La literatura: de Cenicienta a constelación en la investigación formativa

En determinados aspectos, los mitos y las ciencias cumplen la misma función. Ambos proporcionan a la humanidad una representación del mundo y de las fuerzas que lo gobiernan. Ambos enmarcan los límites de lo posible.

Francois Jacob.

La literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma, quizá la más completa y profunda, de examinar la condición humana.

Ernesto Sábato.

Encontrar vínculos significativos entre la literatura y la investigación formativa en el ámbito universitario, especialmente a nivel de maestrías, no es usual. Esta conferencia tiene tal finalidad, y fue presentada el pasado 1º. De junio con ocasión del cierre académico del primer semestre 2024 de la Maestría en docencia, de la Universidad de La Salle. Esta conferencia, para esos lectores bifrontes.

…..

Extraño título. Muy literario, creo… Buenos días. Gracias por su presencia y atención. Sí. Deseo hablar ante ustedes, con ustedes, de la fuerza, del poder, de la capacidad que la literatura provee al pensamiento, a la lectura, a la escritura y a la investigación… De lo indispensable que ella es y debe ser en todo proceso de formación humana y de cómo ella en una adecuada educación humanista nos torna más analíticos, creativos, críticos, empáticos y demócratas. Un lector asiduo de literatura es un ciudadano de la vida. Quien habita en las amplias habitaciones de un poema, de una novela, de un ensayo o de una obra dramática discurre por la alteridad de la compleja constelación humana.

Muy en contravía de esa concepción reduccionista y utilitaria que concibe a la literatura en tanto adorno superfluo e inútil, ésta, en verdad, es un universo de constelaciones que re-presenta los temas, problemas, preguntas, creencias e imaginarios radicales que llamamos la condición humana. La obra literaria, lejos de ser cenicienta, es arte que devela, revela y propone sobre los grandes problemas humanos. En la raíz de los mitos, las religiones, la filosofía, las ciencias sociales, la política o la ética respira y pervive la palabra mayor. La literatura es eso: una ficción muy real; palabra mayor en la que el hombre se hace consciente de sí por el lenguaje. ¿Acaso, en esencia, somos algo más que lenguaje? Dicho de otra manera, la literatura evidencia nuestra dramática condición de seres arrojados al mundo, de sabernos criaturas frágiles sometidas a contingencias que nos sobrepasan. Ante el problema sustancial y fundacional de la vida humana, esto es, el sentido, la literatura aboga por la necesidad de pensar y crear. Cara a las preguntas de siempre (…para qué nacemos o morimos, por qué sufrimos, si la verdad, la justicia y la felicidad son posibles o si el amor redime o condena…) el texto literario expone constelaciones de posibilidades. Cara a esas preguntas que todos nos hacemos día a día, la literatura, esa constelación suprema y exquisita de mitos y logos, imaginación, narración y cosmovisión, nos impele a comprendernos y comprender el mundo social, a ser lectores activos de este kosmos humano y de hacer de nuestra vida particular un kairós único y maravilloso. La contextura relacional, estética y simbólica del texto literario es umbral para repensarnos y rehacernos. O si no, escuchemos a Salvatore Quasimodo:

Cada hombre está solo en el corazón de la tierra

Traspasado por un rayo de luz

Y de repente la noche”.

La obra literaria nos pone en actitud de inquietud, de pregunta, de duda, de resistencia y de esperanza. Nos permite ampliar nuestra comprensión de la vida, ensanchar los márgenes del pensamiento, de la sensibilidad, la convivencia y del sentido de vida. Lo que me interesa apuntar ante ustedes esta mañana, lo digo de una buena vez,  es que la literatura, mucho más allá de esa concepción que la limita pobremente a un papel pasivo de bonita servidora, de cenicienta que adorna la fiesta de las ciencias, a  entenderla básicamente como emocionalidad e inspiración fugaz y sin trascendencia (¡y qué daño nos ha hecho tan reducida valoración de la literatura  en nuestras prácticas educativas!) es, en cambio y  sustancialmente,  constelación de la vida humana: todo un sistema interdependiente de palabras, experiencias, conocimientos, imaginarios  y sentidos de la existencia humana y de sus patrimonios.  Ella hace las veces de mapa del viaje que orienta a aquellos lectores-viajeros (y qué buen lector no es viajero) para sopesar los paisajes heredados y los propios. Hacer y leer literatura es permitirse pensar con hondura, con rotundidad nuestra vida personal y social, asumir una mirada crítica y hallar métodos de pensamiento analítico y creativo.

