En las dos entradas anteriores de este blog –La necesidad de los rituales, y Los rituales en la hora de clase– he insistido en la necesidad de hacer de la hora de clase un ritual educativo de hondo calado para forjar personas y sociedades que no se dejen mover prioritaria ni acríticamente por la competitividad y el dataísmo. Los rituales educativos -constituidos por al menos cuatro momentos- permiten darle una consistencia más biocéntrica, empática, significativa y propositiva al quehacer de la enseñanza y el aprendizaje.
Veamos en este apartado un ritual que merece ser del todo pensado y validado en cuanto práctica intencionada, recurrente y generadora de principios y perspectivas para el estudiante. Me refiero a la lección que imparte el maestro/a. La lección se configura como el ritual fundacional de la enseñanza y por ello requiere especial atención y tiempo en su planeación y desarrollo en el aula.
En su etimología, lección proviene del latín lectio, y significa acción de leer, instrucción, lo que se aprende leyendo. Sus componentes léxicos son legere (escoger, cosechar, leer), más el sufijo -ción (acción y efecto). Por su parte, la RAE la define como la acción de leer, la interpretación que se hace de un texto, el conocimiento teórico y práctico que se imparte a un discípulo y los capítulos o partes en los que se divide un texto. Lo anterior subraya, así, que una lección es un conjunto de conocimientos y habilidades que un maestro presenta y transmite en el aula y que abren el proceso particular del aprendizaje. Tal condición viene, de suyo, de la universidad medieval, desde la llamada lectio inauguralis, que se refería a la exposición solemne de un tema que daba un docente experto el día de la apertura de un curso o seminario. A la fecha, muchas instituciones educativas de educación superior mantienen esta tradición.
Ahora bien, para el caso que nos ocupa, la lección -independientemente del contexto y nivel educativo-, es el rito inicial de la hora de clase. Si se es maestro algo se debe enseñar. La lección le corresponde al maestro. Es el eje del proceso formativo. Sin esta no hay sendero para el posible aprendizaje ni una genuina comprensión ni análisis de un tema determinado. No se es maestro porque se busquen amigos o aceptación sino porque hay un conocimiento y una habilidad que se quiere transferir, porque se crea un vacío para que el otro lo alimente con información y método, porque se instituye y merodea un saber y un hacer sobre algo.
Un rito de paso, si se quiere, que abre el aprendizaje, el umbral que funda una pregunta o problema para que el otro lo coseche. Cada hora de clase es la formalización de una lección determinada. La lección, digámoslo de manera clara, es el examen que en cada clase debe presentar y aprobar el maestro. Es lo que constituye una de sus condiciones más relevantes e intransferibles; sin lección no hay acto de enseñanza; sin lección, las opciones del posible aprendizaje se tornan resbaladizas, caprichosas y circunstanciales. El maestro es, retomando a José Sánchez Tortosa (en El culto pedagógico. Crítica del populismo educativo. Akal, 2018), una “transparencia artificial”: esa presencia robusta y sólida que ocupa un lugar central inicialmente, que comprende y transfiere un cuerpo de conocimientos y estrategias sobre un campo dado para disolverse paulatinamente y permitir que sea ya el aprendiz quien apropie.
En cuanto rito demanda una planeación, un lugar, un tiempo y unas prácticas. La lección puede ser al inicio o al cierre, de manera velada o explícita pero el hecho es que, siempre y de manera indefectible, algo se debe enseñar. La lección encarna la voz del maestro[i]; voz que confirma un saber digerido, claro, preciso, significativo, narrativo y provocador. Una voz que habla, una voz que pregunta, una voz que interpela: voz-lección que se hace eco luego de finalizada la clase. Lección en tanto confirmación de un lugar que se ha ganado por derecho propio. El maestro es su lección: voz presente de una tradición que se conoce y se ha sopesado; de un horizonte al que se le abren paisajes, de una constelación de conocimientos por los que se navega y se enseña a navegar.
La lección, pues, es la constatación de que algo se tiene para brindar a otros, de que algo sustancial hay que decir, que enseñar. El conocimiento, la reflexión crítica y la experiencia son su condición primaria. Se es maestro porque una cierta formación y recorrido se hacen dignos de situarse en frente de un grupo de niños, jóvenes o adultos. Recordemos que Virgilio guía a Dante por las espesuras del infierno y el purgatorio con tacto, prudencia y sabiduría; su ejemplo nos ilustra: un maestro es alguien que conoce la senda, que está al lado de quien apenas la surca y que con su capacidad permitirá al otro “surcar mejores aguas, izar las velas” y contemplar el sol y las estrellas. Un maestro está, cuanto menos, un paso adelante: algo más intuye del paisaje al que invita, algo más comprende de lo que propugna. Indica un camino, traza una senda; ya cada uno, si le place, la recorrerá. Como el Virgilio de Dante, el maestro acompaña, pero no alcanza el paraíso. Su trabajo es solitario y errante.
Bajo la anterior perspectiva, afirmemos que la lección se comparte, primordialmente, desde tres campos: lo que se hace, se dice y se lee. En lo que se hace, mostrando con el ejemplo y el testimonio propio la forma de aprender algo: se enseña no solo un qué sino un cómo. Cómo se pregunta, cómo se lee críticamente, cómo se investiga o cómo se escribe bien, por ejemplo. Enseñar a hacer desde las propias experiencias, aciertos y errores, exponiéndose -valga decirlo-, como un museo abierto para que otros recorran y vean. Enseñar desde las personales maneras, estrategias y trucos de aprender del maestro. Un enseñar a hacer algo a la usanza del maestro medieval. Algo así como mostrar y develar, in situ, los secretos del aprender. Enseñar a tejer tejiendo.
En lo que se dice, con una narración fluida, amplia, sugestiva y elocuente. Una narración que invite a hacer un viaje; que alimente mundos y trayectos. Un decir -voz- a la manera de un buen narrador que ante una audiencia contagia de viajes, personajes, preguntas, personajes, misterios y tramas. Una exposición en vivo de la retórica en su más alta dignidad para que los temas, los contenidos, las ideas, las fórmulas o los métodos sean entendidos desde un relato coherente, cohesionado y atractivo.
Y finalmente un leer -y qué necesario esto- en dos matices. Dando buenas lecturas, aprovisionando autores relevantes, invitando a habitar con paciencia y detalle párrafos, capítulos y obras capitales… Y enseñando cómo leer: cómo develar los contextos del autor y de la obra, la estructura tipológica y el entramado argumentativo, para llegar, con la voz de todos, a desentrañar las sutilezas de lo sugerido: los sesgos, la tesis, las falacias, las intenciones últimas.
Desde la lección, el posible aprendizaje se abre. Compartida la lectio, propuesto el ritual de paso, las mareas y viajes del otro serán la nueva travesía. Expuesta la carta de navegación sobre la mesa, solo resta que el marinero trace su itinerario con buen viento y buena mar, y a la manera de Cavafis, “deseando que el camino sea largo/ Que sean muchas las mañanas estivales/ en que con cuánta dicha, con cuánta alegría/entres a puertos nunca antes vistos”.
[i] Al respecto, confrontar el hermoso libro de Massimo Recalcati, La hora de clase. Por una erótica de la enseñanza. Anagrama, Barcelona, 2016.
Como siempre es un placer leerlo. Su reflexión me invita a preparar mis clases con más pasión. «Dar una lección» es más bello y enriquecedor que «dictar una clase».
Gracias por el amable comentario.