… Por eso el mundo colombiano de hoy no tiene aún un proyecto nacional forjado ni un horizonte bien definido; imitamos a otras naciones y pretendemos que vamos mejor o peor que algunas de ellas, pero de ninguna manera tenemos claro cuál es el objetivo final, cuál es el costo y cómo puede lograrse causando el menor daño posible a la sociedad«. Enrique Serrano. «¿Por qué fracasa Colombia? Delirios de una nación que se desconoce a sí misma». Ed. Planeta.
Inevitable repetirlo: Colombia está en una profunda crisis social e institucional. Una más, pero ésta de enormes proporciones pues nos estamos jugando la posibilidad de ser país y de ser país democrático. Podríamos ahora sí tocar fondo consumidos y destrozados como sociedad y como personas por los odios (viejos y nuevos) y las idolatrías a caudillos de una u otra esquina. Tal es el tamaño actual de nuestro caos e incertidumbre que, en tanto krísis o krinein (de la misma raíz de kritiquë: criterio, crítica, criticidad), nos invita a identificar problemas, separar y decidir. Las situaciones límites nos permiten eso: sopesar y tomar las mejores decisiones.
Por supuesto, tal crisis es síntoma de problemas estructurales como la exclusión, la pobreza, la opulencia insensible, la impunidad, la institucionalidad puesta al servicio de ciertas personas, familias y grupos, la corrupción galopante, el caudillismo visceral, la incapacidad para entender al otro, la estupidez y la chabacanería. En esto somos hijos del planeta, unos más con lo mismo solo que con sabor criollo, pero el punto para nuestro caso particular es que aún sin lograr ser una nación estable, sin haber obtenido un concepto claro de Estado, modernidad, democracia, ciudadanía y bien público, estamos en medio de semejante vorágine pasional y con la brújula extraviada.
Cierto. Sabemos que las causas son múltiples y profundas, pero quiero detenerme en lo que a la educación formal (esa que imparten las instituciones avaladas para tal fin por medio de programas, estrategias, recursos y docentes) le compete en esta turbulencia social.
Ante todo, la marca indeleble de nuestra educación ha sido la pasividad y conformismo con que se educa. Básicamente se apropia o adopta lo que el gobierno o grupo de turno indica, forjando la continuidad y el pensamiento de manada. Los planes y programas educativos, por lo general, poco reflexionan, poco discuten, poco o nada proponen ante la moda o la férula del momento. Se trata de sobrevivir, de aguantar, de pasar de agache cumpliendo con lo que se exige; una formación del vasallaje, podríamos decir. Educación conservadora, sí: temerosa, pasiva, acomodada en la quietud y afincada en prácticas sociales profundas de nuestro ethos que desde el siglo XVII hasta gran parte del siglo XX marcaron y marcan un rumbo casi sin cambio de vientos ni de dirección. Nuestra colombianidad, iniciada en aquél virreinato relativamente tranquilo de la Nueva Granada, de mansos días, con la religión católica como eje y apoyada en familias tradicionales se traslapó a nuestra sistema educativo. Los aportes de la educación pública moderna, de la Escuela Nueva o de las perspectivas constructivistas y socio-críticas se incorporan por lo general al menudeo y a riesgo de unos cuantos reformistas. El grueso de nuestra condición educativa, hablando en plata blanca, sigue anclado en concepciones y prácticas neogranadinas, respetuosas y anhelantes -ayer y hoy- de orden y tranquilidad. Somos mayoritariamente un país de talante conservador; un país consagrado al sagrado corazón de Jesús. Y pretender cambiarlo de un golpe o a punta de normas ha sido y será un fracaso; un profundo error de perspectiva.
Consecuencia de lo anterior, el carácter expansivo de los programas educativos. Los estudiantes dedican demasiado tiempo, energía, trabajo y preocupaciones innecesarias a cubrir temáticas extensas, y los docentes, haciendo lo que mejor pueden, se dedican a “enseñar” temas obligatorios (llámense logros o competencias) y a preservarse de tutelas, quedando en medio los aprendizajes esenciales y los graves conflictos cotidianos que agobian a sus aprendices. Algo así como que el aula se convirtió en un campo de batalla entre lo obligatorio, lo emocional y lo jurídico, desplazando lo significativo y trascendental. Estamos asfixiados de propuestas curriculares demasiado ambiciosas a las que se les olvidó que en las aulas menos es más y que el mayor aprendizaje se obtiene con la profundidad.
Y ya recientemente, la ideologización. Por una sesgada y provechosa concepción de lo político, ahora se trata de que las comunidades docentes deben estar alineadas con una orilla política, con un caudillo, con el prócer de turno, so pena de quedar por fuera de privilegios sus líderes sindicales. Entonces las militancias políticas y electorales merman la capacidad crítica y el análisis argumentado. Cada día escasean más los debates pedagógicos y propositivos entre docentes; las investigaciones, publicaciones y la actualización profesional pasan a un segundo, tercer o cuarto lugar. Y en la mitad de todo este barullo están los estudiantes con sus sobrecargas emocionales y dificultades académicas. Y en la mitad de todo y de todos, una Colombia a la deriva.
