Eso llamado literatura…

El Quijote ilustrado por Gustave Doré.

Posiblemente la esencia del conocimiento y, con él, el de la educación, sea sobrevivir y entender: sobrevivir a los embates de la existencia biológica y cultural, no pasar por esta tierra anónimamente, así no más,  y comprender  los problemas que nos asaltan en lo personal y lo colectivo.  Efectivamente, lo humano tiende a crear marcos o sistemas de representación -normas, principios, valores, creencias, conceptos, categorías, experiencias, legados-para que los reinados de la muerte y de las grandes incertidumbres sean “domeñados” y situados en términos de permanencia; para que no seamos tan pasivamente hojas al viento, briznas en un universo ciego e indolente. En esto nos debatimos como especie desde que lo somos; en esta epopeya épica estamos todos, día a día. De alguna manera, la vida viene a ser un terreno de batalla al que enfrentamos con nuestras mejores armas, procurando sobrevivir. El hombre como guerrero; la vida en tanto tensión que nos reta.  

Pero a la par de ello e igualmente insatisfechos con la mera supervivencia y las pasivas respuestas a las contrariedades, escudriñamos caminos para vivir con sentido y dignidad. Este animal paradójico llamado sapiens sapiens se aventura, indistintamente,  en la urgencia de someter los entornos y a otros grupos, de subyugar y transformar para proteger un cierto estado de poder que cada grupo humano o tiempo considera como el “correcto”. La cultura, pues, viene a ser todo el complejo sistema de necesidades e invenciones para proveernos el día a día y  trascender. Los ritos funerarios, religiones, agricultura, redes de intercambios comerciales, organización del trabajo, leyes y artes, entre otros,  configuran el entramado sobre el que sostenemos nuestra leve y frágil existencia. Empero, nuestras creencias  e invenciones, finalmente, reposan como respuesta a la supervivencia y los enigmas de la vida.

Pero en medio de esta condición propia de lo humano, emerge, de manera particular y privilegiada, en mi concepto, un vigoroso sistema de conocimientos situado en el  lenguaje que por su naturaleza y finalidad devela y recrea lo más profundo de la condición humana. Sin pretender abarcar lo político expone las relaciones y los vínculos de lo privado y lo público; sin ser psicología, exterioriza los monstruos y celdas más íntimos; sin caer en la historia, contiene procesos y transformaciones de alcobas y naciones; sin ser filosofía, reflexiona y discute con las creencias, taxonomías y concepciones. Sin suplantar a la educación, enseña y sin remplazar a las religiones, compendia misterios, seres suprahumanos, ritos y tiende a la trascendencia. Mas acá de la música, es ritmo y cadencia; sin ser caricatura, caricaturiza y sin llegar a teoría crítica, devela, expone, valora y denuncia. Todo ello en lucha con las palabras, en conversación con las tradiciones y en pugna incesante con la innovación. En fin… lejos de ser metodología, propende por una cierta desfamiliarización en la cual distancia lo cercano hasta volverlo extraño y lo natural arbitrario. Por todo esto, posiblemente, en una entrada de La Encyclopédie, se caracterizaba a las gentes de letras como personas “Capaces de pisar en diferentes campos, aunque de hecho no  los puedan cultivar todos” (cfr. Historia social del conocimiento, Peter Burke, Barcelona, Paidós, 2002).  Todo lo anterior, cerrando este apartado, nos permite asumir que existe un sistema de conocimientosplural, abierto, vasto y excelso llamado literatura. Este sistema es de índole hermenéutico, tasado en círculos inductivos y abductivos y sostenido por un basamento estético y creativo. 

Tal sistema de conocimientos hace del mundo un laboratorio de ensayos y exige de  su usuario una lectura intensiva de la vida. A diferencia de otras prácticas socioculturales, esta reclama de quien la pretende -creador y  receptor, especialmente- una disposición de condiciones sustantivas para habitarla. En primera instancia, la dedicación, que lejos del sobrevuelo o la generalidad impele a detenerse, a hacer un paréntesis, a ponerse en contemplación activa, a explorar con otros ojos los paisajes conocidos. Dedicación que acota las habilidades de observación, toma de notas, contrastes. Por ello quien hace literatura y quien lee literatura camina, recorre, circula, vuelve sobre sus propios pasos, otea y confronta sus concepciones y los pensamientos de otros. 

