El arte de enseñar

El texto que sigue es la reconstrucción narrada de una parte de una sesión clase que observé  a una gran maestra: Beatriz Vergara. El escenario, una clase presencial de español, con cerca de 12 niños y niñas entre los 11 y los 12 años en una institución privada bilingüe.

A Beatriz, toda una maestra.

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Hasta aquí una parte de dicha sesión de clase. Pero me quiero detener en algunos aspectos de este laboratorio de buenas prácticas de enseñanza al que asistí. De él, al menos me llaman la atención:

El valor de la pregunta

Observo que Beatriz fundamenta su clase y su ejercicio de comprensión lectora en preguntas. Pregunta y repregunta como ciclo o ritmo natural de la enseñanza. Ella busca hacer pensar lo dicho o leído sea para contradecirlo, afirmarlo o situarlo a la manera de invitación a un banquete de misterios por venir. Algo así como volverse a pensar; sopear lo pensado, enunciar mejor lo ya planteado. Un ambiente del todo socrático que moviliza los procesos de pensamiento de sus estudiantes a la vez que suscita el asombro y la incertidumbre ante las palabras, los párrafos, los sentidos. La lectura como una suerte de magia (a la manera del bello libro de José Antonio Marina y María de La Válgoma, La magia de leer, Ed. Random House, 2020) a la que siempre debemos volver. La página, la imagen, entendidos como bosque de símbolos fidedignos de un enigma que requiere saborearse, conocerse, debelarse muy lentamente y a punta de relectura y cuestionamientos.

Amplio menú de cuestionamientos a pedir de boca en la enseñanza que se observan en esta sesión de clase. Preguntas, entre otras, de ambientación (Mateo, buenos días. ¿Cómo te acabó de ir ayer con Persi?), de precisión (¿Clínica? -inquiere la profesora), de contextualización (Martín… ¿pero dónde queda Francia?), de conceptualización (¿cuál es el sujeto en esa oración, Brenda?), de observación (Ahora sí, díganme, ¿qué ven?), de contrastación (Bueno, y en qué se diferencian las personas adultas de los niños?), de comprensión (¿Qué quiere decir “A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO”?), o, de oposición o contraste (No. Otra vez: ¿qué quiere decir “Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO”? ‘Porqué le escribe al niño León Werth y no al adulto León Werth????). Posiblemente el repertorio sea mayor pero estos ejemplos bien ilustran cómo la práctica regular de preguntar y preguntarse por lo leído se moldea con hábitos y se modela haciéndolo explícito en el aula.

Desde siempre, el asombro y la pregunta han acompañado al hombre en su travesía por este mundo. Hacer de la clase una escena del misterio o del crimen o del detective que duda y cuestiona, puede ser una buena manera de mantener el interés, de acendrar el aprendizaje y de forjar mejores lectores y pensadores.

La base: la lectura literal

Este escenario de la pregunta, en paralelo, me hizo pensar mucho en que lo fundamental de la lectura, de las buenas prácticas lectoras y del pensamiento -analítico, crítico y creativo-redunda y se enraíza en entender lo que dice el texto. En decodificar, si se quiere, el código semántico. Mal hacemos, parece querer enseñar la docente, en apresurarnos en suponer o inferir; antes, por sobre todo, conocer, informarse, hallar lo dicho. Tal cual; y ni más ni menos.

Leer es leer pausadamente lo escrito. Aquí está la base de todo lo que se pretenda posteriormente fundar. Beatriz insiste con todo ánimo en que los niños entiendan bien qué dice el texto, que lean -ella lo hace en voz alta- la dedicatoria de El principito.

Y despúes enfatiza la urgencia de leer y entender lo que se lee:

«¿Sí ven? Primero debemos entender lo que nos dice el autor y luego, más tarde, decimos lo que pensamos sobre lo que se nos dice. Primero escuchamos las palabras, las leemos bien y despacio y después decimos lo que pensamos de eso…«.

Leer es desenvolver, desenrollar un papiro oculto; desentrañar un sentido dicho por otro. Masticarlo antes que tragarlo. Por lo mismo, ella vuelve sobre el hábito de leer o releer bien:

Otra vez, José. Pero más despacio por favor.

¿Qué es leer? Volver, pausadamente, a lo leído. Si se tiene afán no se lee de manera adecuada. La lentitud y los rituales son la ceremonia del buen lector, aunque esto se olvide tantas veces en las aulas.

Los libros, las buenas lecturas

Llama mucho la atención en la mirada que hago ahora a esa práctica de enseñanza, también, la importancia de los libros en físico en el aula y de saber elegir buenas lecturas. La maestra, previamente, ha solicitado a cada niño sacar de la biblioteca del colegio un ejemplar de «El principito» y, supongo, con antelación, los ha convidado a llevarlo a su aula. Parte del ritual es tener, tocar, oler, degustar el objeto de misterio. Un buen lector hace las veces de amante: lo mueve el deseo.

Ahora el libro es el centro de la clase. Por ello la importancia de mostrar el placer de leer, de tener un libro, de saborear sus palabras entre todos y entenderlas. Hacer de la palabra la maestra que ordena el círculo; volver a la antigua usanza de los viejos que leían las historias en la noche sagrada de la tribu:

Con un ademán como de magia, sacándolo de la parte de atrás de su cuerpo, expone el libro. Lo muestra. Pasea con él, lo acaricia y camina con misterio. A quienes estaban más distraídos se los acerca con énfasis.

-Sí, El principito -expone.  ¿Y si ven la magia? De esta manera lo podemos tocar, acariciar. Los libros se miran, se tocan, se huelen y se leen con paciencia y amor. Y son grandes amigos que siempre están con nosotros.

Sembrado el misterio, allanada la narración que viene, el fuego hará su efecto en la clase. Y en las siguientes. Y a muchos los acompañará por muchos días y años.

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En fin, solo quise transcribir con la mayor fidelidad posible una parte de lo que esta maestra hizo un día normal en una clase normal de literatura. Esto como reflexión e invitación a pensar cómo enseñamos y cómo enseñamos a leer y a pensar. Nada mejor que observar y aprender de un gran maestro o maestra la didáctica de la lectura para enseñar a leer. Bien se podría analizar el paso a paso, el uso del cuerpo, de la voz, de los recursos disponibles, el manejo del tiempo y la intención educativa en el relato reconstruido, pero eso será posiblemente para una segunda parte. Por ahora solo deseo agradecerle a Beatriz su maestría en enseñar y desde su ejemplo dejar la invitación a pensar cómo leemos, cómo pensamos y cómo enseñamos.

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