¿Será cierto aquello de que toda opinión es válida? En justicia al razonamiento creo que no, pues opinión se refiere a un punto de vista personal y genérico que se emite sobre cualquier asunto sin mediar información ni criterio justificado por lo cual, precisamente, se habla de lo divino y lo humano sin mayores precisiones ni argumentos. La opinión corresponde al terreno de lo inmediato; acota un punto de vista particular, una suposición frágil de soportes y abundante de generalidades. Si fuera lo contrario, sería reflexión sustentada. Al carecer de rigor se torna en idas y vueltas de carácter más emocional que lógica demostrativa.
Es que no puede tener, definitivamente, el mismo valor exponer una reflexión que expresar opiniones. Quien opina enfatiza generalidades y lugares comunes, pierde matices y perspectivas, poco coteja fuentes y difícilmente le importa la verdad o la validez. Por lo general, aquí impera decir-me, mostrar-me (egolatría), dejar mi particular mirada y emocionalidad; mostrar mi creencia, mi pertenencia a una tribu dada; la mía, lo mío, lo de este grupo, que finalmente es lo importante. Pensar con otros no es asunto que tenga mucho sentido. La opinión tiene mucho de monólogo público. Muy al contrario, reflexionar, presentar y sustentar una idea exige tiempo, perspectiva, validación y valoración de coherencia, pertinencia y argumentos, siempre con otro distinto. El criterio que se dice exige un cuerpo discursivo que lo avale y voluntad de apertura y corrección; la opinión, de suyo, acude a la ocurrencia, a la fogosidad, al derribamiento inmediato de un punto de vista opuesto o a la informalidad del momento. Por esto se respeta a la persona pero no se puede respetar (aceptar) cualquier opinión en asuntos de significativa importancia. Decir no es válida, pertinente, correcta o lógica su opinión y decir por qué no lo es resulta un ejercicio cardinal e ineludible de pensamiento y de sincero aprecio por la racionalidad sustentada.
En nuestros días, precisamente por el auge de las redes sociales, el exceso de noticias y la ausencia de rigor informativo y analítico, prima el punto de vista caprichoso y momentáneo, el “chispazo”, la “ocurrencia”, que bajo el lema sacrosanto del Es que yo soy así, se impone como la dictadura de la libertad y la supremacía del desarrollo personal. Así, todos opinan de todo en un golpe de gracia a la adultez de pensamiento. Pensar no está de moda, soltar lo primero que se viene a la cabeza sí que gana puntos. Vivimos en una sociedad cercada por lo rápido y volátil; son tiempos para lo cual lo líquido adquiere el valor supremo en desmedro de la consistencia del sopesar, del cotejar, del argumentar.
Ahora bien, la opinión no tendría mayor contrariedad si solo fuera expresión de puntos de vista sin impactos significativos en lo colectivo. Pero lo delicado del asunto estriba precisamente en que en esta sociedad del espectáculo y de la post-verdad la opinión puede acarrear serios inconvenientes. Tiende a volverse verdad e ideología, dictadura de la tribu, en menoscabo de la reflexión, el estudio y la sustentación de evidencias. Al edificio del conocimiento se lo minimiza mientras el señorío de la opinión empaña el juicio sopesado. Lo grave en esta materia, insisto, estriba en que la opinión termina volviéndose valor de creencia y decisión; moneda de cambio con repercusiones hondas. Una opinión que gusta (relación emocional), a la que se le marca like, va generando una onda expansiva que atrapa, inmoviliza, crea adoctrinamiento y fija juicio de acción. Hasta los líderes y grandes figuras públicas buscan hacer que su opinión arrastre séquito y transforme estructuras e instituciones sin mayor análisis ni propuesta sólida de cambios. Para no ir muy lejos, las elecciones que deciden el futuro de un país como Colombia están más a la caza de opiniones que de propuestas programáticas serias, por ello, no resulta gratuito el auge de las encuestas y los “sondeos de opinión”: el futuro de una sociedad se puede canjear con estas sesgadas mediaciones de opinión. El negocio de la opinión crea réditos insospechados. Y a la par de esto, las tribus que crean y dirigen opinión las llaman «narrativas», y de narrativas en narrativas se forjan ideologías que movilizan grupos sociales para gobernar con pretensión de verdad.
Por lo anterior es que urge evaluar las opiniones sobre cuestiones de interés social. En la política, la ética, la economía, la religión, la moral, el conocimiento, la investigación o la educación la opinión merece desconfianza. Por esto mismo, también, es menester invitar a debates sólidos, conferencias sustentadas, análisis de discursos, lectura crítica y escrituras analíticas y argumentadas en tópicos gruesos y determinantes. Ante una sociedad en la que predomina el emocionalismo subjetivo, las lógicas de tribu y los mercados de opinión, escuchar, sopesar y argumentar son asuntos de supervivencia social.