Drawing hands. E. M. Escher. (1948).
- Del escribir
La escritura alfabética es, después del lenguaje, la mayor tecnología revolucionaria de nuestro mundo y una herramienta sustantiva para la conformación de las sociedades y del sujeto. Con ella, el hombre adquiere mayor conciencia de sí, mejor dominio de su pasado, tradiciones e instituciones y una capacidad más ordenada de imaginación e invención. Gracias a la escritura, transitamos del régimen de la oralidad a la impronta que resiste el paso del tiempo por la grafía. En ella, el mythos (comunitario y personal), el logos y el eros se consolidan. De hecho, la escritura es una afortunada respuesta humana frente a la muerte y el olvido. A la par que expresa la finitud, la transforma en una suerte de efímera eternidad. Por intercesión de las palabras, los párrafos y los textos, el homo narrans que en esencia somos se rehace y reconfigura con más ahínco. Escribir es hablar consigo mismo. Ella puede llegar a ser, si se quiere, un auto de fe en las posibilidades humanas.
Por lo anterior, la escritura no es tanto un asunto burocrático, académico o literario como una herramienta sustantiva para la consolidación ontogenética del sujeto. Es decir, por medio de la escritura, la persona adquiere mayor conciencia de sí, de su historia, del mundo y de sus capacidades y, a la par, más elementos para configurar su propio presente y su futuro. Considero que esta tesis es fundamental para comprender la escritura. Ella nos acompaña a lo largo de la vida, como un guía constante o un ángel guardián: desde los garabatos de la infancia, pasando por la autoexploración adolescente en diarios, hasta la defensa de ideas en libros en la vida adulta, las notas en el lugar de trabajo o el registro de inventos por parte de investigadores. Su presencia alumbra y asiste a quien la acepta; hace las veces de espejo y faro para la elaboración del paisaje propio. Nada dice más de mí que mi escritura.
Aunque el costo es exigente. Al plasmar sus ideas, quien escribe se ve emplazado, si quiere una buena escritura, al apartamiento, el silencio, la concentración, el dominio de un tema y de una gramática y a la imperiosa necesidad de tener algo claro que decir y de saberlo decir de la mejor manera. Escribir -no a la manera de una toma esporádica de notas sino a la elaboración de un texto ordenado-, entonces, no es un acto mecánico sino una autopoiesis: un proceso consciente y reiterado de introspección y construcción de sentido. Cada oración, párrafo y texto cuidadosamente elaborados son un tejido que presenta y relaciona información, ideas, conceptos, ejemplos, argumentos y conclusiones; una flecha de significaciones que sale directamente a un blanco. Esta es, precisamente, la buena escritura: la que ordena, jerarquiza, expresa, confronta, apela y propone.
Ahora, a esta buena escritura podríamos perfilarla en algunas de sus condiciones más propias e identitarias. Veamos.
- La buena escritura conduce al cuidado de uno mismo. Es eso que los antiguos llamaban hypomnemata, que acota que escribir es hablarse a uno mismo. En primera instancia, no se escribe para los otros sino para dialogar consigo mismo. Para situarse frente al espejo, mirarse y escucharse: “talla tu máscara”, decía Marco Aurelio. Esta condición reconoce y sistematiza experiencias, tradiciones y conocimientos. Es catarsis y poiesis: nos enfrenta a zonas íntimas, dolores postergados y decisiones aplazadas. A la manera de los estoicos, bien puede ser un ejercicio espiritual y cognitivo diario para tener más capacidad de reflexión, examen y decisión. Es esa adversaria (aquello que ponemos frente a nosotros, a la manera de las Meditaciones del gran emperador estoico romano) que nos conduce a la pausa, al paréntesis y a la deliberación después de cada combate diario o al inicio de una nueva jornada. Escribir para ordenar algo, constatar la razón de una cierta reacción, aquilatar posibilidades o, incluso, para situarse razonadamente entre contextos y metas. Escribir, visto como meditación, exploración, pensar sosegado; epimeleia heautou, diría Foucault: inquietud y ocupación de sí. No son gratuitos en absoluto, pues, las palabras o frases sueltas, el párrafo que surge o los diarios y las autobiografías. Escribir, bajo esta concepción, estructura y da carácter.