Pero como bien lo sabemos y sentimos, la esperanza es la piel del docente. Quien no la habita ni la muestra no es educador. Esperanza renovada cada día pese a tantas dificultades, retos y limitaciones. Por ello siempre nos queda mirada y verbo para pensar y proponer alternativas. El laberinto no es el final, existe un hilo de Ariadna. Así, podemos pensar y plantear caminos para Colombia, a mediano y largo plazo, también desde la educación.
Entre otros.
Una decidida formación espiritual. Esto es, trabajar y acompañar encuentros con nosotros mismos y con los otros, caminos de pausa, estancias de silencio consciente; contemplación, discernimiento y gestación de sentido y propósito. Mucha vida interior para la comprensión de la vida. Hacer camino, ser homo viator, dado que somos más que cuerpo, intereses particulares e inmediatez. También nos habita una búsqueda de ser más, de ser mejores, de ayudar a otros, de contribuir a una mejor humanidad y a una mayor plenitud de existencia. Tenemos apetito de trascendencia. No se trata de dar catálogos de participación religiosa sino de asumir senderos de búsqueda y cooperar en causas mayores.
Participar de la cultura humana, puede ser uno más. Hacer ciudadanos, conocedores y herederos de los mejores bienes del ingenio humano a nuestros estudiantes. Darles, pues, ricas e inagotables fuentes de humanismo, ciencia, artes, oficios, tradiciones, saberes y buena política. Abrirlos a la historia del pensamiento, del conocimiento y de la creatividad que desde las cavernas y sabanas de antaño a hoy tenemos y de lo cual podemos servirnos para vivir mejor. Se trata de donar los problemas, preguntas, hipótesis, exploraciones, inventos y hallazgos de toda la raza humana, no como un temario extenso y aburrido de temas sino legar a las nuevas generaciones la maravillosa aventura humana a través de los misterios y los retos.
Y sí, por supuesto, valdría la pena acompañarlos en el necesario conocimiento y reflexión crítica sobre nuestra propia historia. Saber qué somos, por qué somos lo que somos y cómo podemos ser mejores. Hablarles de los mitos y manipulaciones de la leyenda negra, de las cosmovisiones indígenas, de los sueños de los indianos que nos fundaron con sus obligadas limpiezas de sangre, de las colonizaciones y sus cultivos, de los miedos ancestrales, de las violencias independentistas, de los ardores tiránicos tan nuestros, de la hispanidad (nos guste o no), de la hispanounidad (como camino posible), de las mentiras infundadas y acomodaticias pasadas y presentes, de ese loco amor por la familia, de ese delirio místico por la figura materna, de la insaciable terquedad y persistencia en la vida y de esa habilidad casi malsana y única de sobrevivir un día más. Una historia, en fin, más cultural y sincera y menos ideologizada.
Puede sonar arcaico o pasado de moda, hasta conservador si se quiere, pero creo que parte sustantiva de una agenda de país tiene todo que ver con promover virtudes cívicas. Dado que nos necesitamos unos a otros, puesto que no hay yo sin tú, que no es factible sociedad sin normas y límites y que todo pasa por acuerdos y responsabilidades (no solo derechos), entonces acudir a las virtudes; retomar la ética de las virtudes nos puede dar la mano. Revalidar y habituarnos, con insistencia, en la cortesía, el respeto, la intimidad, la justicia, la libertad civil, los consensos, la validación de lo público en tanto causa y propósito mayor y la atención y cuidado de las normas democráticas son efectivamente tabla de salvamento frente al individualismo y el oportunismo grupal. Algo así como entender que nos necesitamos y que ello comporta formas que son mucho más que embelecos.
Ahora bien, una columna vertebral para pensar país debería situarse en nutrir de manera regular y planeada el pensamiento crítico y creativo. Por medio de preguntas, problemas, estudios de caso, hipótesis, lecturas y escrituras amenas y asiduas, de debates y mesas redondas, sería más que oportuno enseñar el pensamiento crítico en sus macrohabilidades: informarse, analizar, evaluar y proponer con argumentos. Pensar con rigor aquello importante de la vida personal y colectiva, no tragar entero; tomar distancia de las modas y las tendencias masivas, de lo obvio o de eso dado como lo correcto y someterlo al escrutinio de la reflexión pausada y metódica para entrever y develar sesgos, intenciones, sofismas. A la par de ello, enseñar el rigor, terquedad y persistencia propias del pensamiento creativo (tan disímil de la espontaneidad). Pensar en perspectiva y relación, de forma analógica, tal como lo hace el poeta, así como se cultiva y expresa la gran poesía y se da en los mayores desarrollos de la civilización.
Pensando con capacidad crítica se llega al fondo de los discursos; rumiando con animosidad creativa, se hallan nuevas rutas.
Cerremos. No podríamos hablar de país desde nuestra educación sin hacer un trabajo consciente, intencionado, habitual, integral e integrador de todas las voces, métodos y tendencias para dialogar y proponer un proyecto nacional. No como una actividad circunstancial sino en tanto propósito central y explícito. Darnos a la tarea de hacer una convocatoria para pensar país, con niños, jóvenes, maestros, directivos y líderes comunitarios bajo la óptica de los procesos formativos. Muy seguramente de ello derivarán ideas generosas y propuestas significativas y viables. Posiblemente en medio de la mayor oscuridad se pueda atisbar una estrella que nos guíe. Algo así es o debería ser la educación en Colombia. ¿Será mucho pedir?