La vida como la comida. En nuestros días abunda la llamada comida “chatarra”, una ingesta industrial y ultraprocesada que se fabrica con sustancias artificiales o extraídas de emulgentes, colorantes, aromatizantes alimentarios, azúcares y grasas hidrogenadas. Esta comida llena e inflama (también el ego) pero no alimenta, aunque suele ser sabrosa, rápida, práctica y de bajo costo. Como ella nuestros días. Vivimos mayoritariamente en el atafago de lo rápido, lo inmediato, lo productivo y del consumo acrítico. La eficiencia y el éxito se sirven en todos los platos del día y los comensales hacemos largas filas para ingerir enormes dosis de competitividad. Por ello, la indigestión existencial que padecemos; esta otra pandemia está en ser ciudadanos agotados, desgastados, sin tiempo, absortos en pantallas y sin claridad en el horizonte de vida o haciendo del horizonte de vida un dulce menú ya preparado en fábricas de comida rápida.
Existe, sin embargo, la posibilidad de cambiar de dieta, de curar (o disminuir) la indigestión existencial a través del cambio de ciertos hábitos. Desaprender es el comienzo del verdadero aprendizaje. En tanto no haya vaciamiento, ayuno, no podremos eliminar lo tóxico y recibir lo alimenticio. Así, la cultura ha constituido a través de los tiempos, de maestros y de libros venerables víveres realmente sustanciosos. Son varias recetas, afortunadamente, y las condiciones para su mejor cocción varían dependiendo los comensales, las estaciones y los ingredientes que estén a mano.
Una primera receta para una mejor vida es, creo, aprender a mirar. Sí. Suena extraño o torpe pero el hecho es que por lo general vemos pero no miramos. Ver es más un acto ocular, biológico, inmediato y rápido que sirve como estación y paso para lo siguiente, para ir a la otra calle o tomar el siguiente transporte. Cuando vemos no nos detenemos, la marcha continúa. Yo hablo de la mirada atenta. La mirada atenta es una práctica espiritual fundacional: quien se detiene y mira con detalle los detalles -repito, mira con detalle los detalles-, se abre a un universo que devela un multiverso de maravillas y milagros antes desconocidos. Es como si por medio de un microscopio se accediera a un telescopio; como si cuando nos detenemos a observar una simple y “normal” hoja de un árbol nos topáramos con un completo conjunto de nervaduras, tejidos vasculares, estratos esponjosos, savias en germen, savias desarrolladas, retículas, dicotomías, tonos, matices, colores, direcciones, formas y relaciones múltiples pero a la vez únicas en función de ellas mismas y de ser alimento y fruto de algo mayor. Todos hemos visto hojas prendidas a un árbol, hojas caídas, hojas al viento, hojas de verano y hasta hojas de otoño pero seguramente poco las hemos mirado. Cuando la mirada se detiene, cuando centramos la atención en un objeto o punto, cuando hacemos silencio y pausamos la mente y solo nos dedicamos con celo a auscultar un objeto, el asombro sobreviene y el universo se despliega. Entonces recorremos los detalles y describimos lo que está allí (el mundo mismo). Esto ya es mucho, esto ya es desaprendizaje, vaciamiento, ayuno, detención del tiempo y salida de nuestro ego. De hecho, gracias y en gracia (qué importante esto) a una mirada atenta han surgido las más grandes preguntas, descubrimientos e inventos de la humanidad. Los grandes maestros, genios, exploradores, viajeros, inventores, poetas, novelitas, místicos y filósofos han fundado las mayores instituciones de la cultura a partir de detenerse y mirar. De hecho, si algo en esencia se debería enseñar en casa y en las instituciones educativas hoy en día es a mirar.
