Escritores en el aula

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En las instituciones educativas mucho se habla de la importancia de leer, escribir y hablar bien. En colegios, universidades, congresos, conferencias y políticas públicas, discurren en exceso párrafos y párrafos, disertaciones e investigaciones al respecto, afortunadamente. Sin embargo, se hace cada vez más necesario atender, ocuparse reiterada y significativamente de los espacios concretos en los que se forman lectores, escritores y oradores, y este es el terreno privilegiado -aunque tantas veces subvalorado- de la didáctica de la lengua materna.

Sobre tal entendido propongo unas reflexiones breves para darle mayor aliento al ejercicio, en particular, de enseñar a escribir. Reflexionemos en torno a la enseñanza de la escritura: sus laberintos, entramados y escenarios para hacerla más posible cotidianamente. Este ejercicio, el de la enseñanza de las escritura, es el más ignorado en los procesos formativos de las lenguas, entre otras razones, porque requiere modelación del docente, paciencia, tiempo y atención diferenciada. Si escribir es un oficio difícil y extenuante, enseñar a escribir también lo es.

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  • La escritura es un acto de solitarios que mediante la disciplina continua logra someter la palabra. Quien escribe con cierta capacidad ha logrado que las palabras sean gobernadas por lo que se quiere decir y ese querer decir se ha obtenido a punta de trabajo; el cincel ha horadado la piedra del idioma. Quien escribe bien hace que el pensamiento aflore con claridad, precisión y garbo en las palabras, oraciones, conectores y párrafos. Cuando las ideas se han dicho de la mejor manera posible se ha logrado que la selva de signos se haya tornado en paisaje nuevo.
  • Por lo anterior, escribir es un ritual, un taller del pensamiento. Una cierta manera -muy insistente por demás –  de abroquelar las ideas, conceptos y apuestas en palabras.  Similar a Hefesto, el escritor forja en hierro el fuego de las intenciones.
  • Un ritual, indudablemente, que da mayor consistencia y sentido a la fragilidad de la vida humana. Ante las contingencias y la brevedad, la escritura es tentativa de raíz, permanencia y trascendencia. Escribir es resistir ante lo inevitable; poner pie en tierra, plantar bandera, asumir una vida más propia desde la palabra que se dice, desde la voz mejor cincelada. Quien escribe se dice mejor a sí mismo y dialoga con mayor resonancia a otros. Quien escribe no se contenta con ser tránsito y polvo.
  • Escribir, así visto, no es un acto solo ni prioritariamente académico sino un proceso de gestación ético y creativo; una antropoiesis. La escritura da nacimiento a nuestra propia existencia. Hace del barro original de nuestras creencias y experiencias una verdadera cédula de ciudadanía. Escribir es una brújula en medio de la travesía y, por qué no, un destello de nuestra breve eternidad.
  • Sobre las anteriores consideraciones, podemos entender con acento más complejo que enseñar a escribir comporta un encargo de mediación para que el otro sea más sí mismo. Si la lectura apuntala en la alteridad, la escritura lo hace en la mismidad. La didáctica de la escritura subraya el sentido de la consolidación del sí mismo, independientemente del tipo de escritura en la que se trabaje. Escribir es reconocerse y hacerse. Enseñar a hacerlo contrae el compromiso de estar al lado de…
  • Efectivamente. El didacta de la escritura se asume de manera consciente como mediador. Es un lector atento, un editor acucioso. Quien enseña y acompaña la escritura de otro reconoce la profunda unicidad de cada uno. Tan ardua acción educativa, entonces, exige atemperar la lección y la tarea para todos e impele más a alimentar el tacto, el diálogo y la orientación con cada quien. La didáctica de la escritura es una instauración del diálogo entre dos.
  • Por otra parte, la escritura y su enseñanza son prácticas concretas. Así, se acompaña, aconseja y dialoga sobre ideas, esquemas y párrafos concretos. Aunque son necesarias las indicaciones generales, la lección abierta -especialmente al inicio-, la didáctica de la escritura se sitúa definitivamente en los detalles. La casuística podría ser una criterio transversal en esta didacta.
  • Por lo anterior, una didáctica de la escritura invita al docente a verse por sobre todo como un lector activo de la escritura de su estudiante. A leer y releer – qué demandante-; a preguntar, aconsejar, agregar o suprimir… El sitio de la cátedra, de la exposición magistral, tiene en la didáctica de la escritura un lugar que se hace cada vez más evanescente, pues no se aprende a escribir por decreto.
