El texto que sigue es la reconstrucción narrada de una parte de una sesión clase que observé a una gran maestra: Beatriz Vergara. El escenario, una clase presencial de español, con cerca de 12 niños y niñas entre los 11 y los 12 años en una institución privada bilingüe.
A Beatriz, toda una maestra.
….
-Niños, niñas, muy buenos días. Por favor sigan, siéntense. Upp, dejen a un lado los morrales y vayan sacando «El principito», como habíamos quedado. Gracias.
El tablero tiene a buen tamaño el tema de la clase, el objetivo y las actividades que se llevarán a cabo. El aula está decorada con esmero; dos bibliotecas se enclavan en medio de una cartelera grande con escritos de los alumnos. Se siente un clima agradable.
Mientras los niños se van sentando, sacando atropelladamente su libro y con desorden y ruido acomodando los pupitres individuales y hablando con sus compañeros del lado, Beatriz se sitúa en el centro del salón, hace una pausa para llamar la atención y concentrar al grupo, y dice:
-Buenos días a todos. Espero que estén muy bien. Me alegra verlos con «El principito». El día está frío pero aquí estaremos muy confortables por todo lo que hay hoy. A propósito Mateo, ¿cómo te acabó de ir ayer con Persi?
-Ahhhh –sorprendido, responde Mateo mientras saca tu cuaderno y libro. – Ahhh bien miss. Tocó llevarlo a la clínica y lo examinaron y le dieron una pastilla y está durmiendo…
-Uhm… ¿clínica? -inquiere la profesora.
-Sí profesora. La clínica de perros… –confirma Mateo.
Al unísono, muchos corean: veterinaria bobo…. Y las risas y mofas se dejan ir por todo el salón.
–Sí, es mejor decir veterinaria…. Me alegro por Persi y a cuidarlo mucho Mateo. Bueno, ya recordando la clase de ayer, en la oración “Persi ya está mejor”, ¿cuál sería el verbo?
Se levantan algunas manos. Beatriz le cede la palabra a Julieta, quien se quiere salir de la ropa para contestar.
-A ver Julieta, …
-Pues “está”, profe…
La clase se queda un momento en silencio, pero algunos pronto levantan la mano. Beatriz guarda silencio con gesto de duda.
-Nooo sé…. – Esteban, ¿será cierto lo que dice Julieta?
Pero en medio de la nueva algarabía no se escucha la voz de Esteban. Beatriz, entonces, hace un gesto como diciendo “no escucho a nadie”. Deja de caminar por el salón. Se ubica en un rincón y cruza los brazos, ante lo cual el grupo guarda silencio.
–Julieta dice que en la oración «Persi está mejor», el verbo es está. ¿Por qué dices eso Julieta…
-Ah miss porque es lo que el perro de Mateo hace. Se curó.
-La verdad no entiendo bien. Otra vez, –pregunta la docente. ¿Cuál es el sujeto en esa oración, Brenda?
-Pues sí, es… no: está. El verbo es está, porque es la acción que hace el perro que es el sujeto…-comenta con cierta duda esa niña de ojos claros.
-Efectivamente el sujeto es “está”, porque es la acción que realiza el sujeto, que es Persi –Explica Beatriz. -No podemos olvidar eso niños, lo hemos visto varias veces y ya no pueden dudar. Recuerden y miren los apuntes y ejercicios de ayer y de la semana pasada sobre sujeto, predicado y verbo. Vamos a volver a verlo en un momento. Por lo pronto y como les comenté ayer, hoy iniciamos la lectura de una obra muy muy bella y que seguramente nos enseñará cosas importantes para nuestra vida. La escribió un escritor y aviador francés llamado Antoine de Saint- Exupéry.
-Martín… ¿pero dónde queda Francia?
A lo cual se hace una nube de silencio que va subiendo hasta el techo del salón y que cubre las pequeñas bibliotecas y carteleras del salón….
-Pues Francia-, responde una voz del fondo.
-Sí. Francia, un país que queda en Europa. Muy bien.
Entre tanto, Beatriz prende la pantalla de buen tamaño que está al lado del tablero blanco y allí, todos con los ojos abiertos, ven un extraño árbol.
-Primero en silencio miren muy bien la imagen. Observen qué hay allí…Todavía no digan nada, solo miren muy bien. Recuerden las Rutinas de pensamiento.
–Ahora sí, díganme, ¿qué ven?

De manera desordenada surgen voces aquí y allá, ruidos, risas y algunas respuestas se logran precisar.
