Le désespéré. Gustave Couvert.
En mis tiempos de pregrado en Filosofía y Letras se nos enseñaba con reiteración un método propio del análisis textual que aplicábamos al estudio crítico de las obras: la palabra-tema. Consistía en determinar las palabras recurrentes en un discurso, caracterizar sus diferentes usos semánticos y pragmáticos e inferir ciertas tendencias y sesgos de una obra e incluso de una época. Luego, ya en los posgrados, vinieron los trabajos de investigación sobre conceptos-ejes y categorías emergentes y, más adelante, apliqué con ahínco el concepto de idea-fuerza (originariamente idées-forces, de Alfred Fouillée) para invitar a análisis textuales y discursivos más exhaustivos en mis estudiantes. Ahora, esas estrategias bien pueden apoyar una mirada ética y creativa para nuestros días, y que podemos llamar palabras-sentido.
Este término, palabras-sentido, precisa y sintetiza unos valores fundamentales que dirigen la vida personal y que se procuran llevar a la práctica cotidiana, con la ventaja de ser de fácil recordación. Ya no es un campo de trabajo para los estudios humanísticos sino el abc de la propia ética, en tanto que declara lo que se tiene como jerarquía de convicciones vitales más importantes en la vida íntima de una persona. Vienen a ser ejercicios espirituales, procesos cognitivos de alto calado; tabla de virtudes que organiza las razones determinantes para la acción; el memorial de apuestas vitales en las que uno cree y que defiende, pues le dan sentido y dirección a la existencia. Hacen las veces de brújula, cual rosa de los cuatro vientos con la que nos orientamos para la jornada de cada día y que se revisan y resignifican cada cierto tiempo.
Recordemos, en línea con Wittgenstein y su Tractatus, que los límites del lenguaje son los límites de mi mundo (proposición 5.6). Mi mundo es estructurado por mi lenguaje, mi lenguaje da forma a las vigas de mi existencia y mi mundo (lo que soy) lo precisa mejor un lenguaje más ordenado. Y no es un juego de palabras: decirme es tener mi propio lenguaje, y si mi lenguaje es más claro me entiendo y procedo con mayor claridad y coherencia. Así, las palabras-sentido nos permiten en gran medida decirnos mejor para ser más nosotros mismos.
Aclarado esto, voy a lo que importa. Creo que podríamos trabajar en nuestras palabras-sentido, las cuales cada quien irá vistiendo según su mundo y sueños. Pienso en al menos tres. La primera es Metas. Estas son las apuestas o propósitos sustantivos de vida que, como consecuencia de los deseos, los sueños y las ganas, forjamos. Las metas, en lo posible, deben enunciarse de manera sucinta y concisa para evitar ante nosotros mismos el exceso de relatividad y circunstancialismo (excusas o pretextos) del día a día. A metas más condensadas y mejor nombradas, mayor será la capacidad para detallarlas, diferenciarlas y establecer las estrategias para alcanzarlas. Si me expreso bien, mejor podré llevar a buen término mis asuntos. Las confusiones, generalizaciones o muletillas entorpecen lo que soy y quiero ser. No olvidemos que las metas exponen el talante de lo que somos y queremos ser, nos dan trascendencia y, ante todo, hacen las veces del espejo que nos confronta en la rutina con ese incómodo cómo voy con mis sueños.
La segunda palabra-sentido es Disciplina. Acota una manera repetitiva, estratégica y apropiada de cumplir las metas deseadas. Ella es práctica planeada orientada al cumplimiento de unos fines sustantivos en los cuales el cuerpo, la mente y el espíritu están regidos por un orden de tiempos, acciones y ambientes. Sin disciplina, digámoslo de una buena vez, nada se obtiene. La disciplina nos salva del caos y de los afanes del día a día, nos exige discernir lo importante de lo urgente. Con la disciplina el cuerpo duele, como bien sabían los estudiosos y traductores medievales, pero sin ella, la comodidad se torna en inoperancia e intrascendencia. Especialmente hoy en día, donde la lógica de lo rápido y breve impera, la disciplina nos centra en la necesidad de cumplir con ejercicios demandantes y hasta monótonos pero indispensables para que las buenas intenciones no queden solo en eso.
La tercera palabra-sentido es Hoy. Palabra-sentido que nos devela nuestra profunda fragilidad y finitud y, a la vez, nuestra excelsa plenitud y posibilidad. Recordamos un pasado, anhelamos un mañana incierto, pero uno y otro los hacemos cuerpo y realidad en este hoy. Y no es un presente desprovisto de herencias ni de sueños sino alimentado precisamente de unos y otros. Este momento, este aquí y ahora nos sitúa en tanto seres que dan dirección a la improbabilidad y la incertidumbre. Lo que nos hace más humanos puede ser esto: habitamos un breve trecho de vida pero lo hacemos con nuestras metas y caminos. A nuestra manera rubricamos este hoy que, paradójicamente, contiene todo el pasado y todo el futuro, todas las posibilidades y todos los límites.
Por lo anterior, pensar o repensar, formular o reformular y, cuando sea menester, resignificar nuestras palabras-sentido nos harán más dignos de nosotros mismos. Se trata, en resumen, de crear nuestro propio autorretrato expresado con palabras llenas de sentido.