“Lo esencial se resume así: si prestas atención, verás que…[i]. Verás que el mundo se te abre, que la capacidad de observar lo minúsculo es el umbral a lo insospechado. Captar los detalles es el principio del conocimiento pero, por supuesto, no basta con quedarse en ellos sino de situarlos en relación (de relatio: relato, llevar algo otra vez), de buscar sus correspondencias y conjunciones con otros detalles más e ir armando el rompecabezas, hasta juntar las piezas de manera tal que se vaya obteniendo un paisaje, un horizonte de sentido, en términos de Gadamer.
Y ese paisaje es la segunda receta: tomar distancia y pensar. Cuando se van juntando, cuando van casando las partes se empieza a develar de mejor manera el todo que, pese a estar allí desde la primera mirada, no se lo había mirado, no se habían juntado las piezas. Solo con una observancia relacional se consolida el bosque. Por lo general nos quedamos con una imagen, con un cuadro, con una sola versión de los hechos pero cuando pasamos a buscar los otros ángulos, cuando nos permitimos atender a nuevas perspectivas, ahí sí iniciamos la comprensión de algo. Pensar, pues, es unir las fracciones y ordenar el conjunto. Si la mirada atenta se enamora de los detalles, distanciarse y pensar es el anhelo de encontrar los nexos, los pegamentos; en la búsqueda de los secretos, excavar la tierra, zurcir el tejido hasta ver la manta. El pensamiento apela al paisaje, recorre los senderos, devela atajos y traza señales para conducirse hacia algo. Todo pensamiento es una comprensión de alguna temática, de algún asunto que convoca nuestra reflexión.
Pensar es la capacidad y voluntad de conocer las recetas, hablar con los cocineros y comensales y entender los protocolos de la buena mesa hasta disfrutar con otros de los mejores menús. Todo un banquete de olores, colores, sabores, texturas. A la manera de los diálogos platónicos, pensar es un discurrir entre miradas, relaciones y comprensiones. Por ello el papel determinante en esto de la lectura y de la escritura: leer el mundo, escribir sobre el mundo. Leer letras, signos, señales; escribir buenas ideas en buenas palabras y párrafos para proponer mejores caminos.
¿Entonces pensar requiere observar, relacionar, distanciarse, penetrar lo visible y dar sentido? Sí, efectivamente. Pensar es buscar la hondura del mundo, por ello no es tan frecuente como creemos. Pensar es el caviar de la buena mesa. Pensar, dice Esquirol, es aproximarnos al fondo de las cosas.
La tercera receta, tan urgente hoy, es el diálogo y respeto a los acuerdos. Posiblemente aquí es donde el menú de estos tiempos más pasa velozmente, donde menos quiere detenerse; donde más poco ofrece. Se trata de llenarnos con radicalismos y saltar las líneas éticas; de actuar según los personalísimos intereses de caudillos o tribus. Esta es la comida más tóxica que podemos ingerir y que lo hacemos con demasiada frecuencia. Las reglas se hicieron para quebrarse, los “diálogos” son entre iguales (entonces no son diálogos), y no hay acuerdos sino pactos temporales según se vayan dando las cosas. Este es el menú sin carta, este es el plato del día de todos los días. Y nosotros lo pedimos, degustamos y ensalzamos (en el doble sentido).
En su lugar, verdaderamente nutritivo para este relleno tan venenoso y virulento podría ser es escuchar con atención, preguntar y procurar convenios al menos de mediano plazo sobre criterios claros. Esa es la convivencia, ese es el fin de una democracia. Muy difícil, lo sabemos, pero no tenemos otra opción si no queremos volver al garrote y los totalitarismos.
En fin, esto de alimentarse bien es muy demandante. Exige cambiar hábitos, informarse, elegir y persistir. Pero finalmente creo que vale la pena, pues con ello la vida personal y colectiva se nos tornan más amables y benéficas. Probablemente más de estas tres buenas recetas y menos de grasas y ultraprocesados nos permitan vivir mejor.
[i] Josep María Esquirol. La escuela del alma. De la forma de educar a la manera de vivir. Acantilado. Barcelona. 2024.