriza como una construcción diaria, una reflexión cotidiana que asegura la diversidad y la riqueza de la vida en relación.
A un ambiente de aprendizaje le corresponden el espacio físico, los actores educativos, los contextos, el currículo y las tecnologías de apoyo. Saber disponer de ellos permite que la acción educativa tome un matiz más o menos significativo y que los resultados del conocimiento y la planeación lleguen a buen puerto. El ambiente de aprendizaje viene a ser el tacto sigiloso y casi secreto sobre el cual el docente teje las mejores condiciones posibles para aplicar su enseñanza. Ser conscientes de ello, insistir en generar entornos adecuados de enseñanza y aprendizaje, es parte de la experticia didáctica.
- Equilibrio y criterio para decidir y actuar. Posiblemente uno de los aspectos donde se pone a prueba la experiencia didáctica del docente es en la capacidad de actuar y decidir sobre lo inmediato. Por mucho que se planee y se tenga dominio de una disciplina, el punto de inflexión formativa está puesto en un hilo frágil llamado el aquí y el ahora. En un momento surge una situación inadvertida o no deseada que exige del docente la capacidad de equilibrio emocional, perspectiva y claridad formativa para decidir. Hacer esto o aquello ahora mismo y con todo el grupo o más adelante y con una persona; cerrar esta parte o darle largas; permitir que se genere una discusión sobre un conflicto o aleccionar al respecto… Todos estos entramados en donde se entrecruzan circunstancias, emociones, ritmos e intenciones nos indican que la enseñanza es un acto de adultez, que se requiere de alguien con experiencia, conocimiento y criterio para decidir y actuar; que no cualquiera puede estar frente a un grupo de estudiantes por el solo hecho de tener conocimientos o un título.
A la manera socrática, el docente primero y ante todo ha hecho la tarea consigo mismo para después, sí, intervenir con mayor criterio en otros. Por supuesto: nada garantiza los mejores resultados, pero al menos se puede dar cierta indulgencia a quien ostente algo más de equilibrio y sensatez para los embates y batallas inesperados que surgen cotidianamente en el aula de clase.
La educación, querámoslo o no, es asimétrica. Las actividades lúdicas y el rating no son en esencia la finalidad de quien enseña.
- Acompañar para la autonomía y la solidaridad. A lo largo de cualquier ciclo o nivel formativo, se debería iniciar como instructor y cerrar como tutor. Quiero decir con esto que el punto de inicio del docente es enseñar y proveer información y métodos, y el de llegada, brindar horizontes para que el otro construya su camino y paisaje. Formar en hábitos, esfuerzo e intelectualmente -y algo emocionalmente- de modo tal que sea la razón la que guie la vida propia. Esta ruta, genuina configuración de la libertad, en contra de la manida felicidad de vitrina que nos venden, es la apuesta que el docente elige para que el otro, si lo desea, obtenga su autonomía. La educación debe formar para la responsabilidad con la propia vida y la vida los otros. El aula no es el reino de la infantilización o del imperio de las emociones sino el del buen gobierno de la vida personal cara la vida en democracia. Muchas de las imposturas discursivas y la neofilia que cunden hoy en día en la educación, les hacen más el juego a intereses empobrecedores de la condición humana que a su genuina constitución.
El maestro piensa por sí mismo y enseña y permite a otros pensar, con criterio, por sí mismos. La capacidad analítica, la lógica argumentativa y el conocimiento riguroso son claves para salir de la servidumbre voluntaria. Como bien lo resalta Sánchez Tortosa[4], el maestro es una transparencia artificial que libera: un sujeto que progresivamente pasa de estar al frente de alguien para estar, fraternalmente, a su lado.
Concluyendo, el ejercicio didáctico debería ser, a la manera de la frónesis, una virtud práctica, un saber hacer teórico-práctico puesto en la escena educativa para la constitución de sujetos autónomos y solidarios.
[1] Chevallard, Yves. La trasposición didáctica: del saber sabio al saber enseñado. Aique, 2005.
[2] Confrontar en este mismo blog la entrada Retórica y pensamiento crítico.
[3] Ospina, H. Educar, el desafío de hoy: construyendo posibilidades y alternativas. Bogotá: Editorial Magisterio, 1999.
[4] José Sánchez Tortosa, El culto pedagógico. Crítica al populismo educativo. Akal, 2018.
Excelente texto, profe, magistralmente escrito, felicitaciones, muchas gracias.
Gracias Ricardo por su amable comentario.