-Así no. Levanten la mano para que nos escuchemos bien. Felipe: ¿qué ves allí?
–Miss veo un árbol grande volando.
-Uhm…. Un árbol grande volando… ¿Qué ves? Mira muy bien.
-Un árbol grande, verde, con raices … Ese podría ser el hogar de una ardilla.
–No estamos observando bien. A ver. Alguien más quiere decir qué ve? –pregunta la docente con sigilo y de manera intencionada alargando las palabras.
-Qué piensas Amalia.
–Sí, la casa de una ardilla…
-Nooooo missss… Alardea un pelirrojo de la mitad. Esa es la casa del principito.
Beatriz se sonríe y dice: Bueno vamos a ver qué es pero no han descrito con detalle. Es un árbol que parece ser grande, de raices poderosas, un tronco y dos grandes ramas lo dividen, ramas verdes, alrededor siete estrellas amarillas. Para leer bien hay que observar con detalle niños. Falta trabajar en eso. Ahora miremos en Google quién fue Antoine de Saint- Exupéry.
En la pantalla de video ahora se proyecta una información breve que informa la vida del aviador y escritor francés, la cual es ampliada por la profesora. Luego cierra la pantalla y abre una imagen con la figura fresca y colorida de un niño de rizos dorados. Y con énfasis comenta. –La primera información es sobre el autor, la del escritor y aviador francés Saint- Exupéry… Ahora… el protagonista de la obra más famosa que escribió y que ya sabemos que se llama…

-El principito… se responde de manera rápida y casi unánime.
Luego, con un ademán como de magia, sacándolo de la parte de atrás de su cuerpo, expone el libro. Lo muestra. Pasea con él, lo acaricia y camina con misterio. A quienes estaban más distraídos se los acerca con énfasis.
–Sí, El principito -expone. ¿Y si ven la magia? De esta manera lo podemos tocar, acariciar. Los libros se miran, se tocan, se huelen y se leen con paciencia y amor. Y son grandes amigos que siempre están con nosotros.
Ante la mirada silenciosa y atónita de los niños, Beatriz abre el libro. Y con un tono sereno, alegre y expresivo inicia su lectura en voz alta, no sin antes solicitar que todos saquen la obra y la abran en la primera página.
– Ya con todo altivo y muy serio, lee:“Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de entenderlo todo, hasta los libros para niños”.
Su expresión de adulto muy serio ahora silencio un momento y comenta,
-Así inicia el libro, con una dedicatoria que es un recuerdo y un agradecimiento que le hace el autor a alguien especial para él.
Y con un silencio más breve, pregunta,
-Bueno, y en qué se diferencian las personas adultas de los niños? Señalando a una niña más bien tímida que está a su lado derecho.
Luego de una pausa en todo el ambiente… -Pues como que los grandes son serios y los niños juegan y ríen…-Responde Agustina, de manera insegura.
–Excelente. Claro que sí, Muy bien Agustina. —Replica con entusiasmo la maestra. Los grandes por lo general son serios, trabajan mucho y los niños juegan, ríen, hablan, comen dulces y -con un gesto pícaro- leen libros bonitos.
Y retoma la lectura en voz alta, siempre con el gesto y la mano libre acompañando la voz.
“Tengo una tercera excusa: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Verdaderamente necesita consuelo. Si todas esas excusas no bastasen, bien puedo dedicar este libro al niño que una vez fue esta persona mayor. Todos los mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan). Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO.
-Ah. ¿Y por qué cambia al final la dedicatoria el autor?… ¿Qué quiere decir “A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO”? –Inquiere con admiración, mirando a Jacobo.
–Misss, que los adultos no juegan… -Responde.
–Niños, primero debemos entender lo que dice el autor, luego lo que nosotros pensamos de eso.
Beatriz, girando sobre sí misma:
-No. Otra vez: ¿qué quiere decir “Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO”? ‘Por que le escribe al niño León Werth y no al adulto León Werth????
Entre sonrisas, risas, cotorreos y manos que suben y bajan, Beatriz deja correr el ruido infantil. Ahora con claridad expone:
-Sííí… como escuché por ahí, el texto nos quiere decir que mejor se le dedica el libro al niño que todavía vive en León Werth. A ese hombre adulto, posiblemente con hambre y frío pero que todavía sonríe y sueña como los niños…- ¿Sí ven? Primero debemos entender lo que nos dice el autor y luego, más tarde, decimos lo que pensamos sobre lo que se nos dice. Primero escuchamos las palabras, las leemos bien y despacio y después decimos lo que pensamos de eso…
-José. Sigue leyendo por favor.
