Enseñar literatura…

G. Doré. Ilustración de la novela El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

 

 

 

No creo advertir nada nuevo al afirmar que es una prioridad de sentido -ético, político, estético y educativo- resituar en lugar de privilegio a la enseñanza de las humanidades y de las artes, y de la literatura en particular, dadas las actuales creencias y prácticas encaminadas a hacer del consumismo, la emotividad irreflexiva, el fanatismo y los lugares comunes el eje de nuestra vida. Enseñar las humanidades y las artes se configura en una posibilidad de sentido trascendente, espiritual, reflexivo y empático; en un escenario para combatir el totalitarismo, la egolatría, la negación de la fragilidad y la contingencia de la muerte. Las artes y las humanidades nos hablan al rostro y no a las máscaras; vuelan directo a nuestras experiencias y develan la falsa soberbia delsúper hombre y del individualismo a ultranza. Una obra de arte, una pieza musical, un cuerpo que expresa el ritmo, el diálogo entre dos personajes, el verso fulminante o una historia de vida en un evento social nos permiten comprender que somos menos de lo que creemos ser y más de lo que somos todos. Que somos más continente que islas.

Ya respecto a la enseñanza de la literatura, han dominado en su didáctica la historiografía (épocas, autores, géneros), la preceptiva y la retórica (el estilo y los usos del lenguaje), el estructuralismo (análisis del discurso estético) y, más recientemente, la estética de la recepción. Cada uno de ellos con aportes sustantivos a la comprensión y vivencia del texto literario; cada uno de ellos con lecciones inestimables para las actuales generaciones de docentes que las imparten. Sean estos enfoques un menú para volver a repensar las condiciones que requieren la enseñanza literaria.Sean las que siguen, a su vez, una carta de intención breve para resituar nuevamente a la literatura en los planes de estudio y en las aulas de clase, en medio de esta “razón de la sinrazón que a mi razón se hace”, al decir del Feliciano de Silva de nuestro hidalgo y maestro Don Alonso Quijada o Quesada.

  • Enseñar el sentido de lo literario, su naturaleza profunda . Sea posiblemente este un buen punto de partida para enseñar y aprender literatura: preguntarnos tercamente: ¿cuál es la naturaleza de lo literario ?, ¿qué hace que un texto sea literario y que merezca habitar en un salón de clase? … ¿Por qué las narrativas de la ficción gobiernan y pueblan a todo lo humano ?, o acaso: ¿por qué lo humano finalmente es relato y por qué todo relato es una ansia de seguridad inevitable para toda persona y colectivo? O en similar condición, ¿por qué la literatura es la más robusta fragilidad del lenguaje que expresa la pesada fragilidad humana?Quiero decir, en otros términos, que asumir la literatura como una polifonía de preguntas sobre la condición humana puede ser guía de puerto para lanzarse a leer, pensar y debatir obras literarias y desde ellas alumbrar, si vale la licencia, nuestra humana condición. Más que respuestas, mejor abonar inquietudes, problemas, premisas, hipótesis; sembrar el estado de sospecha en nuestros estudiantes más que proporcionar fórmulas o datos. Cada obra literaria es el umbral a la zozobra en la que a diario nos debatimos. Cada obra literaria algo nos dice de lo humano que nos habita.

  • Enseñar nuestro ser lenguaje. A la par de preguntar y preguntarnos -que es abrir los ojos ante lo inconmensurable-, corresponde enseñar el lenguaje como universo humano, como libertad y prisión, en tanto memoria y logro mayor de nuestro paso por esta vida. El lenguaje sin el cual poco de humanos tendríamos; el lenguaje que nos permite advertir los peligros, ordenar las sociedades, trabajar intereses comunes, guardar la memoria de los eventos y descubrimientos, dar forma a los imaginarios, dialogar con nuestra intimidad, inventar las verdades y falsear las realidades. El lenguaje, en fin, como pócima y alquimia de la inevitable incertidumbre que nos gobierna. El lenguaje hecho palabra, ritmo, metáfora, símbolo de nuestra aventura desde el alba hasta el anochecer.

  • Enseñar a leer. Retomando a Daniel Cassany (en Tras las líneas. Sobre la lectura contemporánea. Barcelona, ​​Anagrama, 2006), enseñar a leer en tres vértices: leer las líneas, leer entre líneas y leer detrás de las líneas . Leer las líneas, en tanto asumir el cuidado y detalle por las palabras, los sucesos; en generar los hábitos por la lectura en detalle, pausada y completa; enseñar el rigor del trabajo sobre lo explícito. Leer detrás de las líneas, como la habilidad para inferir y develar lo ambiguo, lo sugerido, lo connotado, lo volátil. Lo que se dice de otra manera, lo que se expresa por medios distintos a lo directo.Y leer detrás de las líneas, que acota la mirada atenta para analizar y valorar los sesgos, los intereses, las ideologías, los discursos de poder o sobre el poder. Más que cualquier otro discurso, el literario es lenguaje en excelsitud, palabra-fuente, lingüística refinada en juego; ambivalencia sugestiva, danza y máscara; fractura de lo instituido, resistencia insolente, develación del fraude. Enseñar a leer literatura pasa, pues, por comprender las palabras,lo que está entre ellas y lo que anida detrás de ellas.

