Educar-nos en el pensamiento crítico: de la crisis a la transformación

Una cabeza bien puesta significa que mucho más importante que acumular el saber es disponer simultáneamente de: una aptitud general para plantear y analizar los problemas; principios organizadores que permitan vincular los saberes y darles sentido. Edgar Morín.

Otro mundo no sólo es posible, está viniendo. En días tranquilos oigo cómo respira”.

Arundhati Roy.

¿Cómo será la vida en diciembre de este año? ¿Cómo será el 2022? Es más, ¿qué deberán saber y saber hacer las nuevas generaciones en 2025, 2050 o 2090 para asegurar su manutención y su propio florecimiento humano? A diferencia de los hombres de 1870 o del 1210, a quienes de alguna manera no los inquietaba sustancialmente su futuro o que tenían una cierta estabilidad respecto a él, el sapiens de hoy no sabe qué pasará en un mes y menos en treinta o cien años. Solo sabemos, y esto nos lo ha corroborado el Covid-19, que somos criaturas frágiles, cambiantes y cercadas por la incertidumbre. De hecho, esta, la incertidumbre, ya no es un hecho excepcional sino una característica constitutiva de los tiempos actuales. Los relatos de ayer no responden a las grandes preguntas de hoy. Es más: posiblemente ni siquiera tengamos que preguntarnos por el provenir pues la Inteligencia artificial, la bioingeniería médica y el impero de los metadatos responderán por nosotros, si es que no lo han hecho ya. 

Y no estoy hablando de futurología, de ciencia ficción o de literatura distópica. Me refiero a un nuevo presente, a otro aquí y ahora que llegó para quedarse; a nueva realidad, a un mundo naciente, a un génesis inédito e híbrido en plena expansión cuyos padres podemos hallar en la revolución genómica y la informática.  Todo esto sentencia y repite que el mundo nos cambió; que somos una generación de tránsito de un mundo seguro, estable, predicho y amparado en tradiciones válidas para otros tiempos a un mundo impredecible, con relatos inéditos gobernados por bits, nubes, transformaciones biológicas, nanotecnologías y alteraciones climáticas impredecibles. 

En este entramado social reciente y apenas en cocción, surge entonces la pregunta inevitable por la educación. La educación industrial (producto de la revolución industrial, cimentada en la acumulación de información y la productividad en serie) que hoy en día se esmera en entrenar sujetos hiperconsumistas que apliquen capacidades técnicas y tecnológicas, pareciera ya no responder de manera pertinente a las actuales demandas. Tal educación, ya en el nivel universitario, preponderantemente, se ha ocupado de privilegiar el conocimiento especializado, instruir para habilidades técnicas y calificar desempeños de manera descontextualizada; propósitos que se están resquebrajando ante los embates de las nuevas normalidades. ¿Qué tanto sentido tiene hoy, me pregunto, seguir dándole prioridad a la transmisión de información y a la mecanización de ciertas habilidades técnicas, aislando disciplinas, impartiendo nostalgias y evaluando competencias que sólo se enseñan en teoría? ¿En esta educación industrial podrán estar las claves para sujetos y colectividades nacientes que ante todo requieren comprender las causas de los cambios, entender las lógicas, intereses, contextos e impactos de esos cambios, mantener el equilibrio mental y emocional, establecer criterios de análisis y valoración, distinguir lo correcto de lo necesario, proponer con argumentos y solidaridad y procurar vínculos empáticos dada la fragilidad de todos los seres planetarios? Y no se trata de ser apocalípticos sino de poner en la balanza las fuerzas que están en plena tensión.

Tal balanza se da en la educación del pensamiento. El pensamiento, en su sentido más hondo, comporta la capacidad autónoma de un sujeto para ejercer su racionalidad analítica, crítica y valorativa frente a sí mismo y al mundo. El triple fundamento de la racionalidad moderna que postuló Kant en el siglo XVIII, pensar por uno mismo, pensar en el lugar del otro y ser consecuente con lo pensado[1], resulta ser la agenda inconclusa y urgente de la educación, muy particularmente en Colombia. Forjar personas que piensen con rigor, criterio y argumentación y alcanzar una comunidad de sentido y respetarla ha sido y sigue siendo una propuesta apenas mentada pero desafortunadamente lejana y cruda en una verdadera educación racional y democrática, especialmente en Colombia. Nosotros, que somos tan dados a importar términos y acoger sistemas de pensamiento sin sopesarlos ni desarrollarlos, bien podríamos pensar y aplicar esta premisa en nuestras aulas.

Sobre las anteriores líneas, una educación del pensamiento crítico nos retará a someter a examen, a desandar en primer lugar, las formas de pensamiento, de enseñanza y aprendizaje que parecen darle prioridad a la transmisión de contenidos y a la aplicación mecánica y descontextualizada de competencias laborales (muy particularmente en la Educación superior), y, en un segundo lugar, a incorporar la reflexión sistemática en nuestras formas de vida y conocimiento. En un mundo cada vez más complejo e indeterminado; en medio de sociedades en las que resurgen  viejas rencillas y neonacionalismos; sociedades tribales que oscilan radicalmente entre opiniones, informaciones de dudosa procedencia, imperio de emociones básicas, extremismos ideológicos y fanatismos comportamentales con una  creciente pulverización de la ética y del cuidado de la vida, posiblemente una educación del pensamiento crítico pueda, al menos, defender y promover la urgente necesidad de dar condiciones mínimas para pensar con detenimiento y humanizar nuestra humanidad.

Si le damos atención especial a esta educación -o si se quiere, a enseñar desde un verdadero fomento del pensamiento reflexivo y no del aprendizaje per se de mandatos hiperconsumistas- podremos vigorizar la autonomía (tan mentada pero tan ausente en nuestras aulas) y el análisis y valoración argumentada de los discursos que nos gobiernan. Una educación del pensamiento crítico, como programa y propuesta formativa, ya en el ámbito universitario, haría las veces de trayecto cognitivo, ético y político pertinente para las presentes y futuras generaciones desde una mirada más esperanzadora, incluyente y renovada respecto a las actuales condiciones sociales que imperan y empobrecen la condición humana, muy especialmente en Colombia. Centrarse en la educación del pensamiento crítico, concluyendo, puede ser la bisagra que nos permita configurar una forma de sentido y convivencia más sólidos ante un mundo cada vez más líquido.

[1] Cfr, especialmente el capítulo VIII de la Lógica y el parágrafo 40 de la Crítica del juicio, I. Kant.

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