Sea que se considere dado por la vida o Dios, creado por propia voluntad o que sea parte de uno y de otro, lo cierto es que todos estamos llamados en cuanto seres humanos a hacer una vida significativa. A darle esa (y no otra o cualquiera o la que toque) impronta particular a nuestros días; a ser un frágil transcurrir pero que propone, transforma y sirve. A esto lo llamo propósito (propositus), esto es, una intención consciente y reiterada detrás de nuestras acciones, cierta finalidad que justifica la existencia y que nos da un sello único, un rostro irrepetible para llevar a cabo algo fundacional y trascendental, más allá de las circunstancias o las modas. Es una manera de ser y de estar en el mundo que centra y concentra nuestras energías. Responde a un para qué estoy aquí, a un qué hace importante este tiempo que me ha sido dado. El propósito es la gran pregunta, la medusa que nos confronta con nuestra capacidad creativa para hacernos dueños de un nombre y un camino. El propósito es el kairós de la vida personal.
Por lo tanto, no es algo pasajero o fácilmente cambiable. De hecho, se va haciendo como una estatua, a punta de cincel, agua y piedra hasta tallar la forma exacta que nos define o con el ropaje con el que queremos vestirnos. Es un acto de profunda soledad, de exilio y orfandad; un viaje al interior y al abismo. Y entonces, por supuesto, exige el valor de estar a solas, de reconocer las capacidades propias y las circunstancias heredadas, de buscar esa voz silenciosa que por encima de los ecos y las sirenas nos rodea. Y se va haciendo golpe a golpe y paso a paso. No es un arrebato, sino la constatación de que hay algo que esencialmente soy, una tarea que me eleva, que me hace sonreír y que hace vibrar el pensamiento y las palabras; una finalidad mayor que posterga los demás asuntos, impulsa siempre las ganas y que sobrepasa las dificultades cotidianas cuando se hace. Ser un educador, en mi caso. A ello llegué. Entonces, la docencia me implica y, por ello, me exige, en coherencia, estudiar, analizar, leer, investigar, escribir, publicar y planificar clases, y ya en el aula, me impele a proponer, exponer, preguntar, dialogar, exigir, retar y acompañar a otros en la constitución de su propio propósito, desafiando sus zonas de comodidad.
Ahora bien, el propósito es diferente a los proyectos. Aquel va en singular, es uno y transversal, fundacional y con pocos cambios sustanciales. Los proyectos, en cambio, se conjugan en plural, mutan y responden a momentos, deseos o contextos; están en referencia a metas que se planifican, ejecutan y evalúan y son aliento a mediano o largo plazo, sin estar necesariamente en íntima conexión con un propósito existencial claro. De hecho, el propósito llena nuestra vida y debería concretarse en unos pocos proyectos que lo desplieguen y materialicen. Sin embargo, existen otro tipo de proyectos, unos más afines con la novedad, la moda, las necesidades del momento o las premuras económicas, pero que no guardan relación sanguínea con el propósito erigido. Es más, podemos pasar nuestra vida llenos de proyectos y sin un propósito claro. El propósito y sus proyectos más íntimos se escriben con ardua labor y se esculpen en piedra.
Claro, la actual sociedad de consumo, sometida a modas efímeras, de tanto imperio emocional en las redes, con excesos publicitarios y un gobierno de la opinión (doxocracia), no fomenta la capacidad de salir al desierto, de aislarse, de cerrar los ruidos y comentarios y centrarse y concentrarse en lo que cada uno tiene y en verdad quiere. Estamos tan abstraídos por las “tendencias” y los vaivenes del «pasarlo bien” que muchas veces desatendemos las señales que nos presenta la vida cotidianamente para avisarnos sobre cuál es nuestra brújula primordial. Por estar distraídos o deprimidos, ignoramos los indicios que la vida nos pone delante para redirigirnos.
Por lo anterior, qué importante resulta atender a lo que nos ocurre, a los súbitos de la vida, a los malas pasadas, a los cambios inesperados que nos sobrecogen, para evaluar con mayor perspectiva si los proyectos y propósitos son los que deben ser. Y tantas veces que la vida nos habla… y tantas veces que no la escuchamos o desatendemos sus consejos. Insistir en algo que nos pesa y solo muestra dificultades puede ser un síntoma de desatención vital; la levedad enseña más que la pesadez. Un propósito, valga decirlo, nos eleva y trasciende; desnuda nuestras fortalezas para situarlas, siempre, al servicio de los demás. Efectivamente, un propósito lo hacemos con otros y también para otros. El propósito es una ética que responde a un llamado y a un diálogo. Acaso sepamos del propósito cuando servimos a otros en un aspecto particular que hacemos bien y que nos hace sentir vivos. El propósito convoca la unidad en tanto que los proyectos no esenciales resultan ecos de una voz que monologa.
No lo olvidemos: el propósito es algo propio, sentido, significativo y cercano que me une cotidianamente a la vida, a lo otro y a los otros. No es la gran hazaña ni los grandes títulos ni el cúmulo de propiedades o dinero; estos pueden ser, más bien, su resultado. El propósito me centra en lo que soy hoy conmigo mismo sin la necesidad de protagonismos ni de que se me reconozca como adalid del mundo o líder de la manada. El panadero que con esmero amasa el pan y lo dispone suave y fresco en la madrugada, el maestro que imparte la lección que transforma, el abogado que defiende con rigor o la madre que abraza y calla… allí están los grandes propósitos.