Pintura de Christian Schloe.
A lo femenino apenas nos acercamos cuando entrevemos el misterio y la duplicidad, la alegoría y el símbolo. Custodia de secretos ecos, sacerdotisa de lo ancestral. Maga y diosa; terrenal y celeste. Terrible ejército de escondidas armas salinas. Tal vez por ello su radical resistencia de siglos, su inapelable batalla por ser su propio cuerpo y nombre, su propia historia y no la resonancia de prestados relatos que la cercan. Sea Eva, Lilith, María, Safo de Lesbos, Hipatia, Sherazade, sor Juana Inés, Virginia Woolf, Margarite Yourcenar, María Cano o Piedad Bonnett, el hecho es el mismo: lo femenino siempre es lo uno y lo otro; espejo y reflejo; castillo y muralla, fortaleza que protege; territorio para ser conquistado. Casa, vientre, silencio, marea y tempestad. A propósito, dice Jules Michelet: “El hombre caza y lucha. La mujer intriga y sueña; es la madre de la fantasía, de los dioses. Posee la segunda visión, las alas que le permiten volar hacia el infinito del deseo y de la imaginación… Los dioses son como los hombres: nacen y mueren sobre el pecho de una mujer”.
Por eso, posiblemente, el vértigo y terror que nos anuncia su presencia. Acaso en la poesía podamos hallar algo de sus pasillos, de sus anaqueles, de sus secretas habitaciones. La poesía algo devela y revela de sus crónicas cotidianas, algo de su aroma; algo, poco la verdad, sobre la luz de su sombra. Escribe Octavio Paz:
“(…) voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno,
un paraje de sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto” (…).
Lo femenino: una historia que sin excesos, rabias ni radicalismos requiere ser justamente restituida con las propias voces y no con relatos oportunistas. Lo femenino, en fin, como una particular condición a la cual con rotundidad canta Gioconda Belli:
“Y Dios me hizo mujer,
de pelo largo,
ojos,
nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas,
los sueños,
el instinto.
Todo lo que creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo”.
Apreciado maestro, gracias por compartir este hermoso escrito!
Gracias Diana por la lectura del texto y por sus gentiles palabras…
A propósito de la conmemoración a la que el mundo asiste el próximo 8 de marzo, y en virtud de la reivindicación del ser mas completo (y complejo) que existe sobre la tierra…
Un excelente homenaje y una mejor alegoría a la vida que encarna y nutre la esencia de mujer
y diría yo, también la madre tierra…
Gracias Jorge por la lectura del texto. Sus reflexiones son muy pertinentes.
¡Excelente escrito que invita a la reflexión sobre ese ser que engendra, que da vida y que es capaz de esculpir su propia creación! Gracias Rodolfo
Gladys gracias por tu lectura dl blog y tu comentario. Se trata de ver lo femenino com fundacional de la vida. Un abrazo.