Una segunda condición es la pasión, que resulta ser aquí la acción de aficionarse por algo, consagrarse con empeño hacia algún objeto de particular interés. Las minorías dedicadas a las bellas letras (pues son pocas las gentes que lo hacen y excelsas las obras literarias)  asumen un cierto estado de placer y gozo ante el poema, la narración, el drama o el ensayo; una forma de delectación que hace que se viva con alegre conformidad leyendo, releyendo, escribiendo, imaginando, glosando. Una pasión en la cual se experimenta la emoción estética o movimiento íntimo de participación en algo que se reconoce como bello, sublime, trascendente o, simplemente, profundamente revelador y significativo.

El cuidado viene a ser una tercera condición de quien participa en esta “República de las letras”. Cuidado o cogitatus (del latín, reflexión, pensamiento, interés reflexivo), o cogitare (pensar, reflexionar) convoca la capacidad de entender, de sopesar,  detenerse y recapacitar; así las cosas, el literato y el lector de literatura cavilan, deliberan y por ello dignifican el universo literario: la estética del lenguaje, la imaginación, la ficción, la verosimilitud. Entonces  literatura no es solo emoción, experiencia interior o subjetividad a ultranza, es y mucho, análisis, razonamiento, contraste de ideas, pulsión de intereses y sesgos, distanciamiento argumentado. El que escribe literatura y quien la consume hacen un ejercicio denodado de pensamiento crítico, sin dejar de lado que cuidado, paralelamente, subraya también la capacidad de atención, esmero, diligencia para hacer las cosas bien: protección  y resguardo de  algo considerado valioso, como lo son, no lo olvidemos, el arte y la creación.  

La capacidad de enunciación es, a mi juicio,  una cuarta condición sustantiva de quien habita la geografía de las letras. El creador y el lector, finalmente, están abocados a situarse con voz propia, a exponerse y a proponer un discurso propio. Esto resulta obvio en el creador -si efectivamente lo es- pero lo es cada vez más en el lector: no se trata solo de consumir, digerir y expulsar obras sino de valorar lo que en ellas está inmerso. La interpretación crítica  es la acción intencionada de participar en el universo literario, la manera de juzgar con principios y argumentos. La mente de quien deambula por las calles y habitaciones de poemas, narraciones, dramas o ensayos, además de conocer y analizar, configura y emite apreciaciones  y evaluaciones.

Esbozadas estas cuatro condiciones para una ciudadanía literaria, giro ahora y con particular interés hacia el campo de la educación. La literatura no tiene como finalidad la pedagogía o la didáctica pero al ser un sistema de conocimiento complejo y  vasto nos puede permitir,  a quienes nos interesa, establecer los puentes y vasos comunicantes con la enseñanza y el aprendizaje. Ante todo porque con y desde la literatura podemos conocernos y comprendernos mejor como individuos y en tanto especie. Dice Doris Lessing en un lúcido ensayo largo (Las cárceles elegidas) que la literatura es el estudio de la humanidad por sí misma  y que ella nos enseña a valorar al individuo, a la persona que cultiva y conserva sus propios modos de pensar, que resiste al pensamiento de grupo o que no adaptándose más de lo necesario a las presiones del grupo, conserva su pensamiento y su desarrollo individual. Efectivamente, la literatura brinda la posibilidad de comprender  y respetar la diversidad, de contrastar imaginarios y creencias, de develar fisuras e intereses y de promover un cierto orden humano más digno y justo para todos. No gratuitamente la obra literaria es una sociología de alto vuelo para resituar los sentidos y las vivencias e hilar otras formas más  apropiadas de entendernos y coexistir.  

Sobre el anterior entramado, quien “enseña” literatura provee horizontes y quien “aprende” literatura se enriquece de opciones de vida y convivencia. El campo de la educación literaria aprovisiona un amplio y variado menú de formas de expresar y ver, de pensar y valorar. Situarse frente a  una época, género, grupo, autor u obra permite que el diálogo, el debate y  la proposición se constituyan en rituales privilegiados de ser y convivir; y sean estos dos, precisamente, los más necesarios y urgentes aprendizajes para nuestras aulas y democracias.

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