  • Enseñar a leer, en voz alta. Parte de la estrategia anterior se complementa y apoya en esta. Leer y enseñar a leer en voz alta es una condición didáctica altamente significativa: transmitir la expresividad del texto, ya para despertar los secretos de un diálogo o una descripción, ya para reparar en detalles que podrían pasar inadvertidos. Atenuar la velocidad y volumen, alargar las pausas o enfatizar los ritmos, hacer glosas sobre algún aspecto crucial, acompasar el ritmo del verso o del relato con el cuerpo y la voz; conquistar y embelesar a un auditorio a partir de la magia de un diálogo o una metáfora y así dar relevancia y verdor a la palabra adormecida entre las páginas. Caminar la lectura, pues: volverla gesto y sonido, acercar a quien escucha a la magia de lo literario. A la par de esto, invitar a leer en voz alta a los estudiantes permite advertir su proceso de comprensión, su cercanía o lejanía con las palabras, su visual de lectura (si descansa en las palabras o en las oraciones); permite, igualmente, percatarse si las pausas son normativas o de sentido. En síntesis, leer en voz alta y enseñar a leer en voz alta genera un contacto más cercano y personal con el texto y, desde la esfera educativa, información de los estadios de trabajo con cada aprendiz.

  • Enseñar un buen caudal de lecturas. Sí. De aquellas obras que por su calidad literaria merecen ser leídas, releídas, interrogadas, debatidas y recreadas… Un maestro de literatura es ante todo un buen lector y buen consejero de lecturas. Ser maestro de literatura es propiciar los encuentros y los diálogos, las tertulias (tan escasas pero tan indispensables hoy). Leer, leerles, leer con ellos esas páginas, esos versos, esas escenas que a esas edades algo les pueda decir, que en algo los pueda desacomodar. Tener siempre a la mano un libro, un autor, un verso, un monólogo. La docencia de la literatura bien puede constatar que un maestro es un dador de vida.Y a la par de proveer obras, modelar cómo leerlas, pues no es lo mismo leer un verso de Góngora que uno de Rimbaud; no es lo mismo, hoy, leer a Cervantes que a García Márquez, entonces brindar claves de lectura desde la propia experticia, abonar secretos para leer desde lo propio de cada texto. En similar condición, valioso será sensibilizar respecto a los contextos históricos y los usos del lenguaje según las épocas e invitar, por qué no, a hacer antologías, ya sean escogidas por temas, autores o tópicos. Lo que quiero advertir en este inciso es que la literatura se enseña, se aprende y se disfruta leyendo; manteniendo en las aulas una provisión generosa y robusta de textos. 

  • Enseñar el cultivo de la reflexión, la contemplación y el cuidado del otro . Pese a que los caminos de la enseña literaria privilegian la voz, la exposición catedrática y la efusividad bibliográfica, lo cierto es que ella, la literatura, en su sitial profundo, allá entre estantes, en medio de comentarios eruditos o emociones fluctuantes, en esencia nos enseña a transpirar, a hacer pausa, a detenernos y pensar; a observar con detenimiento, con cuidadosa vigilancia profunda. Leer literatura es un camino a la actividad en la inactividad, al silencio como revelación para alcanzar las vislumbres de lo real, para llegar a un   hacer no haciendo .Esto es la reflexión y la contemplación que nos provee la literatura, pues en tanto trayecto espiritual -y esto sí que es determinante- ella nos con-centra, nos lleva hacia dentro, nos devuelve la infancia perdida, nos otorga el milagro del asombro… nos afina la contemplación, por ello afirma Pablo d´Ors, en la Biografía del silencio (Madrid, Siruela, 2019), que “ el alma humana solo se alimenta si el ritmo de lo que se brinda es pausado ” (p.16) .

