Caricatura de Pawel Kuczynski.
Hay un culto a la ignorancia en Estados Unidos y siempre lo ha habido. La tensión del anti-intelectualismo ha sido una amenaza constante haciéndose camino a través de nuestra vida política y cultural, nutrida por la falsa noción de que la democracia equivale a decir que “mi ignorancia es tan buena como tu saber”.
Isaac Asimov.
Hacia 1980 el escritor estadounidense de origen ruso Isaac Asimov escribió un ensayo breve e iluminador respecto a cómo en la actual sociedad norteamericana todo se mide por el anti-intelectualismo y el culto a la ignorancia, ello ungido bajo la falsa noción de que en esa democracia «mi ignorancia es tan buena como tu saber». Con sorna, su ensayo, “Un culto a la ignorancia”, remarca ciertas frases que han hecho carrera contra la vida intelectual y académica, como por ejemplo «No confíes en los expertos”, o ser intelectual es una pose elitista. Lo preocupante es que ese malestar de la cultura no se refiere solo a Estados Unidos ni ha perdido su vigencia. Es actual y gobierna el mundo. De hecho, gobierna y campea en gran parte de la sociedad colombiana y en las creencias sobre lo fatuo de una buena y esforzada educación.
Estos juicios, repetidos acríticamente cual mantra sagrado, atentan contra la educación disciplinada y rigorosa (como lo es toda buena educación) y consolidan la actual civilización del espectáculo, en la que las opiniones, emociones más viscerales, sofismas y posverdades tienen postrado al pensamiento reflexivo, la investigación, la argumentación y al debate sustentado. Por supuesto, entendible: en la civilización del espectáculo el bufón es el rey; solo baste ver a los líderes que nos gobiernan.
El culto a la ignorancia quiere derrumbar la vida intelectual, escamotear la condición académica y denostar de la cultura mayor, de esa cultura que nos ha permitido disfrutar a la humanidad entera de las grandes conquistas y creaciones a través del tiempo. Tal exaltación del ignorante y del idiota (del griego anoetos, esto es, el tonto o el que desconoce los asuntos de la vida social) pordebajea el esfuerzo, el método, los argumentos y la confrontación razonada. Por ello, en buena parte, las fragmentadas habilidades lectoras, el poco margen dado al razonamiento crítico y la marcada dificultad para escribir con coherencia, cohesión, rotundidad y estética. Por lo mismo, hoy en las aulas se tiende a premiar y animar las opiniones y ocurrencias, equiparando el salón de clase a una cafetería o evento de divertimento. Lo peor que puede pasarle a un docente, su mayor desgracia, es que un estudiante se aburra en clase. Así, el educador se debate entre entretener y ser complaciente o exigir, aunque sea lo mínimo. Así mismo, la educación viene a ser un culto a la ignorancia.
Comparto la salida que propone Asimov en su ensayo: darle recompensa social al aprendizaje serio y profundo. Aunque arduo, colectivamente validar el esfuerzo, la disciplina, la reflexión; tarde que temprano estos siempre dan luz, esperanza y camino a quien los recorre. El fatalismo ese de que estudiar no vale, no paga, es mentiroso e inmediatista. Además de que la vida académica nos permite realizarnos, ser más plenos, florecer en nuestras capacidades y llenarnos de sentido, también nos brinda mejores condiciones de existencia.
Lo que de fondo está sobre la mesa es qué es lo que se quiere para vivir con sentido. Las dificultades y retos están por todos lados, es verdad, y más en países como el nuestro, pero si de veras se quiere algo se lucha por ello.
Ya para la órbita del docente, no puede haber otra posibilidad que persistir en educar con calidad. Finalmente, algo de esperanza nos viene bien; allí, entre los silencios cómodos y la apatía, seguramente se agazapa algún estudiante brillante que no solo salva la clase sino que le da una renovada esperanza a la cultura. Nunca la ignorancia deberá desplazar al conocimiento ni la opinión a los argumentos.
Sin la vida del pensamiento, ¿cómo sería nuestra sociedad?
Es que elegir ser ignorante es fácil… No exige, y hoy en día aquello que no se exige cobra más valor, por aquello del facilísimo. En la pregunta final: Sin la vida del pensamiento, ¿cómo sería nuestra sociedad? sería como actúan muchos, se dejan llevar por los pensamientos de los demás, sin filtros, sin sopesarlos, sin discernir.
En fin, buen texto para seguirnos mirando como docentes y no perder la esperanza.
Beatriz.