Pero para nuestro contexto universitario… ¿qué le puede aportar la literatura a quien hace investigación? Entre otros contribuciones, los invito a detenernos en estas cuatro.

1ª. Contribución. La de conocer, comprender y cuidar los legados. Esas palabras que nos trajeron al mundo, cuando aún ni nuestro propio nombre éramos; esas palabras con olor a leche materna y hogar, esas palabras que nos dieron el primer y fundamental diccionario de vida con acepciones como mamá, papá, mío, tuyo, hermano, nuestro, hambre, miedo o amor… Esas palabras de la tribu son, sin lugar a duda, nuestra mayor patria y legado. Patria, legado y destino. No olvidemos que somos el relato, lo relatado, quien lo relata y el protagonista y mayor antagonista de ese relato. Nuestra vida es un conjunto más o menos editado de relatos inventados por nosotros mismos y, claro, esos relatos son palabras. Empero, estas palabras fueron inventadas, defendidas y transmitidas a nosotros por muchos hombres y mujeres que les dieron forma. Esas palabras- herencia hoy tan desconocidas por los afanes, las pantallas y los celulares, no se resignan solo a ser fantasmas de viejas batallas y castillos empedrados de la rancia Europa medieval. Tampoco renuncian a ser pálidos testigos de las infinitas noches plagadas de estrellas marinas y carabelas ansiosas de locos que soñaban otros mundos ni de las altas montañas andinas ni de las espesas selvas con ríos majestuosos sin orillas poblados de animales fabulosos. Menos desisten a olvidar las galeras de la ignominia en las que iban y venían los tambores y la esclavitud humana.

Esas palabras son nuestra memoria y legado. Nos hacen ser lo que somos. Con esas palabras pensamos, decimos, callamos, actuamos, amamos y morimos. Nuestro español es una geografía sonora de casi 100.000 términos, de los cuales 20.000 son solo americanismos. Esas palabras son nuestra historia pero sin el cabal conocimiento y comprensión de ellas poco le queda al pensamiento para imaginar y proponer. La identidad es una acción y una elección consciente que toma las herencias y las enriquece para los nuevos tiempos. Sin memoria, sin legado, sin cuidado de nuestro idioma español no hay vínculos, no hay comunidad. No debemos permitir que los negacionismo radicales tan populares de hoy agoten las herencias y los ancestros.

Nos corresponde, pues, conocer y custodiar nuestro idioma, que desde las descomunales Etimologías de Isidoro de Sevilla, allá por el 630, campea en nuestro diario vivir. Y en este sentido, no lo olvidemos: hablar y escribir es comunicarse, no retraerse. Se escribe para ser parte de una comunidad y decirse bien ante otros.  “Por eso ser sincero es ser potente; / De desnuda que está, brilla la estrella”, dice Rubén Darío. En la mayor sencillez y precisión está la mejor elocuencia. El idioma es luminosidad cuando logramos decirnos con transparencia pero penumbra cuando nos pueden la improvisación, la confusión y los galimatías (estos últimos tan sinónimo de “brillantez” en los muros de las universidades). Parodiando a Ortega y Gasset, el deber del pensador es la claridad. Y en la escritura de textos de investigación, apreciados/as estudiantes, esto sí que es una regla de oro. Lo primero con lo que nos confronta una investigación es con el conocimiento y desconocimiento de nuestro idioma; lo segundo, con las propias claridades y confusiones. El idioma y en particular la escritura son fotografías del pensamiento; en ellos quedamos expuestos. Sin ellos estamos desnudos.

Por todo esto, sí: conocer, comprender y cuidar del idioma sin olvidar que lo mejor de él está en la literatura. ¿Quieren saber cómo decir algo contundente, preciso, rítmico, innovador y hondo? Lean poesía. ¿Desean aprender a describir? Degusten novelas realistas y crónicas urbanas como las de Elena Poniatowska. ¿Anhelan pensar críticamente y argumentar con solidez? Pues a los ensayos de Octavio Paz o de Pedro Henríquez Ureña. ¿Quieren observar minuciosamente y pensar la pobreza y la esperanza? Vayan a Juan Rulfo o William Ospina. ¿Les interesa saber de nuestras violencias y radicalismos endémicos y obtusos? Allí están las páginas de Cien años de soledad o de La vorágine. Se investiga mejor si se tienen horizontes más amplios. Se piensa mejor leyendo buena literatura. Se escribe mejor un texto de investigación cuando se cuidan las palabras. Para eso están las constelaciones del idioma, las memorias vivas de los ancestros y del pensamiento que se cuelan en la literatura y llegan, si las oímos, a nosotros.

