Ilustración de Jhon Holcroft.
Cuando la educación formal negocia sus principios sustantivos -exigencia intelectual, disciplina metodológica, investigación, debate argumentado, respeto a la diferencia, principalmente- entramos en lo que llamo una educación a la carta, esto es, en procesos formativos según conveniencias económicas, axiológicas o partidistas ajenas a la filomatía; en la aceptación pasiva y acrítica de nuevos principios, creencias y valores; en la pérdida paulatina de la capacidad de contemplar y pensar. Educación a la carta que viene a ser un menú siempre dispuesto a satisfacer al cliente de turno -estudiante, padre de familia, empresa, gobierno del momento. Evidencias de una educación a la carta son la relativización del trabajo intelectual, la complacencia en el subjetivismo emocional, la aceptación del nivel medio en tanto rasero común, la sospecha sobre los hábitos y las normas, la primacía de las excusas y las opiniones y la pérdida de roles claros, por citar apenas las más recurrentes. Esta educación a la carta obviamente resulta cada vez más popular, incuestionable, pletórica de lugares comunes, vaciada de fundamentos epistemológicos y cerrada a cuestionamientos críticos. Por lo anterior, se hace necesario ponerla en sospecha, situarla bajo la lupa, sitiarla con signos de interrogación en tanto cede lo prioritario por lo circunstancial, lo trascendente por lo inmediato, el cultivo de la tradición por las modas, los conceptos por los afectos y el consumo, los derechos por sobre los deberes y el argumento por el “me gusta”, muy a la manera de las redes sociales.
Tal forma educativa no sería un asunto preocupante si no tuviera los alcances e impactos que parece dibujar ya. Entre otros, la relativización creciente del rigor intelectual, el abandono de las tradiciones y la memoria colectiva, la carencia del discernimiento crítico y ético, la negociación de las normas y la aceptación de los intereses particulares como “participación democrática”. Dichos alcances podrían volverse lo adecuado, lo aceptado, lo correcto y lo normal. Por lo mismo, bien vale la pena no dejar de lado e insistir en ciertos principios sobre los cuales la educación debe volver, reclamar y ocuparse, especialmente desde el ámbito de los docentes.
Uno de ellos es la formación del carácter, lo que pasa por la reflexión sobre las emociones, el examen de los valores y creencias interiorizados y la racionalidad a manera de guía de los actos. La ética a Nicómaco de Aristóteles, lejos de ser un manual pasado de moda, nos invita a reconsiderar cómo vivimos la vida, sobre qué fundamentos (o virtudes) descansan nuestros proyectos y cómo podemos tener una vida más plena en respeto al buen sentido. Forjar el carácter hace referencia a sopesar las modas e información que nos llega, a balancear las necesidades y a distinguir lo innecesario de lo importante; a saber decir sí o no con argumentos; a no dejarse arrastrar por conveniencias ciegas y a construir con paciencia, trabajo y esmero el propio edificio de nuestros sueños.
Forjar el carácter, pues, está en consonancia con el autocontrol y la reflexión diaria sobre lo que se hizo, cómo se hizo y cómo se puede hacer mejor, sin negarse a reconocer los errores ni darse largas para urdir las enmiendas que correspondan. Y todo ello pasa ineludiblemente por la asunción de rutinas y hábitos de silencio, de discernimiento, de diálogo interior, de atención y control del cuerpo (especialmente en lo que decimos) y por la ejercitación de pausas y meditación. Desde un silencio atento se observa, aprende y hace más que en las acciones intempestivas y sin freno. De manera muy particular, en los tiempos que corren dominar el cuerpo y las emociones y enseñar a hacerlo puede ser una de las vías para una democracia robusta y un planeta con mejor futuro.
En relación cercana -directa, creo- con lo anterior, estaría el cultivo del pensamiento crítico. Esto es, la educación regular y progresiva de una racionalidad cimentada en el análisis, las evidencias, las valoraciones argumentadas y las decisiones caviladas. Invitar en las acciones cotidianas de enseñanza, en los planes de estudio y hasta en las políticas de Estado a procesar e incorporar los métodos, habilidades y condiciones para pensar de manera reflexiva, resolver problemas, tomar decisiones, actuar en consonancia con los contextos y propender por lo justo y adecuado.
Así, el cultivo del pensamiento crítico implicaría necesariamente hacer de este un espacio propio y regular en las instituciones educativas, desde la formación de docentes críticos y didácticas y materiales pertinentes hasta proponerlo en cuanto programa autónomo y transversal y no como un complemento a la enseñanza de temas y competencias disciplinares o meramente laborales. Enseñar la lógica, el reconocimiento y formulación de argumentos, la elaboración de preguntas adecuadas, el desarrollo de criterios claros, suficientes y viables, el debate riguroso, la investigación cotidiana y la toma de posición con juicios elaborados serían, entre otros, aspectos determinantes en esta propuesta. Lo anterior subraya pasar de hablar del pensamiento crítico a enseñar a pensar críticamente, un asunto pendiente y de urgente atención por la educación, las políticas públicas y la ciudadanía en general.
Un tercer aspecto que considero nuclear para no ser presas fáciles de una educación a la carta se refiere a la formación democrática. Permitirse y permitir el conocimiento y prácticas políticas asociadas a la reflexión, a la escucha respetuosa, a la proposición centrada en problemas y necesidades, al trabajo crítico y colectivo basado en el bien común, en el respeto a las normas y los deberes y a la gestación de propuestas para el desarrollo comunitario por sobre los intereses de grupo o personales. Bien decía Aristóteles que la democracia era como una caballo lento y hermoso que requería de ser aguijoneado para que se diera a la marcha; efectivamente, la democracia requiere de su cuidado y protección porque dejarla en manos ajenas es tanto como darle pena capital. Aprender a participar en los propósitos de la ciudad, a regirse por principios de libertad, justicia y respecto a la decisión de las mayorías, a participar con voz y argumentos, a aceptar las diferencias y proveer las condiciones para la resistencia pensada más que la pulsión emotiva especialmente en países como el nuestro, en donde las monarquías criollas, los feudalismos y terratenientes y las hordas violentas quieren seguir imponiendo sus leyes y condiciones. Una sociedad expuesta a fanatismos y emociones primarias, muy a la manera de Colombia, demanda dedicarse a formar las mejores maneras de participar y proponer con orden y sensatez.
Por supuesto que no podemos negar que estas condiciones son un reto y un proyecto, un problema y un trabajo denodado, pero sin su posibilidad y progresiva realización, la educación a la carta tendría la ventaja de llegar a instituirse como la correcta forma de ser, pensar, vivir y convivir. Y lo anterior pasa sustancialmente por la reflexión y trabajo cotidiano de los docentes en sus aulas. Cada espacio de enseñanza, de aprendizaje, es un punto de inflexión para gestar otras formas de vida en donde el resquicio de la plenitud humana, la dignidad y la igualdad real (no retórica) puedan encarnar. El poder del docente es el poder de tocar conciencias para transformar la vida personal y colectiva.
Totalmente de acuerdo. Formar el carácter y el pensamiento crítico son «asignaturas» pendientes en nuestros colegios y universidades. Creemos que somos «seres pensantes, racionales», pero realmente no lo somos, por lo menos no en la medida que deberíamos. Aprender a pensar críticamente no es algo que se de naturalmente, es necesario educarnos y tener diversas oportunidades para ponerlo en práctica.
Gracias Jaime por el comentario y la mirada compartida.
Gracias Jaime y comparto plenamente tus reflexiones.