Quien desee penetrar en el palacio del saber por la puerta grande necesita poner de su parte tiempo y maneras. Los hombres que andan con prisa y no se prestan a ceremonias se contentan con acceder al interior por la puerta trasera.
Swift.
En la espesa maraña de las concepciones sobre la lectura crítica, resulta necesario precisar algunas consideraciones desencadenantes y, por lo mismo, estructurales respecto a esta actitud intelectual. Tal posicionamiento, lejos de querer dictar cátedra, propone avizorar estrategias para esta práctica tan en boga hoy pero que, vista con lupa, siempre ha correspondido a espíritus atentos y cuestionadores que encuentran en textos propios y ajenos una llave de bóveda para leer en profundidad.
Pongo a consideración cuatro situaciones para animar a leer críticamente y a formar lectores críticos. Consideraciones situadas en clave de la propia experiencia lectora y docente. Veamos.
o La lectura crítica es resultado de tiempo y dedicación
La primera consideración que encuentro significativa la retomo del ensayo de Estanislao Zuleta, Sobre la lectura, de 1982, según la cual leer es cuestión de tiempo, de rumia (acudiendo a Nietzsche). Leer es detenerse, aquilatar las prisas y refrenar el afán de hallar las recetas precipitadamente. La lectura, y su culminación mayor, la criticidad, rechaza los afanes del hombre moderno que “requiere informarse lo más rápidamente posible”; a esta temporalidad moderna se le opone una “lectura lenta, cuidadosa y rumiante” que se hace con detenimiento, palmo a palmo, párrafo a párrafo, enfrentando las particularidades, ritmos y secretos del texto. Cuando se lee, en sentido cabal, lo primero que se sacrifica es la premura; lo segundo, la búsqueda de soluciones predeterminadas y fáciles. Leer corresponde a tomarse en serio, con arduo trabajo intelectual, el laberinto de palabras y sentidos ocultos para abocarse, arrojarse a ellos sin acudir necesaria ni salvíficamente, expresa Zuleta, a manuales o autores que nos expliquen lo que estamos leyendo.
Leer, pues, es una aventura, una suerte de azar o trayectoria problemática que nos confronta con nuestras propias limitaciones en la que se demanda poner sobre la mesa paciencia, entrega, minucia, resistencia…terquedad. Sea posiblemente esta la primera y sustancial razón de por qué finalmente y pese a todas las demandas y preocupaciones sobre la formación de lectores críticos, no se logre a cabalidad el propósito. Sin tiempo y acuciosidad, la lectura crítica no es posible. La lectura tiene un tiempo propio: el de la siembra o la labranza, lo que involucra informarse de las generalidades del texto y el autor, leer con detalle, releer con propósito específico, cotejar con otras perspectivas, encontrar luces y sombras y, finalmente, asumir una postura propia; pensar por nosotros mismos. Quien lee se sirve de otro para llegar a su propio puerto o asumir sus propios naufragios.
Si se espera que el texto o discurso se despliegue abierta y fácilmente ante nosotros, si leemos buscando respuestas precisas o atisbando blancos y negros, se obtendrá información pero estaremos lejos de una lectura crítica. En este sentido, el «método» es leer con dedicación y tiempo; no hay otro.
Ahora bien, en cuanto a la enseñanza de la lectura crítica en las instituciones educativas, lo primero, creo, será elegir unos pocos textos y leerlos con pausa, entrar en sus habitaciones más secretas y, trayendo a colación a Byung-Chul Han en El aroma del tiempo, hacer del trabajo de la lectura un ocio, una vita contemplativa. En similar condición, la lectura íntima a la par de la lectura compartida y del diálogo animado por preguntas orientadoras y problemáticas y contrapreguntas imantará un espacio para la criticidad. Abjurar de la prisa y de las respuestas inmediatas serán virtudes de un formador de lectores críticos.