2ª. Contribución. La de saber leer.  Es cierto: tanto el mundo interior como exterior son territorios desconocidos. Sí. La vida es una gran incógnita, una trayecto todo por indagar y recorrer. Sólo tenemos de ella el instante, el aquí y el ahora. El tiempo, esa gran metáfora del espíritu humano, es apenas y en realidad, el instante presente. Pasado y futuro son asunto de la representación; el pasado, desde la memoria; el futuro, desde la imaginación y el deseo.

Todo lector es un viajero que roba tesoros ajenos. El acto de la lectura es como la conciencia: una acción decidida de exploración para conocer y comprender-nos. El lector es un explorador y el texto, la obra, una topografía misteriosa. Sobre esta misma analogía, entonces podemos aventurarnos a afirmar que el acto de la lectura es, en esencia, sucesivas jornadas de investigación para las cuales el lector requiere al menos de seis mudas: la incertidumbre, las preguntas, la descripción, la distinción, la valoración y el criterio crítico propio.

Quien lee como explorador asume que la mismidad y la alteridad se conjugan, que son fuerzas en choque, diálogos en resonancia polifónica. Leer es salir de sí (¡ … y qué difícil esto hoy!) lo que obliga a dejarse habitar por lo otro, por lo desconocido. “La ipseidad del sí mismo implica la alteridad en un grado tan íntimo que no se puede pensar en la una sin la otra, que una pasa más bien a la otra”, decía Paul Ricoeur[1]. El sí mismo siempre es un otro. Solo puedo saber de mí por lo otro, por el otro. Los encuentros sellan nuestra identidad. La poesía lo entiende a la perfección: solo sabemos de nosotros por el rostro que nos mira. Dice el poeta: “Apenas soy el instante de tu mirada / Tu rostro mi espejo /Tus manos… esas manos… mi piel / Tu cuerpo mi nombre”. Quien ama tiene conciencia de sí solo a partir del otro amado. Es cierto: la identidad se alcanza en la disolución. Acaso en la pérdida, en el viaje, en la diáspora, está el inicio de la identidad. Leer, por lo mismo, es un ritual que llama al misterio. Leer comporta no aferrarse a los propios puertos y mapas sino abrirse a las islas de Circe y a continentes inéditos. Quien no sale de sí mismo, esto es, quien no suelta las amarras, quien se aferra a sus bitácoras y creencias particulares, poco le podrá ofrecer la nueva Ítaca, así en ella esté la biblioteca de Alejandría. En otras palabras, leer es atender a la diferencia y al diálogo argumentado. La otredad propia del acto lector invita a una suerte de extrañamiento con lo conocido, a una duda que continuamente se despliega y repliega sobre lo ya entendido. Leer es desfamiliarizar. El lector, el buen lector, siempre está en desplazamiento; su casa son los caminos. Quien lee es otro. Dice Borges:

Un tercer tigre buscaremos.

Éste será como los otros

una forma de mi sueño,

un sistema de palabras humanas

y no el tigre vertebrado

que, más allá de las mitologías,

pisa la tierra.

Bien lo sé, pero algo

me impone esta aventura indefinida,

insensata y antigua,

 y persevero en buscar por el tiempo de la tarde

el otro tigre,

 el que no está en el verso.

Se trata, en suma, de hacer registro de las fronteras, concepciones y puntos de vista.  Cual cazador furtivo, el lector siempre está al acecho. Es un etnógrafo suspicaz. A la manera de un copista, de un notario o de un escriba, observará cada parte con atención. Colón llevaba su Diario de a bordo, Darwin coleccionaba plantas y animales, Freud recogía voces.

