La noche estrellada. Vicent van Gogh. Junio de 1889.
Pienso que la espiritualidad es una forma profunda, consciente y creativa de conexión con la vida. Una cierta manera de situarse frente al milagro de cada día. Por qué no, un apetito de lo absoluto. Quien dice espiritualidad se tiñe de una experiencia significativa de sacralización de la existencia toda y, en estos mismos términos, considero, la poesía -leerla, escribirla- es una muy particular condición de avivar dicha condición vital.
Posiblemente un poema, un gran poema del Maestro Eugenio Montejo (1938-2008), Terredad, nos acerque a esto de la espiritualidad.
Inicia así:
Estar aquí por años en la tierra,
Con las nubes que lleguen, con los pájaros,
Suspensos de horas frágiles.
A bordo, casi a la deriva,
Más cerca de Saturno, más lejanos,
Mientras el sol da vuelta y nos arrastra
Y la sangre recorre su profundo universo
Más sagrado que todos los astros.
Llama la atención el poeta sobre cómo somos seres de tierra y de estrellas, alados como los pájaros y hasta lejanos como Saturno. Viajeros de un tiempo breve pero testigos, a la vez, del milagro del universo y sus criaturas. Una criatura entre otras criaturas: ensimismados en el misterio y perplejos por esta tierra negra y húmeda que es cuna y tumba. Aquí estamos. Sin haberlo solicitado, pero enmarañados y entretejidos con una sangre silenciosa, voluptuosa que nos recorre y con la que transitamos cada día. La espiritualidad, en fin, en tanto despertar de la conciencia ante la inmensidad que nos camina y estruja. Espiritualidad, advierte Eugenio Montejo, que es apertura y conexión, forma sutil de hermandad con la vida y sus frutos. Vida entre vida que se abre a la vida.
Estar aquí por años en la tierra, sí. Seres de tiempo, por supuesto. Carne que se deshace entre sueños y metas y afanes. Seres de estación que pasan, fugándose desde el primer llanto, marcados por la caducidad. Viajeros a bordo, casi a la deriva, sin un destino claro pero en trayecto. Marinos en despedida aunque maravillados por el cielo estrellado al que presentimos es nuestro verdadero hogar. Tal vez por la conciencia de finitud y muerte, anhelamos el paraíso y sus dioses.
Y el poema termina así:
Estar aquí en la tierra: no más lejos
Que un árbol, no más inexplicables,
Livianos en otoño, henchidos en verano,
Con lo que somos y no somos, con la sombra,
La memoria, el deseo, hasta el fin
(si hay un fin) voz a voz,
Casa por casa, sea quien lleve la tierra, si la llevan,
O quien la espere, si la aguardan,
partiendo juntos cada vez el pan
en dos, en tres, en cuatro,
sin olvidar las sobras de la hormiga
que siempre viaja de remotas estrellas
para estar a la hora en nuestra cena
aunque las migas sean amargas.
Sí, preñados de eternidad, y paradójicamente atados a esta tierra, casa por casa, fijados a cada calle y sus límites, a las mismas memorias y a los nuevos deseos, con el generoso pan, prodigio de toda mesa, compartiendo juntos cada migaja, así sea amarga, pero compartida, y ya en la noche visitados por criaturas leves que viajan de otros mundos para recordarnos otro posible destino. Así hasta el fin (si hay un fin).
Entonces, leer (escribir) poesía es convocar el milagro y el misterio; saludar, con terror a lo sagrado, a aquello desconocido que nos llama y estremece. Tal vez por lo mismo Rilke decía: Todo ángel es terrible. Y no obstante /-Desdichado de mí-/os invoco, casi mortales pájaros del alma. La poesía es otra manera de orar; una plegaria a lo absoluto, aunque eso otro nos estremezca y a la vez fascine y seduzca. La poesía, la gran poesía, es umbral de la espiritualidad y por lo mismo puente para la transformación. Quien lee poesía ya no es el mismo. Como la espiritualidad, cuando nos toca, nos trastoca.
Sea por lo anterior, quizás, que luego de leer el poema nos asista una suerte de silencio, de quietud, de encogimiento interior en donde ya las palabras se tornan gaseosas y núbiles. La experiencia poética es una mística tasada en palabra e imagen, en ritmo y pausa que nos sitúa más allá. Como el monje o el devoto ante una imagen, el poeta reconoce su fragilidad y se aboca ante lo inconmesurable. La espiritualidad nos descubre, sacude y recubre.
Para abrevar en la espiritualidad apenas baste con caminar en silencio y observar con detalle. O baste con leer un gran poema.