- La buena escritura ordena el pensamiento. Al ser un ejercicio de introspección y discernimiento sobre lo propio y lo social, la escritura obliga a pasar del caos de las sensaciones, imágenes y palabras sueltas a las ideas, los conceptos, las categorías, las oraciones y los párrafos ordenados. La oralidad y el vuelo de la mente tienen su polo a tierra cuando se escribe. La escritura, si lo pensamos con detenimiento, es una gramática de la conciencia, una sintaxis de las ideas que permite fijar lo amorfo y genérico en preciso y claro (esto para la buena escritura, claro). Así, el acto de escribir se convierte en un mecanismo de clarificación mental; al plasmar las palabras en el papel, el autor se enfrenta a la realidad de su propio razonamiento, a las contradicciones y a los vacíos que antes pasaba desapercibidos. Tal confrontación con la propia lógica interna no solo revela inconsistencias, sino que también impulsa la búsqueda de coherencia y rigor. El proceso escritural conmina a revisar, tachar y reordenar hasta que el texto refleje fielmente el pensamiento. De este modo, la reescritura no es un mero ejercicio estilístico sino una herramienta esencial para depurar el pensamiento y alcanzar la consistencia intelectual.
- La buena escritura forja la capacidad crítica. Y dado que escribir es repensar, cada borrador se transforma en un espacio de análisis y evaluación de lo pensado y del tema tratado; de las creencias que sesgan la propia escritura y de las motivaciones que nos habitan. Quien escribe observa con lupa; ya su decir pasa de las opiniones a las reflexiones y los juicios. Las exposiciones y argumentos (y todo texto los contiene en mayor o menor medida y desarrollo dado que el lenguaje es per se propositivo), entonces, sustituyen (o deberían) los lugares comunes y las generalizaciones vagas, dando paso a una estructura explicativa y probatoria más sólida y verificable. Y esto aplica para la mayoría de las tipologías escriturales: desde el comentario de un texto, una película o un evento hasta los ensayos académicos y las narrativas, el ejercicio cognitivo de la escritura se torna en cincel y bisturí. La mente se hace aguda; vigila con mayor celo las afirmaciones y desconfía más de sí misma. Consecuencia: la escritura es la mejor escuela para desarrollar el pensamiento crítico. Tal como lo he dicho en mis libros y en muchas de las entradas de este mismo blog, quien escribe piensa con mayor sensatez y juicio. No se trata solo de transcribir ideas preexistentes sino de hacer de ellas todo un laboratorio donde las suposiciones, las valoraciones e hipótesis se someten a prueba, se refinan y, en ocasiones, se descartan. Este proceso de depuración constante obliga al autor a confrontar sus propias limitaciones intelectuales, a reconocer los vacíos en su razonamiento y a buscar la precisión y el rigor crítico antes que la comodidad.
- La buena escritura aviva la imaginación y la creatividad. Escribir, desde Aristóteles (Poética), es una forma de composición discursiva que representa las acciones humanas de manera metódica (principio, medio y fin), manteniendo la unidad temática y rítmica. Lo verosímil, concepto clave en esto, permite que la coherencia emerja y sostenga el entramado textual. En particular para la escritura literaria, la obra (poema, drama, relato) crea y alimenta de forma congruente mundos posibles donde la lógica interna del relato prevalece por sobre la realidad factual. Posiblemente la ficción sea el mayor nivel de pensamiento, pues exige una inventiva tan elaborada que se configura en lógica estética, transformadora y revolucionaria del pensamiento y el lenguaje mismo. Bien sabemos que Cien años de soledad es una novela, que no es una realidad factual, pero su cosmos es tan consistente y maravilloso que se configura en realidad paralela, y tanto, que lleva al lector a suspender la incredulidad y sumergirse por completo en una experiencia verosímil, sintiendo como propias las tragedias y los dramas de los personajes en dicho universo inmaterial. Entonces, el pensamiento crítico se alía con el creativo para edificar universos coherentes donde la verdad estética y ficticia supera a los hechos de la vida cotidiana. Dicho de otra manera, la literatura no solo refleja el mundo, sino que lo reinterpreta gracias a las capacidades de la imaginación y la creatividad que, en efecto, son metaprocesos cognitivos de altísima complejidad y no meros ejercicios de evasión. Así, escribir, leer y enseñar literatura es avivar la capacidad del razonamiento creador en su mayor jerarquía.