Y ya recogidas las muestras de campo sobrevendrá el necesario ajuste de cuentas, el balance de la travesía, el recuento del peregrinaje; la valoración del camino. Toda buena lectura exige un mirada atenta y punzante, recorrer en todo detalle el texto con paciencia y humildad y luego -luego, no antes- asumir posición crítica; leer las líneas, leer entre líneas y leer detrás de las líneas, en términos de Cassany[2]. Basten tres ejemplos de una misma obra: ¿acaso Cervantes, a punta de diálogos, viajes y aventuras divertidas y supuestamente triviales, no nos recuerda que quien asume éticamente su vida siempre estará al margen y al borde del abismo? ¿Acaso El Caballero de la triste figura no nos advierte que lo verdaderamente revolucionario se halla en apostarle a la amistad, la justicia y el amor? ¿Acaso el minimizado Sancho Panza no nos hace pensar que lo pragmático es la muerte del espíritu si no está animado de sueños, y que los sueños son locura sin la imperativa cuota de realidad? Entonces, queridos estudiantes de Maestría, leer es entender y desentrañar. Tomarse el tiempo para socavar y pensar. ¿Qué nos enseña la literatura sobre el oficio de leer? Que es  un viaje, un trabajo y una fiesta para hallar lo que no se muestra fácilmente a la vista. Que leer es releer y que una cosa es leer y otra, muy distinta, ojear un texto. Cuando se lee no es el lector quien examina al texto; es el texto el que examina al lector. Por eso en los planes de asignatura debería darse muy poco de leer y leerlo en profundidad.

3ª. Contribución. La de pensar y escribir con claridad.  Allá, por 1954, Martín Heidegger decía que pensar es tomar algo seriamente en consideración.  Salir al encuentro de algo que nos interpela, y que solo somos capaces de pensar cuando atendemos a aquello que da de pensar. Pensar es interesarse por algo. El filósofo alemán acotaba: “Inter-esse significa estar en medio y entre las cosas, estar en medio de una cosa y permanecer en ella”.[3]  ¿Pero hoy, en medio de las prisas y demandas de la vida frenética, pensamos? ¿Qué es eso que nos interesa, qué es aquello que nos llama y apela, sobre qué pensamos? ¿Pensamos nuestras investigaciones? El deseo mueve al pensamiento y el pensamiento resulta ser la consagración a un deseo. Cuando pensamos percibimos y percibir, en su raíz griega (¿bueno, y cómo pensar claramente sin etimologías?) significa darse cuenta de algo presente, tomarlo delante, aceptarlo como presente.  Pensar es abrirse a una presencia que ahora nos interpela y a la que acudimos. Es un estar en plena conciencia de algo, sobre algo y ante algo que busca ser re-presentado, esto es, vuelto a ser dicho o presentado (desde otro lugar, hoy muchos hablan y practican el Mindfulness).

Pensar es repensar y dar nueva forma. El pensamiento es un acto de volver sobre sí para para salir de sí. Es situarse ante un misterio que nos llama y que requiere que lo tomemos en consideración, seriamente (¿no era esto mismo lo que tanto reclamaba Kant para la mayoría de edad de los hombres?). Bueno, y aquí es donde llega la escritura. Escribir es más que redactar; es pensar con criterio.  Efectivamente: para pensar mejor escribir, pero escribir, recordemos, es reescribir. Y esto, lejos de ser un juego de palabras, es una condición natural, un sine qua non propio del vivir con sentido y del investigar. Quien piensa, quien investiga (¿redundancia?) medita tozudamente sobre algo y lo hace mejor con palabras, con oraciones, con puntuación, con párrafos; con la tiranía de un código y bajo el azote de una gramática.El pensamiento propone pero la escritura dispone. Por ello, escribir es un trabajo constante, solitario y exigente, muy exigente con las palabras y las ideas. Algo así como un matrimonio entre lo que se desea y lo que logra finalmente decir bien. Pero no se escribe bien con recetas mágicas, no se escribe bien leyendo un manual de cinco lecciones mientras se hace cola para pagar la compra. No se escribe bien con afán y por cumplir sino leyendo, releyendo, pensando, escribiendo y reescribiendo. No hay de otra. Lo siento pero así es. Con la paciencia del relojero que desarma cada pieza y la vuelve a ensamblar para que el reloj marque la hora perfecta; con la consagración del artesano que selecciona, lava, amasa, esmalta, cose y enfría… Sí, así, con la dedicación y celo de quien le quita a la piedra lo que le sobra para descubrir la escultura antes oculta, o tal cual el que recoge y repisa la uva madura para destilar el mejor vino, así se escribe. Un oficio solitario y demandante en el cual se amasan a fuego lento datos, ideas, conceptos, categorías y experiencias hasta obtener el mejor pan de la comunicación. Por lo mismo no se escribe a cuatro manos, no es posible. Se discute entre varios, por supuesto; se dialoga con otros pero al final del día solo uno escribe y lo escrito sobrepasa las circunstancias y se fija en el tiempo. Por es la escritura es poder y memoria. Algún día le preguntaron algo espinoso a Walter Lippman, premio Pulitzer en dos ocasiones (1958 y 1962), ante lo cual él respondió: No sé qué pienso al respecto porque aún no he escrito sobre ello.  Pensar demanda pensar lo pensado y escribir es repensar lo pensado. Nada que hacer: la escritura es un trabajo de la inteligencia que se hace a mano. ¿Han visto la litografía de Manos dibujando, de M. C. Escher?  Los invito a explorarla y a reflexionar a partir de ella qué es pensar y escribir. ¿Saben que le exige Jeff Bezos, dueño y presidente de Amazon, a sus más altos ejecutivos para las reuniones de nivel directivo?

