En la mitología griega, las tres gracias -Eufrósine, Aglaya y Talia-, eran respectivamente las diosas del júbilo, la belleza y la abundancia. Será de manera particular la mano de Pedro Pablo Rubens, entre 1626 y 1639, la que las represente con todo el matiz y exuberancia propios del Barroco y nos lege su profunda vitalidad y frescor. Posiblemente tanto en el mito griego como en el arte Barroco, las Gracias fueron concebidas como bondades o virtudes; fortalezas del espíritu humano para mantenerse firme; escudos con los que se enfrenta la batalla de cada día. A la manera de estas Gracias griegas y barrocas, podríamos imaginar otras para la educación actual; se me ocurre que podrían ser la lectura, la escritura y el pensamiento crítico.
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En esencia leer es observar, detener la mirada, franquear la prisa y concentrar la mente y los sentidos: hacer la pausa, suspender la fragmentación del tiempo; diluir los afanes. Quien lee se margina; va y vuelve en una especie de ambiente circular, redundante, mítico si se quiere. El buen lector, el lector atento, resulta ser un hombre de los márgenes; alguien que se sustrae y retrae. Probablemente por ello la lectura sea algo místico, algo sagrado, algo disruptivo y, en mucho, espiritual. Una Gracia cercana al júbilo.
Escribir, por su parte, es un proceso complejo, de confrontaciones, de tensiones; de salidas y entradas en uno mismo. Una forma sutil de conciencia y discernimiento; estado de alerta sobre las propias creencias e ideas, vaciamiento de la interioridad en un cajón blanco y frío. Espiral en expansión. Satélite que nunca llega al centro, perspectiva en fuga; criatura que reniega de su creador. Lo dicho, ya publicado, suelta amarras en un viaje sin retorno. Por su oculta simiente, resulta una Gracia vecina a la belleza.
Ya el pensar críticamente, divaga ente la lectura y la escritura. Enseña el dominio de las pasiones y procura la balanza en los juicios, el sano escepticismo, develando lo oculto, sacando a la superficie lo no dicho y lo sugerido. Observando con esmero, dinamita arquitecturas personales y colectivas; escuchando con celo, advierte las contradicciones para levantar puentes, abrir ventanas…cincelar nuevos paisajes. Cual Prometeo, roba el fuego a los dioses y, semejante a una Gracia, dispensa abundancia en medio de desiertos y hegemonías.
Entre una y otras discurre el aprendizaje de los alumnos, quienes transitan de diversas maneras sus habitaciones: unos cual huéspedes de paso afanados por la próxima jornada… Algunos más, pernoctan en ellas por unos días, entre resignados y recelosos; otros las recorren y disfrutan a placer y uno o dos, las volverán sus huéspedes permanentes.
Para el caso de los educadores, la lectura es guía y compañía… La escritura, resbaladiza presencia ausente; más intención y decálogo que hábito. Y el pensamiento crítico, a veces furia discursiva, a veces incómodo laberinto; en más de una ocasión, anhelo postergado.
Colonizar estas tres Gracias, encerrarlas en el puño de la educación, tenerlas entre ceja y ceja en cada espacio formativo, quizá puedan ser maneras algo más apropiadas para reconocernos y rehacernos personal y colectivamente.
Estupenda reflexión, como siempre, estimado profesor Rodolfo Alberto López. Quizá falten otras gracias para que la educación se dirija en la dirección adecuada, pero estas tres bien pueden ser el trípode sobre el que se sustenten las demás. Un cordial saludo.
Excelente profe Rodolfo. Un abrazo enorme de cariño.
solo se conoce el signo leyendolo.
El texto no es un pretexto.
Las tres grandes gracias
la lectura, la escritura y el pensamiento critico…
Gracias por la lectura del blog; aprecio sus comentarios. Cordialmente, RALD.