¿No sería oportuno convertir la escuela en un sano momento de desintoxicación?
Nuccio Ordine.
En medio de las clases que imparto le pregunto a mis estudiantes: ¿quién sabe más del camino y del paisaje: la tortuga o la liebre?
La respuesta, afortunadamente, es contundente: “pues la tortuga”; a lo cual repregunto: ¿y por qué? Las respuestas ya se tornan más pausadas y disímiles, pero, en general, apuntan a precisar que es la tortuga la que más sabe del camino y el paisaje porque lo recorre con pausa y puede observar los detalles. Hasta aquí la cosa marcha bien. Ya la situación se pone tensa cuando pregunto: ¿y estas preguntas qué tienen que ver con el aprendizaje? El silencio se hace más lento y pesado y solo unos pocos se atreven a establecer relaciones. Los vínculos que hallan están en referencia a que el aprendizaje es una forma de caminar y que el conocimiento es una cierta capacidad para viajar y que la mejor forma de hacerlo es con lentitud. Pero el momento crítico llega cuando pregunto: ¿y ustedes son liebres o tortugas cuando se dedican a aprender? Entonces vienen pausas, silencios, sonrisas y las miradas se tornan esquivan y distraídas. Uno que otro valiente, luego de un momento, admite que por lo general estudian a la manera de la liebre, dado que lo importarte es tomar datos y aprobar la actividad o examen que corresponda.
Las últimas dos respuestas que expresan los estudiantes llaman la atención no tanto por lo que dicen, que en efecto es cierto, sino porque los hemos llevado a ello. Una sociedad marcada por el afán de lucro, la productividad y la finalidad avasalladora de ganancias financieras obliga, condiciona y esclaviza a todos sus súbditos.
Empero, al menos en la escuela y en la universidad, debería darse un espacio intencionado y regular para pensar, para leer, para escribir, para investigar. La lentitud debería ser la norma del aprendizaje no solo para interiorizar información y transmutarla en conocimiento; no solo para que el conocimiento sea digerido analíticamente; no solo para que la actitud analítica sea algo habitual sino también para que cuando les corresponda salir a la “vida laboral”, a las demandas del mercado financista, los estudiantes posean criterio y bases éticas y críticas sólidas, obteniendo mejores oportunidades de ingreso y permanencia en sus desempeños laborales. Esta simple ecuación formativa no ha sido pensada por las instituciones educativas, que han sido torpemente colonizadas por las lógicas del afán, de la oferta y la demanda apresuradas. Dicho de otra manera: no se puede aprender y desarrollarse personal y socialmente de manera plena sin la lentitud, la pausa, la reflexión, el silencio y el recogimiento. Estas son las virtudes y condiciones propias de quien se asume como aprendiz.
Aunque no sea popular, es la tortuga la que permite la mayor expansión humana. Así las cosas, solo de los buenos docentes depende insistir en que la verdadera formación radica en un aprendizaje en profundidad; en una cierta actitud filológica, parafraseando a Nietzsche: en un situarse al margen, tomarse tiempo para aprender con calma y lentitud; en trabajar con cuidado y dedicación; en leer y releer; en pensar para escribir y reescribir… Defendiendo este axioma podremos forjar personas críticas y civilistas. Lo contrario, será alimentar fábricas de títulos -tan en boga y muchas veces tan vacíos hoy- y hordas de esclavos siempre insatisfechas y propensas a más y más consumo y rapidez.
Buenos días Profe Rodolfo. Un abrazo enorme y qué bien por el artículo. No solo lo comparto totalmente, sino lo complemento con Elogio a la ignorancia, (entendida esta no como No saber nada, sino como No saberlo todo) ya que hoy en día nos exigen tanto a estudiantes como a profesores, tener un dominio casi que completo de todas las esferas del ser humano.