Teseo, nos enseña la mitología griega, fue un héroe y príncipe ateniense famoso por matar al Minotauro de Creta, quien exigía sacrificios de doncellas y jóvenes atenienses, y por devolverle la libertad y la dignidad a la ciudad. Cuenta la tradición que después de su victoria, Teseo y sus compañeros regresaron a Atenas en el mismo barco con el que habían partido. Los atenienses conservaron esta nave como monumento durante siglos, sustituyendo las piezas viejas de madera por otras nuevas conforme se deterioraban. Así, con el tiempo, todas las partes originales fueron reemplazadas.
Este relato mitológico, como todos en todas las mitologías, tiene un doble plano: lo narrado y lo sugerido. En lo narrado, se cuenta del valor, coraje y decisión del héroe más amado en Atenas y en cómo supera crueles pruebas y libera a la ciudad del Minotauro en un viaje épico. Ya en el plano sugerido, altamente simbólico (por ello los mitos son tan potentes y universales), se nos invita a pensar en la identidad y el cambio. El nudo de semejante problema ético y socio-cultural se haya en el barco, pues cada una de sus partes fue paulatinamente sustituida por su natural e inevitable deterioro, hasta que al final no había un barco de Teseo tal cual él lo navegó.
Esto generó una pregunta que intrigó a filósofos como Platón, Plutarco y más tarde Descartes y Locke: si cada parte del barco fue remplazada, ¿sigue siendo el mismo barco de Teseo o es otro distinto? El dilema plantea una paradoja de identidad:
- Opción A: Sí, sigue siendo el mismo barco, porque mantiene la continuidad histórica, el nombre y el sentido de la travesía épica por la libertad personal y colectiva.
- Opción B: No, ya es otro barco, porque no conserva ninguna de sus partes originales.
¿Cuál de los dos opciones será el verdadero barco? Tal paradoja, efectivamente, nos sitúa frente a una profunda problemática lógica: ¿somos los mismos o cambiamos, dejando de ser lo que “originariamente” éramos? ¿Qué es lo “original”? ¿Somos los mismos o somos el conjunto de nuestras transformaciones, es decir, somos lo que no sabemos que somos? ¿Los seres, humanos, permanecemos incólumes, siempre igual en naturaleza y condición, o, por el contrario, nos vamos transformando, dejando las pieles anteriores y tomando nuevas maderas y timones? ¿Qué es, pues, la “identidad”, y cómo responder a la pregunta esencial de la existencia que es quién soy? ¿Soy el mismo de hace un año o soy, hoy, alguien distinto a quien fui hace un año? ¿Identidad es permanencia o cambio o cambio en la permanencia?
Y no estoy planteando un juego de palabras sino una reflexión de hondo calado. Cuando hablamos de identidad personal y colectiva, de identidad familiar, nacional o de gremio, ¿a qué nos referimos? ¿Para el caso de nuestra herencia, somos latinoamericanos, hispanoamericanos, amerindios?
El punto, finalmente, creo, es el de responder con la mayor claridad posible a quién soy o quiénes somos desde un criterio bien sopesado. Evitar, entonces, respuestas fáciles a preguntas complejas. ¿Mi relación de pareja, el amor que me unió a mi pareja hace años, es el mismo hoy, ha cambiado, ya no somos la pareja que éramos o es el amor el que cambia?…
Bajo este marco general de perplejidades, sí me atrevo a tener en cuenta que, al menos para mí, la identidad es unidad en la diversidad y que esto tiene, al menos, cuatro componentes. El primero, un concepto-valor con el cual me defino, más allá de los cambios circunstanciales y sus días; es esa creencia esencial que busco sea mi característica más propia, querida y que afirmo y reafirmo habitualmente. Un concepto-valor que no debería tener ambages aunque sí algunas y ricas aristas. Entonces, ¿cuál es mi concepto-valor?
Acto seguido, alimentar ese concepto-valor bajo una condición inevitable: el cambio. Esto es, las circunstancias y proyectos nuevos que nutren la vida y las rutinas, permitiendo que entre el aire renovado del nuevo día pero sin dejar lo esencial, sin renunciar a aquello que definitivamente no negocio. Algo así como que a mi dieta predilecta le agrego algunas variaciones e ingredientes, sabiendo qué proteínas y verduras no canjeo. Para el caso del barco de Teseo, el concepto-valor es la libertad (por eso fue el gran héroe y príncipe de Atenas y por ello se le alabó por los tiempos de los tiempos), la cual debo mantener aunque los vientos, travesías, compañeros de viaje y equipamiento varíen.
Un tercer elemento: los relatos. Y qué importante esto. Dado que somos homo legens, animales que fabulamos, dado que somos seres de lenguaje que nos hacemos por el lenguaje y que el lenguaje nos hace, que el lenguaje determina nuestro mundo y que nuestro mundo se amplía y transforma por ese mismo lenguaje, entonces, conocer nuestros relatos (personales, familiares, nacionales, ideológicos, emocionales) y dotarlos de un sentido lo más coherente y cercano posible a nuestro concepto-valor sería la tarea. Desde que iniciamos el día hasta que nos tumbamos en la noche, somos un parloteo mental, una narración cuyo autor, libreto y final nos lo inventamos nosotros mismos. La cultura es una conjunción de relatos montados frente a la realidad biológica y los fenómenos naturales para sobrevivir un día más. Somos sobrevivientes que cuentan historias.
Y el cuarto aspecto de esta compleja identidad viene a ser la escritura. Escribir es dotar de sentido la fragmentación del día a día, es el dispendioso trabajo de aclarar la confusión y ordenar la marea. Es un método privilegiado para trascender con un propósito mayor a las circunstancias, un distanciamiento reflexivo y creativo de la propia conciencia frente a las arenas movedizas de las emociones, las conveniencias y los problemas. Cuando escribo me describo y me recreo. Escribir es tallar la propia estatua interior. Quien escribe con compromiso desbasta la piedra y esculpe la figura que es o quiere ser.
Sirva, pues, el relato del hermoso y valiente Teseo para pensarnos, para repensarnos y darle mayor coherencia y firmeza a nuestra propia vida. En medio de tantas tormentas, remolinos, vientos, nubarrones, cantos de sirenas, puertos y bitácoras que hoy se nos ofrecen, bien vale la pena hacer la pausa… Atarse al mástil mayor de la embarcación, a la manera de Ulises, y definir la ruta, claro, viviendo el día de hoy como un regalo y un milagro, aceptando lo nuevo pero precisos y celosos en los fines. A la pregunta personal y colectiva de quién soy o somos, el barco de Teseo nos da claras señales para un buen viaje.
Nada más propicio para esta amada Colombia nuestra, en estos tiempos de circes y cíclopes, que volver al barco de Teseo.