- La buena escritura comunica con claridad y solidez. Este es un aspecto desafortunadamente relativizado hoy en día. Se quiera o no, se escribe para decirle algo a un otro y la mejor cortesía con ese otro, como diría Ortega y Gasset, es la claridad, que no es una concesión estilística sino un imperativo ético. Al escribir con precisión, se acude a la posibilidad de diálogo y debate; se construye un espacio común donde las ideas pueden confrontarse con rigor. Por el contrario, la ambigüedad deliberada o la negligencia lingüística erigen barreras que impiden el encuentro genuino entre las conciencias. La claridad, por tanto, no simplifica el pensamiento sino que lo hace accesible y transferible. Salvo las obvias licencias del texto literario, que comunica a su particular manera, la comunicación en la escritura no literaria es una norma sine qua non para garantizar la eficacia del mensaje, lo cual demanda un adecuado y suficiente conocimiento gramatical y lingüístico por parte del autor. Escribir bien exige comunicar con claridad, y esta demanda no es meramente técnica sino un respeto por el lector y la tradición idiomática en la que se está. Aceptar la vaguedad o el descuido no solo distorsiona la intención original sino que socava la credibilidad del emisor y dificulta la construcción de un diálogo significativo. Escribir bien es cuidar el propio pensamiento, sí, pero en igual medida lleva a tomar seriamente en cuenta al lector y a honrar las tradiciones de la lengua de las cuales ese mismo texto es hijo. No lo olvidemos: la buena escritura es apetito de comunidad; un monólogo que, con sensatez y criterio, invita a las polifonías.
- La buena escritura fortalece la disciplina y la persistencia. Desde los escarceos de los escritores surrealistas hasta algunas de las actuales discusiones didácticas en torno a la escritura, se habla de escribir con otros, de la escritura a cuatro manos o, más actualmente, de la escritura colaborativa. Y puede ser que parte del proceso de gestación y revisión de un texto avale el apoyo de otros, pero en esencia, la ordenación y redacción de ideas en un texto es un proceso individual. Escribe una persona; solo dos manos (en caso del teclado) convierten en texto los devaneos del pensamiento. La escritura es un acto personal y solitario. El autor se enfrenta, solo, a la página en blanco o a la pantalla vacía, asumiendo la responsabilidad exclusiva de dar forma al caos interior. No hay otra forma posible de escribir. Las sugerencias y consejos por supuesto que son bienvenidos pero ya frente al papel o la pantalla, escribe uno solo. Nadie puede teclear por él ni decidir el ritmo de su prosa. Así las cosas, la escritura reclama ciertas condiciones particulares: por lo general, silencio, evasión de distractores, diccionarios a mano, mapas de ideas ordenados, tiempo y concentración. Escribir viene a ser un ejercicio mental y físico demandante si se quiere alguna calidad textual. Sea este motivo, creo, uno de los principales determinantes de que la educación en la escritura sea más un decálogo de principios que una realidad cotidiana en los hogares y aulas. Escribir, amén de ser una clara fotografía del pensamiento, es una develación de nuestros hábitos. Solo desde esa disciplina interior puede emerger con mayor resonancia una voz auténtica.
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