José Saramago escribió una novela extraordinaria. En esta, una conductor sorpresivamente va quedando ciego. Una nube blanca lo invade. Confundido y desorientado, su automóvil obstaculiza el tráfico. En similar condición, todas las demás personas de la ciudad van siendo cegadas por esa nube blanca. Poco a poco el denso vapor invade ojos, rostros, cuerpos… Lentamente, cada persona pierde ubicación; sus sentidos de embotan y confunden hasta caer en la anarquía, la rabia y la desesperanza. El nuevo mundo es gobernado por una atmósfera desconocida. Las leyes son otras, los sitios de reclusión recién habilitados para evitar saqueos y asesinatos se convierten paulatinamente en brutales panópticos, vigilados y controlados con saña y desprecio para fiscalizar lo que cada vez es más incontrolable, la locura, la confusión, el caos. Todo cambia. Los antiguos valores son reemplazados; la peste blanca doblega la posibilidad de orden, libertad, empatía y convivencia. El mundo, ahora, es un infierno blanco.
Sin embargo, en la cuarentena, una persona no ha sido invadida por la peste blanca, la esposa del médico. Ella guarda silencio y guía a su esposo y a otros hasta lograr salir del manicomio y regresar a la ciudad, habitada por la desolación. En su casa se refugian varias personas hasta que, repentinamente, todos recobran la vista.
Empero, más allá de este magistral relato de suspenso, horror, caos y sorpresas, se trata de pensar la obra. Entonces unas ideas al respecto.
La primera, todo ser humano y por ende toda sociedad penden de un hilo; cualquier hecho enmarañado nos devela fragilidad, fantasmas y miedos. Requerimos de un cierto “orden” que aquiete y tranquilice; nos espantan los arrebatos del azar. Nadie quiere ser expulsado del paraíso. Lo sabemos, aunque nos hacemos los desentendidos: la ceguera la podemos sufrir todos en cualquier momento. La vida no es un guion sereno y predeterminado, más bien, un trayecto entre aguas tranquilas y tempestades que debemos aprender a sortear con la mayor dignidad y “cordura”. Nos subieron a este tren que va a un destino ignorado y en cualquier momento vocean nuestro nombre por los altoparlantes para bajarnos. Y eso da pánico.
Por lo mismo, la frontera que separa el “orden” del “caos” (¿o será el caos el orden estructural de la vida?) es muy frágil y se requiere de una ardua e incansable voluntad para no ceder ante la anarquía y la degradación humana. Un orden personal y social mínimo y básico protege de los mayores desafueros que siempre están a la vuelta de la esquina. Aunque incomode, aunque estorbe, aunque sea artificioso y breve, el orden acostumbrado es un salvavidas que evita el naufragio.
Lo segundo: ante situaciones imprevistas de violencia y anarquía, lo que aflora es la individualidad. El sentido de los vínculos o del equilibrio social se resquebrajan con extrema facilidad. Prima la supervivencia no de la especie sino del individuo y por extensión, su supremacía física y la satisfacción inmediata de sus pulsiones. Así, el orden social es una creación artificial y deleznable que, por lo mismo, requiere fortalecerse pero no sucumbir ante la brutalidad. La civilización humana ha sido un largo proceso para refrenar los impulsos más primarios que siempre están a flor de piel; una lenta elaboración para la represión del caos. Posiblemente a eso se refería Freud en El malestar de la cultura.
Lo tercero que llama la atención a partir de la novela de Saramago, es la necesidad de preservar algo de luz, un haz de vista, un tanto de perspectiva cuando el caos social sobreviene. La esposa del médico nos alerta en cuanto a la urgencia de mantener una cierta disposición de observación y cuidado del otro. Cómo se hace de necesario atender al dolor ajeno para no caer en la más pura brutalidad. La empatía es una forma generosa y útil para mantener cierto equilibrio. Por extensión, la capacidad de observar, de analizar y razonar con criterio, más allá de lo inmediato o de lo más visceral, nos preserva como sociedad. Pensar salva vidas. Pensar permite tener futuro como sociedad.
Un cuarto aspecto que me inquiere es que lo que nos hace más personas, mejores seres humanos, es la capacidad de respuesta creativa ante el dolor y la tragedia. Cuando nos embiste el aniquilamiento podemos sucumbir o trazar, entre llanto y con esperanza, ciertas metas. He aquí el valor supremo de un proyecto o propósito de vida superior que nos aferre al sentido. Pero no un sentido abstracto sino que con acciones cotidianas se vaya palpando y concretando día a día. Escribir un libro, enseñar o testimoniar a otros una experiencia límite, crear una empresa, cuidar y preservar la vida familiar… Ni el dolor ni la barbarie tienen la última palabra. Se trata de responderle a la muerte con más vida y al olvido con más trascendencia, muy a la manera de Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido.
Efectivamente leer es pensar y rehacerse, rehacernos. Por esto la lectura humaniza. Y ya cerrando, para el caso de Colombia, un país que se sigue debatiendo entre cegueras y rabias, cómo resulta de urgente volver a leer y pensar Ensayo sobre la ceguera.