Ilustración tomada de El árbol rojo, de Shaun Tan.
Una pestilencia mayor que cualquier pandemia o epidemia es la del olvido. Es una bestia que arrasa y devora tradiciones, aprendizajes, aciertos y errores, que lleva a los pueblos (Colombia es un claro ejemplo) a repetir caídas y a perpetuar vicios. Por obra y gracia del olvido, la corrupción crece, la justicia cede y la desigualdad prospera. Olvidar -ignorar o no querer recordar, que es lo mismo- se sirve a manos llenas en nuestros días. Olvidamos por qué somos como somos o por qué llegamos a estar como estamos; olvidamos, no queremos saber o minimizamos, las causas precisas de nuestros males, los hechos y comportamientos erráticos que una y otra vez repetimos… Olvidamos, o perdonamos, que es lo mismo, lo imperdonable y volvemos a caer en abismos de optimismo ingenuo y azucarado pues a la memoria, como a la conciencia, preferimos adormecerla, dejarla en el cuarto de san Alejo, someterla con el inmediatismo.
Posiblemente en unos meses hallamos olvidado – o no queramos recordarlo- el covid-19 y muy seguramente volvamos a lo de siempre: el oportunismo, el individualismo, el saqueo de los derechos de todos, el usufructo indiscriminado de la naturaleza-hogar y el lucro inescrupuloso de los otros. Más de lo mismo. Y entonces las enseñanzas del covid-19 quedarán en lo anecdótico y lo “por fortuna superado”; poco o nada querremos saber -o recordar- de nuestra profunda fragilidad, de que nuestro tiempo es apenas el aquí y el ahora, de que es mínimo lo realmente necesario y demasiado lo suntuoso y consumista de nuestras vidas; nos olvidaremos del hogar, el silencio y la parsimonia; de los afectos y del milagro del abrazo o del respeto indispensable a ciertas profesiones y oficios, como la medicina y la docencia; desdibujaremos la importancia vertebral del campesino, el tendero de barrio o el recolector de basuras.
Sin embargo y afortunadamente existe una posible vacuna contra el olvido: la educación; es decir, el conocimiento, análisis y valoración de los hechos, prácticas, creencias y discursos que nos gobiernan. Solo ella, repito e insisto, posiblemente, pueda sacarnos del cómodo marasmo de la indiferencia y el olvido y aprender, de verdad, el por qué y para qué estamos en este planeta. Educar en el no olvido, persistir y mantenerse en la educación de la memoria, someter a examen rigoroso en las aulas y propuestas formativas las raíces de nuestros males y dependencias. Comprender que la educación no es virtualidad o cumplimiento de programas sino despliegue de diálogos críticos y de habilidades pensamiento y convivencia digna, para todos en todo tiempo.
Por lo anterior, debería ser tarea de docentes y estudiantes resistir. Como nos lo enseñó el maestro Ernesto Sábato en un ensayo que bien podríamos leer y releer –La resistencia-, ante todo nos corresponde mantenernos alertas y defender los derechos humanos, los valores del espíritu, lo sagrado, la democracia y la dignidad. El arte y las humanidades, la literatura; la reflexión argumentada y la creatividad. La salvaguardia y goce de la pluralidad, la belleza y la bondad. Si para esto no es la educación -lo otro es instrucción- no sé para qué otra cosa pueda ser. Ante las crisis como la que hoy enfrentamos la respuesta siempre debería ser la afirmación de la vida, el cuidado de la tierra-hogar y la gestación de relatos que realcen la diferencia y la búsqueda incesante de sentido. Poco haría nuestra educación -especialmente en países como el nuestro- si no aprendemos las lecciones de fondo y olvidamos. Si volvemos a la preeminencia de la competitividad, al lucro financista, al aprovechamiento de los demás, habremos perdido una oportunidad de oro para reinventarnos.
Dice Sábato en su libro:
“Algo de esto nos pasa hoy, cuando millones de personas comprendemos la urgencia que nos reclama, y no atinamos a divisar la luz que nos oriente. Unidos en la entrega a los demás y en el deseo absoluto de un mundo más humano, resistamos. Esto bastará para esperar lo que la vida nos depare”.
Ojalá esto, al menos esto, no lo olvidemos.