Tres preguntas orientadoras
Supongamos que vamos saliendo de casa en la mañana. Es una día tibio y como todos los anteriores, vamos con prisa camino al estudio o al trabajo. Un día más, nos decimos. Pero supongamos, solo supongamos, que alguien de pronto se nos acerca con amable sigilo, nos saluda por nuestro nombre respetuosamente, y escuchamos que nos lanza una afirmación contundente. La aseveración, supongamos, es la siguiente: “Oye, hoy es tu último día”. Nosotros, después de reponernos (si nos reponemos), ¿qué haríamos?
¿Por qué hablar de sentido de vida?… ¿y por qué hacerlo en nuestros días? Ante todo, la pregunta por el sentido de vida es uno de los interrogantes inevitables que el hombre, todo ser humano, en su condición antropológica propia, siempre debe hacerse. La búsqueda de sentido es nuestra ineludible circunstancia ética. Saber qué se es y qué se hace con la existencia dada es una cuestión que tarde o temprano nos interpela y responder a ello con criterio y plena conciencia, es (sería) lo más adecuado. Dado que estamos de paso, que somos pasajeros en un lapso breve al cual llegamos sin previo aviso y sin previo permiso nos iremos, lo indispensable es saber cómo queremos viajar. Y particularmente en nuestro tiempo, dominado por las prisas, el consumo y la automatización, asumir por uno mismo la propia existencia es más que obligatorio. La pregunta por el sentido de vida, pues, es la interpelación fundamental y fundacional que cada uno debe hacerse. El sentido es una posibilidad de optar y trascender las necesidades básicas como la comida, el cobijo o la reproducción y nos permite afrontar con mayor entereza -como nos lo enseñó Víctor Frank en El hombre en busca de sentido, las contingencias, las adversidades. Nadie escapa de la fragilidad y la finitud y por ello darle significación profunda a cada día es una demanda de plenitud y realización. Es algo así como ¿por qué merece la pena vivir esta vida? Y en la respuesta o respuestas sustanciales, no negociables, que demos a esta reto sustantivo, radicará el valor de nuestro tránsito; será eso con lo que nos jugamos lo que somos y hacemos. O vivimos en la inmediatez o le proveemos proyecto, trascendencia y sello particular a nuestros actos. Nuestro tiempo siempre es un tiempo vivido, por tanto nuestro tiempo no es el Khronos sino el Kairós.
Las opciones de sentido de vida, claro, son múltiples; las respuestas las crea cada uno. Sin embargo, deseo a título particular brindar algunas reflexiones que puedan alimentar el recorrido. Un campo pródigo en esto puede estar en los ejercicios espirituales. Cuando se habla de ejercicios espirituales no se alude solo a una práctica religiosa sino también, y más es este espacio, a una dimensión espiritual propia de todo ser humano. La espiritualidad aquí es comprendida como un trayecto continuo que busca, consolida y actualiza un propósito de vida y su trascendencia. La religiosidad, por su parte, es la pertenencia a una determinada comunidad que se reconoce en un Dios o dioses, en un profeta, unos libros canónicos y unos rituales y calendarios concretos. La espiritualidad es ante todo camino y discernimiento, búsqueda y
coherencia; la religiosidad, más acatamiento, participación y anhelo de salvación. De hecho hoy día, debido a la pérdida de referentes religiosos universales (cfr. George Steiner, Nostalgia del absoluto, Siruela, 2024), “religiones” seculares como el marxismo, el psicoanálisis, el culturalismo antropológico y la llamada “Nueva era” riñen con la religión católica en hacerse a nuevos devotos. Inclusive las ideologías de extrema derecha o izquierda caen en esta misma epidemia de ídolos de barro sacralizados y secundados por fanáticos.
Los ejercicios espirituales, en concreto, son prácticas personales conscientes, habituales y progresivas referidas al examen de sí mismo, a la regulación de mente y emociones y a la búsqueda y forja de sentido trascendente. A la manera de los estoicos (Epicteto, Séneca, Marco Aurelio, entre otros), de Pierre Hadot (Filosofía antigua y ejercicios espirituales, Siruela, 2006), Michel Foucault (Tecnologías del yo, Paidós, 2010), o Francesc Torralba (Inteligencia espiritual, Plataforma, 2010), estas actividades espirituales conllevan la necesidad de la disciplina y el hábito. Foucault, de hecho, subraya la condición de que tales tecnologías sirven para el conocimiento y gobierno de sí mismo. Trabajo interior hondo y fértil en camino al otro y a lo otro, mismidad con apetito de alteridad.
Nuestra vida, decía más arriba, es un trayecto de tiempo breve al que decidimos (si queremos) darle sentido u orientación. La clave de tal disposición estriba en conocer nuestras sueños y habilidades y ponerlos en condición de posibilidad mediante estrategias concretas y verificables. Una de estas es la siguiente, y la llamo las 3 preguntas orientadoras. Estas son:
1. ¿Qué elijo hacer con mi vida?
2. ¿Cómo lo estoy haciendo hoy?
3. ¿Cómo lo puedo hacer mejor?
Este ejercicio espiritual requiere un momento diario de pausa, alejamiento y soledad para pensar cada pregunta. Luego, escribir una respuesta clara a cada interrogante y, al día siguiente o a la siguiente semana, consultar las respuestas dadas y volverse a formular las preguntas y responderlas de nuevo, siempre por escrito, ojalá a mano en un cuaderno especial dedicado solo para tal fin. Importante será cada cierto tiempo releer el cuaderno en retrospectiva, como una película que pasa ante nuestros ojos, para entender el proceso, con sus idas y vueltas, avatares, aciertos y aspectos claves de mejoría.
Tal práctica de sentido vital es simple pero muy retadora, demandante, pues implica ante todo una disposición de reflexión ética y crítica permanente, asumiendo que los directos responsables de nuestra vida somos nosotros mismos y que las condiciones que heredamos son eso, condiciones, pero no un destino ya marcado. Así es, cada uno hace su vida y sus decisiones lo determinan. Este es un acto de adultez en el que nos la jugamos toda hoy, claro, con la opción de libertad y creatividad de rehacernos continuamente pero de manera reflexiva. Por lo mismo, la escritura juega un papel protagónico. No es un adorno sino condición para que el pensamiento se concentre y la mano confirme y apuntale mejor esas ideas y actos de sentido. En igual condición, se hace meritorio un cuaderno propio, personal, íntimo, a manera de diario de vida y brújula para los trayectos.
Este ejercicio espiritual, como varios otros que iré presentando, nos permite generar sentido de vida más coherente y sincero. En medio de tanto ruido y tribalismos, escucharse y hacer la propia estatua de vida resulta más que necesario. Trabajar por el sentido de nuestra vida puede ayudar a que, supongamos, si cierto día algún desconocido nos interpela sentenciando que hoy es nuestro último día, nosotros, con una sonrisa afable y tranquila, podamos mirarlo y luego continuar el camino en paz con nosotros mismos.