  • Y a la par de situarse como lector activo, de acompañar, surge una condición más: dar buenos textos de lectura -esos que son los verdaderos maestros para aprender a escribir-; textos de gran factura escritural y que estén en armonía con los intereses, tipología o temática del escritor en formación. Quien enseña a escribir es un lector habitual que presenta un menú para elegir y nutrirse a conveniencia.
  • Una más para el didacta: invitar siempre a elaborar y pulir un mapa de trabajo, un esquema de ideas. Esta carta de navegación o guía de puerto es un ejercicio denodado de pensar y pensar, de elaborar ideas y ordenar; de reordenar y jerarquizar. De adecuar lo pensado a un esquema vertical, pues la gestación textual no tiene nada de democrática. Escribir es pensar con claridad, volver ideas párrafos y párrafos texto. Y sin un mapa del trayecto nos podemos perder. Para ello, corresponderá enseñar tipos de esquemas, aconsejar maneras de depurar la información e instruir en el control de los impulsos. Y aquí, con celo extremo, preguntar y repreguntar por el qué se quiere escribir, qué ideas serán las desencadenantes, en qué orden irán; cómo se iniciará, desarrollará y concluirá el escrito y a quién irá dirigido. Este es un momento de verdad fundamental o, mejor dicho, fundacional para hacer la mejor maqueta del edificio que se irá levantando ladrillo a ladrillo, párrafo a párrafo.
  • En línea con la reflexión anterior, quien enseña a escribir algo conoce de esa selva de signos, algo percibe de la complejidad del acto escritor. Sabe, cuando menos, que la escritura nos lanza a pozos y que lo primero que se podría hacer con los niños o jóvenes es dejarles fluir sus imágenes, emociones y experiencias sobre un hecho o tema determinado y que ese evento, tópico, problema o pregunta que merodea debería ser lo más cercano a su vida personal. Lo sabemos: lo primero en la paridera de la obra y en la enseñanza de la escritura es el encuentro con uno mismo. Escribir es intimidad, proximidad, batalla con el espejo; un lanzarse al abismo de lo más interno, independiente del tipo de texto que se quiera desarrollar. Quien escribe o está en proceso de aprenderlo debe enfrentarse a ese espejo: es un Narciso que carea al minotauro en su laberinto, a ese monstruo interior cuajado de ignorancias supinas, ideas vagas e imprecisas y montoneras de palabras sueltas en frases descoordinadas. Quien escribe, a la manera de Teseo, se sumerge en el laberinto.
  • Efecto de ese viaje al laberinto, de ese dejarse ir y permitir que emerjan ideas, sensaciones, nociones, olores y/o imágenes, será la necesidad de anotar, de bosquejar, de darle trazos negros a esas nebulosas. Ahora, hacer acopio de lo que ha pasado por la cabeza. Salir del laberinto con algo claro.
  • Sí. De tales nebulosas brota algo parecido a una idea grande, a unos primeras certezas o manchones respecto a un tema, experiencia o paisaje. Esas se guardan, se almacenan; son la primera memoria externa de la batalla interior.
  • A lo anterior se sigue ir a otras voces y experiencias. Etapa para leer, consultar, indagar qué se ha escrito sobre eso; qué autores y textos pueden alimentar y hacer más vigorosa la experiencia interior. Y dejar memoria de esa pesquisa. Entonces, unos apuntes en una libreta personal o darle un orden a lo leído en capetas puestas en el computador. Así, ya tendremos lo pensado por nosotros mismos y lo cotejado con otros. Luego de aquellas   aguas limosas vamos atisbando las primeras corrientes límpidas.
  • Acto seguido, un mapa del recorrido que se avecina: una organización jerarquizada de ideas y párrafos. Este mapa del viaje o guía de puerto hará las veces de brújula para no perderse, para no encallar, para no irse por las ramas, para enfocarse en el árbol y no divagar por el bosque. Aunque no siempre el mapa se traduce literalmente en el texto, sí permite que el escrito tenga mayor unidad, coherencia y secuencia. Posiblemente la mayor dificultad para escribir radique en este aspecto: escribir no es lanzarse desordenadamente a trascribir impulsos sino hacer el recorrido y desglose ordenado de un plan que está en mente. Tanto en la creación literaria como en la didáctica de la escritura, siempre las ideas y los paisajes preceden a las oraciones y párrafos.
