Decía en la anterior entrada (La necesidad de los rituales) que estos nos reinstalan en la trascendencia, la estabilidad y la comunidad, haciendo del mundo, de nuevo, nuestro hogar. Afirmaba, igualmente, que tal vez así podamos constatar que sin ciertos rituales la vida pierde consistencia y valor. Por ello, para una educación que propenda por la mejor formación humana posible, ellos deberían ser instaurados en el aula de clase.
Ahora bien, para la esfera educativa, un ritual, a diferencia de las actividades de clase, se caracteriza, entre otros aspectos, por los siguientes:
- Es un trabajo intencionado y regular. No se refiere a actos de enseñanza aislados ni desarticulados de una meta formativa; por el contrario, corresponde a una idea precisa que se quiere modelar y dejar en el estudiante con cierta dosis de permanencia para que cada uno la interiorice y haga suya en diferentes escenarios de su vida personal y colectiva. Por lo mismo, es fruto de una finalidad expresa trazada con antelación y desarrollada en un proceso a mediano y largo plazo. El ritual educativo abre perspectivas de sentido desde unas formas que, mediante ejercicios y rutinas, termina volviéndose parte del hacer en el aula. El ritual talla la horma de la formación; teje las relaciones del deseo de aprender y del aprender con sentido. Será ante todo labor del docente identificar, jerarquizar, aplicar y acompañar los rituales que considere como los más adecuados y coherentes para su propuesta educativa. Un ritual de clase devela qué se quiere forjar y descubre el estilo particular de la labor docente.
- Vivifica una creencia, una apuesta formativa. El ritual de la hora de clase es la traducción en tiempo, espacio, actividades y productos, de una creencia; de aquello en lo que se cree, de esos principios y valores que se desean consolidar en los alumnos. ¿Qué quiere enseñar primordialmente el docente?… ¿Cuáles son los aprendizajes sustanciales y transcendentales que procura alimentar en sus estudiantes?… ¿Qué idea de humanidad, ciudadanía, sociedad y conocimiento es el que impele las clases del año escolar o del semestre académico?… ¿Para qué ocupar a los niños, jóvenes o adultos de la clase? El ritual educativo viene a ser la brújula y la carta de navegación del trazado, del proyecto que inicia. Es el sesgo deliberado que se quiere imprimir para darle sentido a las lecciones, las lecturas, los debates, las escrituras y las socializaciones del día a día.
- Implica darle sentido a un tiempo y un espacio. Ya sea el templo, el oráculo o el aula de clase, la naturaleza del ritual reclama elegir y mantener un lugar especial en un tiempo dado para llevar a cabo una celebración en los cuales se revivifica una creencia. El lugar donde se enseña y el tiempo que se dedica a la enseñanza son los umbrales para llevar a cabo con otros una experiencia sentida y significativa sobre algo que constituye un valor supremo; por lo mismo, la adecuación del espacio de enseñanza -salón, campo abierto, biblioteca…- y el celo a los tiempos planeados resultarán del todo indispensables. Así como no se enseña de cualquier manera, tampoco se educa en un espacio que no ha sido validado y adecuado para las creencias en rumbo. El tiempo y el lugar -constitutivos del ambiente de aprendizaje- merecen ser tratados con cuidado, con diligencia, con sentido estético.
- Es una práctica comunitaria atravesada por el trabajo consigo mismo. Los rituales son prácticas regulares que lían a una comunidad con su historia, tradiciones, valores y proyectos; sirven de pegamento para vigorizar los vínculos sustantivos que más allá del hacer por el hacer configuran un hacer-nos continuo; una suerte de poiesis que liga a la comunidad con lo fundamental que la hace ser esa y no otra comunidad. Es un rasgo y un rango identitario que requiere del trabajo interior de cada miembro, bajo el entendido de que la corresponsabilidad es un deber. Así, en el aula de clase el trabajo íntimo, personal, es una fase determinante: cada quién asume lo que le corresponde y luego lo vacía en su comunidad. Sin tiempo y actos dedicados a sí mismo no se puede ser parte de un plural y lo plural, conlleva rutinas de lo singular. Este vaivén, tal péndulo, configura personas y colectividades con sentido de pertenencia a algo. En el aula se trazan metas comunes y se asume una propuesta compartida, pero esto sólo podrá darse en tanto cada quien asuma la cuota de labor consigo mismo que le asista. Una sociedad que tiene lazos sólidos requiere siempre de espacios y tiempos para cada uno.
No olvidemos que, en el ancestral Japón, para citar un solo ejemplo, en la ceremonia del té concurrían unas maneras, unos ritos, unos gestos, unos ademanes, unos pasos y un lugar especial en un tiempo justo… ¿Por qué no hacer de la ceremonia de clase algo similar? Guardadas proporciones, el aula es un templo en donde se pueden gestar personas y comunidades dignas, más solidarias y propositivas, pero nada de esto es viable sin ciertas recurrencias, rutinas, ejercicios y procesos que de manera intencionada y regular consoliden algunas creencias y principios. El afán de la competencia, de la competitividad, del consumo sin límites, de la productividad per se no son la única alternativa de vida. El dataísmo, esta nueva religión que nos sobrecoge y arrasa, requiere ser escrutada para re-situarnos en la necesidad imperiosa de darle valor supremo a la vida y a los seres que la conformamos. El principio biocéntrico está hoy amenazado seriamente por el paradigma dataísta. Y no se trata de negarlo -lo cual además de necio sería infructuoso- sino de darle su justo lugar y no el cetro que parece reclamar cada vez con mayor fuerza.