La gran Margarite Yourcenar, primera mujer en ingresar con honores a la Academia de las letras francesa, decía que demoró al menos veinte años pensando Las memoras de Adriano, una de las novelas icónicas del siglo XX. García Márquez después de muchos años, no frente al pelotón de fusilamiento sino en medio de un viaje por México, por fin pudo precisar la idea justa para su novela Cien años de soledad. Decía Italo Calvino[4] que el trabajo del escritor conjuga dos tiempos diferentes: el tiempo de Mercurio y el tiempo de Vulcano; la combinación de paciencia y meticulosidad con el lenguaje y el rigor con los sentimientos y las ideas. Sí. Los escritores de oficio bien lo saben. Al menos ellos, los poetas, novelistas, dramaturgos, ensayistas, cuentistas o cronistas pasados y recientes nos susurran secretos para escribir mejor. Escúchenlos. Ellos nos dicen, por ejemplo: “Oye, para escribir bien… piensa mucho, piensa mucho antes de escribir, sírvete de etimologías, haz silencio y observa con celo, escribe varias versiones, no te cases con los primeros impulsos… Oye, sí:  distancia lo escrito y con la frialdad del zorro viejo vuelve a la caza de la idea; léete en voz alta y exígete con sinceridad;  busca sinónimos y conectores;  ejemplifica conceptos con imágenes y dale a tus imágenes rigor conceptual;  merodea y rodea una idea hasta que la dejes desnuda y clara; toma muchas notas mientras escribes y mientras escribes y antes y después de escribir lee y sobre todo relee… Ahhh, claro, y atención, tenlo presente -nos dicen-: lee mucha poesía para darle calado, plasticidad y ritmo a tu pensamiento y escritos,  lee mucha prosa para proveer unidad y secuencia a esos benditos párrafos tan esquivos. Y sí, insisten: … Desfamiliariza tus ideas y palabras habituales y viste de buen traje esas expresiones tan a veces burdas, complicadas o plagadas de lugares comunes… Todo esto nos dicen quienes hacen literatura. Escuchémoslos.

4ª. Y última contribución de la literatura a la investigación posgradual en esta esta conferencia. Una actitud de observación y búsqueda. Los Sans del desierto del Kalaharison tribus nómadas de este desierto del sur de África en las cuales hombres y mujeres, por igual, se dedican a vivir de la cacería y la recolección de frutos y semillas. En cuanto a la cacería, pasan extensas jornadas observando en silencio, palpando la arena, olfateando el orín, recogiendo indicios y huellas de animales. Razonan lúcidamente a partir de datos fragmentarios. Acopian y ordenan hechos, precisan métodos, compendian estrategias y con imaginación y evidencias esbozan objetivos hasta llegar a la presa. Ellos clasifican tipos de formas, entornos y huellas. Indican de manera precisa si es una ágil gacela saltarina o un macho herido y a cuántas jornadas están. Reconocen a los individuos dentro de su especie, establecen categorías y condiciones de circunstancia para proceder a la caza. Hacen de su labor una minuciosa artesanía informada, imaginativa, conceptual y crítica.

En forma análoga procede quien escribe literatura. Se puede pasar días enteros buscando una palabra o una imagen esquiva hasta decirla de manera exacta.  Le aconsejaba Chateaubriand a Guy de Maupassant: el talento no es más que una larga paciencia. Trabaje usted. Trabaje mucho[5]. James Thurber afirmaba que había que esperar hasta el séptimo borrador para que un trabajo saliera bien[6] (pero cuidado, no lo tomen tan literalmente sino no se graduarán). ¿Saben quién es un escritor? Alguien que observa con profunda atención. Pero sin hacer la pausa, sin forjar silencio, sin enfocar la mente, sin educar la mirada, solo se verán pasar personas, objetos y hechos indiferenciados. Sherlock Holmes, el famoso detective londinense, nos legó el método de investigación más extraordinario y a la vez más ordinario. Él con insistencia le decía a Watson “Usted ve, pero no observa”. Es un Seminario de investigación de cualquier programa, pienso ahora, debería ser obligatoria la lectura de una novela o un cuento de Sir Arthur Conan Doyle.