  • Ahora sí el primer párrafo. Punto de partida indispensable e inevitable. Aquí, nos lo recuerdan Cortázar y Gabo, nos la jugamos toda. Todo está en el primer párrafo: el tema y su importancia, la postura personal, el argumento de base, la seducción al lector. Nos decimos de una buena vez en el primer párrafo para ganarnos la atención o para generar duda o distancia. El párrafo inicial es una caja de Pandora. En tal sentido, sería apropiado leer a María Teresa Serafini en un texto clásico titulado Cómo se escribe -Barcelona, Paidós, 1994- para conocer la riqueza y pluralidad de párrafos y usarlos según los interés particulares. No lo olvidemos: atender con paciencia y minucia el esquema del texto y su primer párrafo ahorrarán tantos desgastes de quienes enseñamos a escribir. Y por supuesto, en el primer párrafo estarán -o deberían estar- explícitas o veladas las siguientes cuestiones: de qué voy a hablar, cuál es mi orden expositivo, qué es lo particular de este tema y cómo voy a tocar al lector, entre otros.
  • De esto se sigue el tejido. La escritura como telar. El párrafo que sigue y en él una idea eje clara, expuesta y desarrollada. Por cada párrafo una idea; nunca dejemos de insistir en esto para no encallar a la primera deriva. Idea eje dicha-idea eje explicada-idea eje en relación con una neva idea eje que vendrá en el siguiente párrafo.
  • Y en este preciso momento, un significativo y rotundo alto en el camino. Primera lectura en voz alta, primeros comentarios de base del maestro/a retroalimentando la claridad mental, la coherencia y el desarrollo de la idea. Así, leer el párrafo en voz alta, comentarlo, buscarle las fracturas, vacíos, incoherencias o repeticiones a las ideas, oraciones y puntuación. Hacerlo así, allanará el camino posterior tanto para el escritor/a como para el maestro/a. Lo escrito se somete a la lupa.
  • Pertinente será ahora reescribir el primer párrafo. Afinarlo. Dejarlo preciso. Rehacerlo, si fuere obligatorio. ¿Razón? Pues bordar la ruta de todo el texto y atender a las características, tonos y errores de cada quien para que los minimice. Hacer de las debilidades puntos fuertes, y de estos, costuras de brillo. A esto lo llamo conciencia de escritura. Autoexamen riguroso de cómo escribo y de cómo puedo escribir mejor.
  • Consecuencia: escritura más alerta y depurada para lo que sigue y para la totalidad. Entonces ahora el párrafo siguiente: Idea eje clara y consecuencia, afirmación o contraposición de la anterior y su lógica gramatical apropiada: oraciones, comas, puntos y cierre. Luego el siguiente párrafo y así se irá desenrollando la tela que paso a paso desocultará el paisaje escondido. Lentamente, con timidez, irá asomando una hermosa y cálida manta en la textura del pensamiento.
  • Y a cada párrafo, su lectura en voz alta y la lectura en voz alta y mental de todo los párrafos que se tengan hasta entonces. Leer, releer, apuntar, corregir; subir, bajar y siempre, siempre, cotejar con el esquema de ideas antes elaborado. Como en el tejido, se avanza y se retrocede. Se quitan algunas puntadas y se rehacen algunos trozos. En esta etapa, muy importante será detectar vacíos, contradicciones y repeticiones. Así, depurar y depurar y seguir escribiendo. A estas alturas del camino es más acompañar y orientar; quien escribe es el otro, no el maestro.
  • Un consejo: buena hora para leer un texto que a todos les brinde luces. Un texto de uno de los niños o jóvenes para indicar fortalezas y subrayar aspectos de mejoramiento, ya más desde la totalidad del texto que va naciendo. A continuación, por parejas, que se lean y aconsejen. Y luego volver a la escritura individual.
  • Por supuesto, si se hace una didáctica de la escritura, ello implicará hacer las veces de lector y editor del texto de cada quien y que en el aula se escriba, dialogue y vuelva a escribir bajo el acompañamiento acucioso del tutor/a.
  • Una recomendación más: invitar a trabajar las versiones sucesivas debidamente identificadas y hacer un portafolio de textos. En consecuencia, recordar la tipología en la que se está escribiendo y para quién se está escribiendo; cuál es el lector prefigurado.
  • Viene a renglón seguido la gramática:  que el código escrito esté bien tratado. Que la gramática y la ortografía sean las adecuadas. En esto, los casos concretos, las particularidades ayudan más que las normas y generalizaciones. Incluso se puede hacer un acopio de errores muy comunes que se pueden evitar y dejarlo muy visible para que siempre se consulte.
  • Ya finalizando, editar y divulgar los textos. La escritura es en esencia pensamiento bien dicho y socializado. Entonces, por distintos medios   y a disímiles lectores entregar las escrituras.

