Crear y consolidar nuestro sentido de vida
Vicent Van Gogh. Autorretrato. 1889.
La fragilidad de los sueños y la pérdida o mengua de la esperanza son parte constitutiva de los tiempos y las sociedades, solo que en nuestros días estos se expanden a niveles casi pandémicos. Hoy, el mecanicismo laboral, la hiperproductividad, el consumismo desbordado, las difíciles condiciones para obtener un trabajo digno, la presión de las tribus, el fanatismo ideológico, las redes mediáticas, el afán desmedido de éxito y los radicalismos emocionales promueven el desaliento y la negatividad. En este mundo líquido casi todo se opone a pensar y crear la consistencia existencial suprema llamada sentido personal de vida.
Efectivamente, al sentido personal de vida, a esa consistencia existencial suprema, casi todo se opone: las circunstancias personales, familiares, económicas, políticas, educativas y laborales expanden sus redes y paralizan la capacidad de pensar y actuar hacia proyectos que nos alimenten de sentido. Si lo pensamos bien, el logo Just do it está preformateado para generar no tanto la libertad y la creatividad de sentido como para nutrir las grandes fábricas del consumo. Si lo permitimos, podríamos llegar a ser el Señor K pues la compleja arquitectura del castillo tiene todo fríamente calculado y acomodado para nosotros; Kafka lo narró de forma magistral. Platón, en el Teeteto, incluía en el concepto de esclavo también a los reyes, jueces y en general a todos aquellos que no ejercían la capacidad ni dedicaban el tiempo para pensar por ellos mismos. Crear y consolidar sentido con la mayor posibilidad de significación personal es todo un reto. Hacer la propia escultura demanda trabajo y resistencia. Forjar el propio sentido es el camino al gobierno de uno mismo.
Pero ¿cómo crear sentido propio de vida? Yo me atrevería a decir que respondiendo, claro, desde el aislamiento, el silencio sostenido, la quietud y con el corazón en la mano, la siguiente pregunta: ¿qué es eso que amo hacer? No hay otro camino que enfrentarse al espejo, mirarse en el río, quebrarse, caminar por el desierto preguntándose: ¿qué es eso que cuando lo hago me da sentido de plenitud? La respuesta deberá ser simple, sencilla, clara, contundente; rotunda y cortante. Ah, y siempre dicha y rubricada en primera persona, tallada en piedra con mi nombre en un necesario y sincero acto de egoísmo, para no confundirla con el amor a la familia o la obligatoriedad de mantener un trabajo. El sentido de vida es personal e intransferible.
Respondida esa pregunta fundacional sobre nosotros mismos, ahora viene el compromiso de lograr el mejor esculpido posible, de dedicarse con celo al tallado continuo de la estatua personal. Las piedras, ojalá de mármol de Carrara, que robustecerán tal proyecto de vida podrían ser, entre otras, estas cuatro: identificar las habilidades más innatas que tenemos, precisar qué se nos facilitar hacer, elaborar un listado con las convicciones íntimas y soñar aquello que queremos llegar a ser. Así, casi que con devoción, tener unas pocas pero continuas estrategias que nos permitan revisar y cualificar cada día ese proyecto de vida. Lo demás es resistencia ante las conflictos del día a día, pero si la pregunta fundacional ha sido manifestada desde el fondo del alma, las dificultades tendrán menos consistencia.
¿Maestros que nos pueden ayudar en este camino? Primero los propios padres, hermanos, amigos o personas a quienes admiramos. Conocer de sus vidas, desentrañar cómo llegaron a la cúspide de su realización humana. También, al menos para mí, las enseñanzas de los estoicos: Epicteto y su Enquiridión, Marco Aurelio en las Meditaciones, Lucio Anneo Séneca con sus breviarios sobre la vida, el ocio y la felicidad… Por supuesto, leer Ejercicios espirituales y filosofía antigua, de Pierre Hadot. Otro maestro: Van Gogh, con sus estremecedoras y bellas Cartas a Theo… Uno más, y más cercano a nosotros: Víctor Frankl, en El hombre en búsqueda de sentido, que resuena con formidable ímpetu y sabiduría hoy, pues nos aconseja cómo responderle a la adversidad y la catástrofe que nos acechan mediante el cultivo del mundo interior y solidaridad, la forja de un sentido personal y situado en el tiempo presente (aquí y ahora), dedicarnos amorosamente a algo que trascienda y sirva, sobreponer un propósito mayor al sufrimiento y a la contingencia, afirmarnos en una fe, cierta esperanza o espiritualidad propias como nutrimentos sustanciales y cambiar el enfoque del qué espero de la vida al qué espera la vida de mí. Y un maestro humilde y extraordinario, el papa Francisco (Q.E.P.D.). De él, al menos una enseñanza, sus palabras a los jóvenes en Bogotá el 7 de septiembre de 2017: “…Los invito al compromiso, no al cumplimiento. Salgan a ese compromiso en la renovación de la sociedad para que sea justa… Por favor, mantengan viva la alegría, no se la dejen robar. Vuelen alto y sueñen…”.
Lanzarse a vivir con sentido propio es de valientes. Todo se opone pero todo nos anima a hacerlo. En el hogar y en las instituciones educativas deberíamos, con terco empeño, acompañar en esa escultura que cada uno debe hacer de sí mismo.