o Leer críticamente es pensar
Pensar, de sinnanm, en antiguo alto alemán, según el citado libro de Byung-Chul Han, significaba viajar. Pensar, aceptando esta etimología, viene a ser un trayecto, un camino discontinuo, irregular, lleno de idas y venidas, de avenidas y trochas. Quien piensa fluye, viaja, discurre. Pasa de la montaña al mar y de este a la sabana o la selva, en una vorágine que tiene apostadas ciertas metas pero fortuitas las rutas. Sea la figura del caminante, retomando la idea del filósofo colombiano Fernando González (en Viaje a pie, 1929), la que nos permita iluminar este concepto de la lectura crítica. Quien lee con criticidad deambula a pie, merodea a caballo o mula, recorre una geografía lentamente. El lector crítico explora y se detiene en palabras, párrafos, frases, va a diccionarios o contextualiza un período histórico (qué importante será esto), se asoma a las ideas políticas y estéticas del momento y husmea, observa, detalla. Pensar acota abrirse a las complejidades del mundo, dejarse habitar por voces y paisajes para entrar en uno mismo. El poeta nadaista Gonzalo Arango en el prólogo de Viaje a pie de 1967 sentencia: “el hombre no tiene sino sus dos pies, su corazón, y un camino que no conduce a ninguna parte.Pero ante este libro la respuesta es muy simple: este viaje conduce a usted mismo.» Pensar viene a ser algo así: recorrer un camino expuesto, el texto, para construir un sendero propio. El “método” del pensar crítico será entonces la actitud de observación y la cuidadosa vigilancia de los terrenos y los climas para encontrar, con evidencias propias y ajenas, la propia voz. La lectura crítica es la asunción de la voz personal, la ciudadanía adulta conquistada.
Y en este trayecto tan sinuoso y personalísimo la experiencia y guía del docente serán determinantes. En primera instancia, para que el lector crítico en formación tenga una carta de navegación (la emulación es necesaria en primer momento) que lo lance y oriente en las primeras travesías y así luego ubique sus propios pasos. George Güsdorf lo anota con notable belleza en su libro ¿Para qué profesores? Por una pedagogía de la pedagogía: “El maestro humano, en su relación con sus alumnos, no es más que una especie de mediador en la conciencia que cada uno puede tomar de sí mismo”. El educador y el libro ante quien se dobla el lector, lo son porque algo propio han encontrado y porque les es propio invitar a otro a encontrar lo propio. La alteridad de la lectura crítica es una metafìsica de la mismidad.
o La lectura crítica devela fisuras
La lectura crítica se diferencia de otros niveles de lectura porque indaga, husmea, cala hasta el fondo; porque devela. Es una lectura potente, en mayúsculas, dado que revela y valora. Desoculta una creencia, una fe, una ideología y asume una reflexión activa cara a éstas. Cuando se lee, por ejemplo, Cien años de soledad o El olvido que seremos, se desnudan las lógicas de la violencia, el abandono y la indiferencia del Estado y la sordidez de los pequeños intereses de una persona o grupo, pero también se desocultan los propósitos, sesgos e ideologías de un discurso, de cualquier discurso. Posiblemente esto de la lectura crítica sea el hallar fisuras: quitarle el velo a lo aceptado, destejer las creencias, sospechar de los lugares comunes.
Toda mole o edificio social se funda sobre ciertas presunciones de lo correcto o lo adecuado, de lo aceptado, de lo verdadero; con pulso de relojero y olfato de cazador a ellos se dirige el lector crítico: ¿qué se me quiere decir, especialmente entre líneas?, será la pregunta directriz o generadora. La actitud crítica funda a la lectura crítica. No se traga entero, se verifican sentidos y se examinan intersticios. Se va en pos de evidencias y falacias, de sobreentendidos y suposiciones. El lector crítico es un interventor de los símbolos sociales.
Las fisuras nos llevan a la comprensión, en su sentido más pleno. Leer el mundo, como diría Paulo Freire, connota topar las lógicas que determinan el ritmo de las manillas del tiempo y los mecanismos del movimiento personal y colectivo. Probablemente más comprenda sobre la velocidad la tortuga que la liebre; más con la sospecha de buey que con la eficiencia de la máquina se entiendan las relaciones intrínsecas del arado. El lector crítico, tortuga y buey, inquiere por las grietas, rendijas y fracturas del tejido social. El texto leído con parsimonia será la vía de acceso.
En el escenario de aula nada mejor para esta situación que promover hipótesis de trabajo; contrapuntos dados por el educador para identificar los pegamentos de la urdimbre social.
o Quien lee críticamente asume posición propia en diálogo con otros
“Finalmente” se llegará a dar testimonio de la lectura, del pensamiento rumiado. El lector crítico como explorador y descubridor dejará noticia de su viaje, del recorrido. Con el mayor acopio de evidencias y argumentos, dará su personal postura. La voz propia, ahora más adulta y con criterio, forjará su valoración.
Ya en un necesario ejercicio de pluralidad y diálogo constructivo, el tiempo de clase debería ser embebido en este momento por las disertaciones argumentadas, por las propuestas sólidas, por la fijación y examen a las ideas y no a las personas. Una educación centrada en la formación de lectores críticos reclama la alteridad razonada; apunta a esto: ciudadanos analíticos, creativos, tolerantes y propositivos, pues la actitud crítica más que diáspora y ensimismamiento, convoca el espíritu participativo y la corresponsabilidad.