-Con postura erguida José lentamente repite: “Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se titulaba «Historias vividas», una magnífica lámina.
– ¿Qué vio a los seis años quien narra la historia? –Pregunta Beatriz interrumpiendo con un además de permiso a José.
-Vio un libro de historia…Bueno, un libro que se llama Historia vividas aclara una niña.
-Ahora sí-precisa Beatriz.
Otra vez, José. Pero más despacio y vocaliza por favor.
-“Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se titulaba «Historias vividas» – lee con atención José. Una magnífica lámina. Representaba una serpiente boa que se tragaba a una fiera. En el libro se afirmaba: «La serpiente boa se traga su presa entera, sin masticarla. Luego ya no puede moverse y duerme durante los seis meses que dura su digestión».
-Ohhhh… ¿y qué hacía la serpiente boa?… dinos Diego…– Pregunta con voz alta y grave la profesora.
–Se come fieras miss– asevera el niño, sin lugar a duda.
–Exacto. Come fieras. ¿Y qué fieras conocen ustedes? –Inquiere la docente.
Y a medida que van saliendo nombres y fieras, la maestra las va escribiendo en el tablero y brevemente inventando una frase con una de ellas, para recordar el uso del sujeto y el verbo en la oración. Escribe: El león, de enorme melena, caza cebras.
-Por favor, escriban esta frase en su cuaderno y digan cuál es el sujeto, el verbo y el predicado. Sin mostrarle a nadie.
Pausa. Los niños se concentran escribiendo; algunos de reojo miran al compañero del lado.
Luego de una pausa suficiente, Beatríz, dando las gracias al lector de turno que la antecedió, continúa leyendo: “Reflexioné mucho en ese momento sobre las aventuras de la jungla y a mi vez logré trazar con un lápiz de colores mi primer dibujo. Mi dibujo número 1 era de esta manera” (…).
Y con un movimiento rápido le entrega un marcador de tablero a un niño y le pide que dibuje la boa para todos. Y dice: -Todos a dibujar la boa en su cuaderno… Recuerden hacerlo en la parte de las lecturas.
Mientras se dibuja la boa en el tablero y los niños en silencio y ensimismados trazan la serpiente, Beatriz observa el reloj de pared, consulta su planeador de clase y prepara el paso siguiente. “Se avanzó muy lento pero se está comprendiendo bien y disfrutan lo leído”, parece decirse a sí misma. Piensa -creo- en dejar el dibujo de tarea o que en casa lean unas páginas más de El principito; no sé. Ahora va hacia la parte de atrás del aula.
…
Hasta aquí una parte de dicha sesión de clase. Pero me quiero detener en algunos aspectos de este laboratorio de buenas prácticas de enseñanza al que asistí. De él, al menos me llaman la atención:
El valor de la pregunta
Observo que Beatriz fundamenta su clase y su ejercicio de comprensión lectora en preguntas. Pregunta y repregunta como ciclo o ritmo natural de la enseñanza. Ella busca hacer pensar lo dicho o leído sea para contradecirlo, afirmarlo o situarlo a la manera de invitación a un banquete de misterios por venir. Algo así como volverse a pensar; sopear lo pensado, enunciar mejor lo ya planteado. Un ambiente del todo socrático que moviliza los procesos de pensamiento de sus estudiantes a la vez que suscita el asombro y la incertidumbre ante las palabras, los párrafos, los sentidos. La lectura como una suerte de magia (a la manera del bello libro de José Antonio Marina y María de La Válgoma, La magia de leer, Ed. Random House, 2020) a la que siempre debemos volver. La página, la imagen, entendidos como bosque de símbolos fidedignos de un enigma que requiere saborearse, conocerse, debelarse muy lentamente y a punta de relectura y cuestionamientos.
Amplio menú de cuestionamientos a pedir de boca en la enseñanza que se observan en esta sesión de clase. Preguntas, entre otras, de ambientación (Mateo, buenos días. ¿Cómo te acabó de ir ayer con Persi?), de precisión (¿Clínica? -inquiere la profesora), de contextualización (Martín… ¿pero dónde queda Francia?), de conceptualización (¿cuál es el sujeto en esa oración, Brenda?), de observación (Ahora sí, díganme, ¿qué ven?), de contrastación (Bueno, y en qué se diferencian las personas adultas de los niños?), de comprensión (¿Qué quiere decir “A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO”?), o, de oposición o contraste (No. Otra vez: ¿qué quiere decir “Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO”? ‘Porqué le escribe al niño León Werth y no al adulto León Werth????). Posiblemente el repertorio sea mayor pero estos ejemplos bien ilustran cómo la práctica regular de preguntar y preguntarse por lo leído se moldea con hábitos y se modela haciéndolo explícito en el aula.