En igual condición; tal cual el cazador o el escritor, deberíamos proceder al hacer investigación. No olvidemos que la investigación formativa se fundamenta en el aprender a investigar y el formarse como investigador mediante la planeación y la ejecución de proyectos y procesos investigativos. Así, un aprendiz de investigador, como aquéllos, escudriña. Merodea de manera obstinada un problema, una pregunta. Es un trampero al acecho que otea con celo, persiguiendo por días y noches a su presa. A la manera de los Sans del desierto o del narrador, escruta, recolecta, persiste, ensaya. No solo conoce sino que imagina; no solo describe, también propone. Investigar es una forma de viajar. Nos enriquece el trayecto conociendo puertos y sabios, y no solo una tarea para graduarse -recuerden el poema Itaca de Constantin Cavafis.

Tal actitud de búsqueda lleva a una vigilia del pensamiento, a un estado permanente de alerta, examen y creación continua; a cierta forma de resistencia para no dejarse gobernar por lo obvio o lo aceptado sino a mirar con lentes críticos y propositivos. La investigación comporta la orfandad, salir de las zonas de confort, develar desde qué principios se articula la vida social, qué tipo de sesgos soportan a los discursos, que creencias gobiernan las prácticas educativas o cómo se dan los aprendizajes.

Con base en las anteriores reflexiones, se puede entender que la investigación es ante todo una actitud, una pesquisa o disposición vertida en un proyecto. Un recorrido abierto de idas y vueltas, constante y creativo, más que un recetario de actividades y citas bibliográficas. Quien investiga asume hábitos, constancia, rigor, entrega y humildad. Investigar es una constelación de asombros, tanteos y rutas bajo el asombro permanente del pensar, observar, leer, escribir y reescribir.

Concluyendo…

Habitamos un punto más que minúsculo dentro de una constelación perdida entre millones de constelaciones. Cada uno, la humanidad entera, somos apenas una estrella fugaz, entre asombrados y soberbios transitando por una minúscula orilla del océano cósmico. Estas frágiles y maravillosas criaturas llamadas humanos desde siempre nos hemos enfrentado a tres grandes misterios: el origen de la vida, el sentido de nuestra vida en este planeta y lo que ocurre después de la muerte. Y para someter a esos fuegos hemos inventado la imaginación, el conocimiento, las artes, las ciencias, la política, la educación y, por supuesto, la investigación. Estos nos sirven a modo de constelaciones para guiarnos en la noche de nuestra existencia (como dice Salvatore Quasimodo) y sobreaguar en medio de mares tempestuosos.  Solo tiene sentido y valía el conocimiento que nos permite vivir mejor. Para eso leemos literatura y hacemos investigación. En medio de la incertidumbre, una y otra son mapas de viaje que nos permiten crear sentido y pensar y proponer para hacer de esta, nuestra casa, un mejor hogar.

Hoy, en particular, estas constelaciones nos pueden servir de faro en medio de tantas confusiones y relativismos. En estos tiempos en los que las ideas las han vuelto ideologías, la política mesianismo obtuso y virulento, la opinión verdad y la verdad posverdad, cómo se necesita de ciertos principios articuladores de sentido. En esta actualidad en la que tan fácilmente caemos en absolutismos, requerimos hacer del pensamiento crítico, ético y creativo un puerto obligatorio. Y para ello la formación investigativa de calidad y la educación literaria pertinente nos pueden permitir guiarnos de mejor manera; con lucidez, resistencia y esperanza. Muy en particular, y como lo expresa Ernesto Sábato, la literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma, quizá la más completa y profunda, de examinar la condición humana.

Gracias por su amable y paciente escucha.


[1] Cfr. Sí mismo como otro. Siglo veintiuno editores. México, 1996. p. XIV.

[2] Cfr. Daniel Cassany. Tras las líneas. Anagrama, 2013.

[3] ¿Qué significa pensar? Trotta, 2005, p.12.

[4] En Seis propuestas para el nuevo mileno. Ediciones Siruela, Bogotá, 1989.

[5] Cfr. Vásquez Rodríguez, Fernando. Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos. Kimpres, Bogotá, 2008. p. 198.

[6] Idem. p. 25.

Deja un comentario