Digamos sin ambages, pues, que la literatura es una forma de elevación, de trascendencia, de develación y revelación de lo mismo que es lo otro; de lo único que es lo múltiple. Tengamos presente que quien lee buena literatura con atento celo, se descubre y descubre la otredad; se cuida y cuida del otro, de lo otro. Darse a leer un poema, una narración, una pieza dramática o un ensayo literario nos traslada a potenciar, en términos de Nussbaum (cfr . Sin fines de lucro o El cultivo de la humanidad ), la imaginación empática : a ponernos en el lugar del otro, a entender sus motivos y acciones antes que juzgar o condenar. Un diálogo, un conflicto, un personaje, hacen las voces de la diferencia, son los ecos de lo disímil que nos interpela y estimula ante todo a comprender; a comprender, en su acepción más honda. Ganaríamos mucho en nuestra dignidad ética y política si nos permitiéramos vivir la literatura y la ciudadanía también de esta manera.

  • Enseñar a pensar creativamente. En las espesuras del texto literario reina la creatividad. Allí, en los socavones de la creación literaria, a la par de la disciplina y la consagración al oficio, anidan las condiciones del pensamiento creativo, esto es, las preguntas, las hipótesis, el ensayo y el error para encontrar la mejor forma posible de nombrar la exploración y el asombro, la imaginación y la intuición. El pensamiento creativo es una frontera imprecisa aunque su paisaje posee ciertas particularidades formales [1]: la persistencia y enfoque mental, el estado permanente de alerta sobre un tema que se ronda con obsesión, la relación de ideas antes no yuxtapuestas, la imaginación abierta, la inspección de un método que se intuye como el más pertinente para el objetivo trazado, entre otros. Pero como no se trata acá de hacer la anatomía de la mente creativa del escritor sino más bien de dar bases para que quien lee geste ciertas condiciones creativas, entonces podríamos poner en consideración del maestro de literatura que se puede fortalecer, encontrar, el pensamiento relacional (desde los juegos del lenguaje y las figuras literarias, para pensar a manera de puente o vasos comunicantes), y la capacidad abductiva [2] (tejer detalles con detalles hasta configurar casos o tendencias).Quien lee literatura se abre a la ficción como verosimilitud (no verdad) y acepta la desmesura de universos paralelos. Solo uno de los antes anotados, la capacidad relacional, bien bastaría para volverse motivo de enseñanza regular y persistente desde la literatura: siempre tejer, unir, entrelazar, aunar, conjugar temas, personajes, prospectivas, ideas, textos, imágenes y conceptos será un buen motivo para que el pensamiento creativo se fortalezca en las aulas, y una fase de inicio en esto sería darse a la tarea de identificar y elaborar metáforas y símiles.

  • Enseñar a valorar con criterio . Una vez se ha leído con detenimiento, luego de que se ha cotejado con los contextos y con otros textos, se hace necesario cumplir un criterio de identificación para asignarle valor y juicio a lo leído. Se trata de ir más allá de la opinión, del “me gustó” o “no me gustó”, del capricho inmediatista que convierte al texto en pretexto. Trazar entonces ciertos criterios (reglas o principios para la formación de un juicio) y desde ellos volver a dialogar con la obra para “cerrar” su lectura con una toma de postura argumentada, con la asunción de un punto de vista respaldado y sopesado. Determinar criterios (aunque esta será una tarea de largo aliento y según las edades o niveles de formación) como por ejemplo la originalidad, el tratamiento del lenguaje, la representación de una experiencia radicalmente humana, la trascendencia o el impacto social.

  • Enseñar el respeto por la escritura. No quiero finalizar esta breve carta de intenciones sugerida a quienes enseñan literatura, sin advertir -sugerir- que la educación literaria no es solo por la lectura, el buen gusto, la capacidad crítica o la empatía, sino también por el respeto a la escritura. Habitar con celo una obra literaria nos lleva, cuando menos, a darle valor sustantivo al acto creador y al tratamiento estético del lenguaje. Escribir es un acto de soledad desgastante y complejo que aúna diversas condiciones y estrategias como para ser “despachada” sin mayor conciencia y respeto. El escritor hace de la palabra la piedra con la que construye catedrales;así las cosas, sensibilizar a los nuevos lectores por el cuidado de la escritura permite forjar personas más sensibles y proveerles, paralelamente, de estrategias de composición textual.

Espero que las reflexiones anteriores animen el ejercicio de la educación literaria con renovados bríos. Que, al menos, las anteriores estelas sean posibles faros para una travesía que retomando a Cavafis, nos lleve a comprender que la literatura es esa otra Ítaca que te dio la bella travesía, y que sin ella no hubieras salido al camino.

 

[1] Al respecto, el libro  La mente creativa.Mitos y mecanismos , de Margaret Boden. Barcelona, ​​Gedisa, 2011, provee algunas claves del pensamiento creativo. Remito a él.

 

[2] Para ir al detalle de la abducción en tanto pensamiento creativo y perspectiva de lectura literaria, propongo un excelente libro: El signo de los tres; Dupin, Holmes, Pierce , de Umberto Eco y Thomas Sebeok. Barcelona, ​​Lumen, 1989.

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