La escuela de Atenas. Fresco de Rafael (1500-1510). Detalle.
Aunque hoy se afirme sin mayores remilgos ni concesión a dudas que la profesión docente es un ejercicio sustancial para la formación de las nuevas generaciones, que el docente es guardián de las tradiciones y valores de una colectividad e incluso animador y mediador del conocimiento y las habilidades de sus estudiantes, todo lo cual es necesario y válido, el punto que me parece determinante subrayar es que, en esencia, el educador es -o debería o podría ser- una conciencia vigilante; un hombre o mujer con la capacidad no solo de enseñar conocimientos sino por sobre todo de permitirse pensar y hacer que el otro aprenda a pensar. El quehacer docente, pues, como un oficio que propicia la reflexión en quien la ejerce y hacia quienes la despliega.
Por supuesto que es de reconocer el valor de transmitir valores, contenidos y alimentar habilidades en los aprendices; claro que se debe animar los talentos y mediar entre el conocimiento, la cultura y las nuevas generaciones, ni más faltaba, pero siempre desde un piso o soporte transversal que es, insisto, esa indispensable y neurálgica capacidad de pensar y dar de pensar. De hecho, se puede legar la tradición y los conocimientos, propiciar y darle vigor a los proyectos personales de vida y favorecer la maduración de habilidades en los estudiantes desde el ejercicio activo del pensamiento propio y del de los otros en un estado, llamémoslo, de alerta: un pensamiento en conciencia vigilante que florece mediante buenas preguntas y problemas, análisis detallado de discursos y contextos, reflexiones pausadas, escrituras depuradas, argumentos sólidos y propuestas de hondo calado. Se trata, dicho de otra manera, de que el ejercicio docente no sea única ni exclusivamente un rol de retransmisor o animador en medio de la astuta maquinaria para envolver voluntades y adormecer conciencias sino un puente activo, una pausa celosa, una cierta disposición diligente y atareada en la observación y la reflexión detenidas para develar los tejidos ocultos de la manta social que nos cubre y resignificarlos en aras de una propuesta más dignificadora e incluyente para todos.
Lo anterior convoca en el docente un cuidado espíritu de inquietud, observación y discernimiento que vive y contagia en el aula. Una capacidad de inquietud y templanza de carácter forjados para no caer presa del cálculo y la prisa (escenificados en el cumplimiento ciego de programas y competencias laborales o de mediciones sin participación ni contexto) y más bien creer y crear el oficio del pensar y sus rituales. Alimentarse, nutrirse, entonces, de una abundante dieta de resistencia hacia lo inmediato, lo rápido, lo rentable y lo obvio y en su lugar preparar y convidar banquetes de muchas y buenas lecturas pausadas -incluidas las de los “clásicos”-, de escrituras revisadas, de diálogos argumentados, de evidencias constatadas y de proyectos éticos, estéticos, espirituales y políticos.
Y muy especialmente en estos días que nos ocupan, dar tiempo. Sí. Tiempo para ser con uno mismo y con los otros: tiempo para leer, tiempo para escribir, tiempo para pensar, tiempo para convivir. Sí, detenerse en las cosas. Cotejar los afanes que nos venden y las prisas con que se nos premia. A guisa de ejemplo, destejer los juegos del lenguaje de los discursos mediáticos y viscerales y anteponer, en diálogo con los niños/as y jóvenes, una racionalidad empática. La educación debe dejar de ser motor de exclusión y tornarse en inclusión y reflexión continuas. Cada encuentro de aula es la mejor y privilegiada oportunidad para forjar ciudadanía responsable. En cada acto de enseñanza tenemos la capacidad, el poder de tocar y transformar emociones y pensamientos asumiendo que menos es más, que lo que merece enseñarse es aquello significativo que merece aprenderse para toda la vida. Enseñar a aprender lo esencial en profundidad: «De desnuda que está/Brilla la estrella«, decía Rubén Darío.
En un tiempo como este, determinado por la civilización del espectáculo, la hiperconectividad, la inteligencia artificial y la sociedad del rendimiento, una educación centrada en aprender a pensar con rigor y respeto, a convivir y a dirigirnos desde las buenas emociones es un pilar determinante para configurar sentido, consolidar democracia y crear trascendencia, más allá de los inmediatismos que nos ahogan y empobrecen.
Si Cesare Pavese sitúa al poeta en el oficio de vivir, bien podríamos emplazar al docente en el oficio de pensar y hacer pensar, lo que conlleva la inaplazable necesidad de pasar de una educación centrada en la enseñanza a una educación enfocada para el aprendizaje. Aprender a aprender viene a ser un criterio directriz en la formación para el siglo que corre.
Con razón expone Yuval Noah Harari: «Así pues, ¿qué tendríamos que enseñar? Muchos pedagogos expertos indican que en las escuelas deberían dedicarse a enseñar las ¨cuatro ces¨: pensamiento crítico, comunicación,colaboración y creatividad (…). Lo más importante de todo será la capacidad de habérselas con el cambio, de aprender cosas nuevas y de mantener el equilibrio mental en situaciones con las que no estemos familiarizados. Para estar a la altura del mundo en 2050, necesitaremos no solo inventar nuevas ideas y productos: sobre todo necesitaremos reinventarnos una y otra vez» (21 lecciones para el siglo XXI, Debate-Penguin Random House, 2018, p. 288).
Posiblemente el mayor pacto que requiera nuestro país sea ese: un gran acuerdo social por una educación de calidad para todos, signada por el aprendizaje y desarrollo del pensamiento crítico y creativo, la comunicación, la convivencia y la formación emocional. Así por fin, todos, ganaríamos. En eso consiste una buena educación.
No hay mejor definición de maestro. Daría para todo un foro sobre lo que hacemos a diario.