Desde siempre, el asombro y la pregunta han acompañado al hombre en su travesía por este mundo. Hacer de la clase una escena del misterio o del crimen o del detective que duda y cuestiona, puede ser una buena manera de mantener el interés, de acendrar el aprendizaje y de forjar mejores lectores y pensadores.
La base: la lectura literal
Este escenario de la pregunta, en paralelo, me hizo pensar mucho en que lo fundamental de la lectura, de las buenas prácticas lectoras y del pensamiento -analítico, crítico y creativo-redunda y se enraíza en entender lo que dice el texto. En decodificar, si se quiere, el código semántico. Mal hacemos, parece querer enseñar la docente, en apresurarnos en suponer o inferir; antes, por sobre todo, conocer, informarse, hallar lo dicho. Tal cual; y ni más ni menos.
Leer es leer pausadamente lo escrito. Aquí está la base de todo lo que se pretenda posteriormente fundar. Beatriz insiste con todo ánimo en que los niños entiendan bien qué dice el texto, que lean -ella lo hace en voz alta- la dedicatoria de El principito.
Y despúes enfatiza la urgencia de leer y entender lo que se lee:
«¿Sí ven? Primero debemos entender lo que nos dice el autor y luego, más tarde, decimos lo que pensamos sobre lo que se nos dice. Primero escuchamos las palabras, las leemos bien y despacio y después decimos lo que pensamos de eso…«.
Leer es desenvolver, desenrollar un papiro oculto; desentrañar un sentido dicho por otro. Masticarlo antes que tragarlo. Por lo mismo, ella vuelve sobre el hábito de leer o releer bien:
Otra vez, José. Pero más despacio por favor.
¿Qué es leer? Volver, pausadamente, a lo leído. Si se tiene afán no se lee de manera adecuada. La lentitud y los rituales son la ceremonia del buen lector, aunque esto se olvide tantas veces en las aulas.
Los libros, las buenas lecturas
Llama mucho la atención en la mirada que hago ahora a esa práctica de enseñanza, también, la importancia de los libros en físico en el aula y de saber elegir buenas lecturas. La maestra, previamente, ha solicitado a cada niño sacar de la biblioteca del colegio un ejemplar de «El principito» y, supongo, con antelación, los ha convidado a llevarlo a su aula. Parte del ritual es tener, tocar, oler, degustar el objeto de misterio. Un buen lector hace las veces de amante: lo mueve el deseo.
Ahora el libro es el centro de la clase. Por ello la importancia de mostrar el placer de leer, de tener un libro, de saborear sus palabras entre todos y entenderlas. Hacer de la palabra la maestra que ordena el círculo; volver a la antigua usanza de los viejos que leían las historias en la noche sagrada de la tribu:
Con un ademán como de magia, sacándolo de la parte de atrás de su cuerpo, expone el libro. Lo muestra. Pasea con él, lo acaricia y camina con misterio. A quienes estaban más distraídos se los acerca con énfasis.
-Sí, El principito -expone. ¿Y si ven la magia? De esta manera lo podemos tocar, acariciar. Los libros se miran, se tocan, se huelen y se leen con paciencia y amor. Y son grandes amigos que siempre están con nosotros.
Sembrado el misterio, allanada la narración que viene, el fuego hará su efecto en la clase. Y en las siguientes. Y a muchos los acompañará por muchos días y años.
….
En fin, solo quise transcribir con la mayor fidelidad posible una parte de lo que esta maestra hizo un día normal en una clase normal de literatura. Esto como reflexión e invitación a pensar cómo enseñamos y cómo enseñamos a leer y a pensar. Nada mejor que observar y aprender de un gran maestro o maestra la didáctica de la lectura para enseñar a leer. Bien se podría analizar el paso a paso, el uso del cuerpo, de la voz, de los recursos disponibles, el manejo del tiempo y la intención educativa en el relato reconstruido, pero eso será posiblemente para una segunda parte. Por ahora solo deseo agradecerle a Beatriz su maestría en enseñar y desde su ejemplo dejar la invitación a pensar cómo leemos, cómo pensamos y cómo enseñamos.