A manera de síntesis, quiero resaltar las siguientes ideas fuerza en la didáctica de la escritura:

  • Escribir requiere interesarse por un tema, pregunta o problema en particular y con disciplina, espacios y tiempos fijos, hacerse a escribir de manera continua. No se aprende a escribir, no se mejora la escritura cuando se hace de manera esporádica dado que ella es un proceso de pensamiento y creatividad lento; un continuo organizado en versiones y, a más trabajo ordenado y habitual con los distintos borradores, mejores resultados se podrán obtener. Por esto, escribir al menos una vez a la semana en el aula; invitar a sostener un diario de escritura, no un cuaderno de tareas, y que las notas personales sean el reto y el ámbito de cada escritura, de cada nueva versión.
  • Disociar escritura potente -como diría el maestro Estanislao Zuleta en Sobre la lectura (1982), de tarea que se califica. Aquella es la más importante, la estructural y determinante; esta, circunstancial. El secreto del didacta de la escritura se puede hallar, en esta línea expositiva, en adecuar, en equilibrar esas dos escrituras.
  • Textos-espejo. Esto se refiere a desarmar con la minucia del relojero escrituras de óptima factura que sirven para entender y copiar una forma de elaborar una tipología determinada. Si se está enseñando una tipología, digamos narrativa, pues leer a los mejores representantes y descomponer la lógica de composición, como anotaría Edgar Allan Poe. Es decir, entender cómo se escribe una texto en particular copiando a un maestro; develando sus secretos más íntimos de fabricación, y asimilar, imitar y adaptar. Como en las cosas grandes de la vida, aquí también se aprende imitando a los mejores.
  • Enfocarse por grado o nivel educativo en unas pocas tipologías escriturales, pues en educación menos es más. Así, con el conjunto de docentes pactar qué tipos de escrituras tendrán prelación en cada grado. Esto, en buena parte porque cada tipología conlleva unos procesos de pensamiento que deberán estar acorde con la edad y contexto. Un ejemplo: en grados iniciales, priorizar narrativas breves como la leyenda y la fábula. Insistir en unas pocas con celo permitirá que se guarden en el cajón de los afectos, la memoria y las estrategias, esas escrituras y en consecuencia, se podrán lograr mejores textos. Ya en otro curso, en otro nivel, vendrán nuevas tipologías. Una buena opción sería elegir una o dos tipologías creativas y una o dos de corte académico.
  • A la par de lo anterior, enfilarse en el taller y los proyectos de escritura. Como he insistido en este mismo blog y en mi último libro (Manual para el desarrollo del pensamiento crítico. Reflexiones, estrategias y matrices de valoración para su desarrollo desde la lectura y la escritura. 2021, Bogotá, Magisterio), estas dos estrategias didácticas son las más potentes para formar escritores. El taller, porque es un laboratorio de lecturas, reflexiones, borradores y productos acompañados del maestro/a; los proyectos, en tanto permiten asumir de manera más personal y significativa un tema, problema o pregunta y trazar un esbozo escritural que se irá madurando hasta llegar a las socializaciones.
  • Soporte de las anteriores propuestas didácticas, serán dos herramientas valorativas: la rúbrica y el portafolio. Cuando se sabe qué criterios de calidad deben gobernar un texto -rúbrica- y se guarda de forma ordenada y con metacognición crítico-propositiva un proceso escritural -portafolio- las ganancias serán enormes para la docencia de la escritura y la escritura formativa. Para el caso de las rúbricas sobre escritura y sus procesos, aconsejo servirse de algunas de las más de cuarenta que elaboré en mi último libro, antes referido.

2 Comentarios

  1. Profesor, han pasado años desde que asistía a sus clases de lectura crítica en la Universidad de la Salle, y hoy, desde otro rincón del mundo, sigo leyendo sus palabras que trascienden el tiempo y las fronteras. Nunca había tomado el valor de escribirle ni de agradecerle, pero hoy que estoy leyendo está entrada del blog aprovecho para hacerlo.

    Gracias por escribir, por enseñar a vivir. Sus reflexiones son sabiduría pura y la escritura como resistencia me inspiran profundamente. Envejezco con juventud, como usted dice, al encontrar en sus palabras un reflejo de la vida en toda su complejidad.

    Siga escribiendo, profesor. Su voz resuena en muchos, como en mí, que descubro en su escritura raíces y sentido en este tránsito llamado vida.

    Con gratitud infinita,
    Laura Carvajal

    1. Laura, qué alegría saber de tí. Espero que todos tus proyectos estén viento en popa, y gracias por tan bellas y generosas palabras. Esas notas tan cálidas nos llenan a los maestros, son parte de nuestro triunfo y la constancia de que la educacion sí transforma. Para lo que requieras siempre estaré desde este blog. Rodolfo.

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