El miedo y la esperanza son emociones antagónicas que penden de la incertidumbre, aunque la primera inmoviliza, se recoge en el yo, el aislamiento y la desconfianza; es autoprotectora. La segunda es expansiva, abierta, empática y lleva a actuar. Las manifestaciones y protestas que se vienen sucediendo en nuestro país desde el pasado 21 de noviembre, aglutinadas nominalmente como Paro Nacional, nacen del miedo aunque se arraigan en la esperanza.
Ahora bien, estas manifestaciones y protestas vienen a ser multicausales y dispersas pero, efectivamente, obedecen a una indignación ciudadana más que justificada que ha tenido como principal caldo de cultivo a una clase política corrupta, indolente e incompetente, a un sistema judicial arrodillado e ineficaz, desigualdad laboral, pensional y sanitaria galopantes, a una educación pública limitada en cobertura y calidad, a la concentración inequitativa de riqueza, al abandono estatal de las regiones más alejadas y de los grupos étnicos que se debaten entre la violencia y el olvido nacional, ecocidios y, creo que muy especialmente y es nuestra mea culpa, a la indolencia de todos por lo público.
Pero tal vez lo más significativo de estas manifestaciones y protestas que apenas asoman es que son el germen, el atisbo de una nueva ciudadanía; esto es, de una relación diferente de los ciudadanos consigo mismos, con lo público, con la información, con los partidos políticos tradicionales, con los extremos de derecha e izquierda, con el populismo electorero y con el miedo y la esperanza. Tal como lo expresaba en otro link de este mismo blog (cfr.https://pensamientoycomprension.com/2017/11/03/la-politica-del-miedo/), ante una historia colombiana desgarrada, excluyente, tribal, regionalista, pletórica de monarquías criollas, de injusticias innumerables, de aquelarres de sangre y odio (política del miedo), ahora, especialmente desde la juventud, se está asumiendo una postura distinta: más empática, crítica y propositiva (política de la esperanza). En tales rasgos se va perfilando esta nueva ciudadanía, la cual demanda vivir de otra manera lo público y lo privado. Y para que esta ciudadanía en cosecha madure habrá que seguir persistiendo tercamente en una educación que enseñe con rigor conceptual y espíritu crítico historia, filosofía, ética, lectura analítica, escritura argumentativa y creativa e investigación social aplicada. Aquí está, creo, el meollo de las prioridades de quienes nos dedicamos a la enseñanza.
Las manifestaciones apenas inician y se enfrentarán a múltiples retos y obstáculos provenientes de la clase política, el silencio de los medios de comunicación subsidiarios de grupos empresariales intocables y hasta del cansancio mismo de los manifestantes pero se trata de mantenerse, de resistir con demandas claras y argumentadas acompañadas de acciones pacíficas y contundentes hasta que la sordera crónica del Presidente Duque, de los partidos políticos, el Congreso, la rama judicial y los dueños de tantos y tantos privilegios comprendan que las reformas sociales justas son necesarias y benéficas para todos, hasta para ellos mismos. Además de escuchar sinceramente a una sociedad indignada, se hace inapelable y urgente educar y fortalecer liderazgos nuevos que trabajen por políticas públicas equitativas; no creo que en esencia sea otro el tábano (al decir de Aristóteles), que esta lenta democracia nuestra requiera para pasar del miedo a la esperanza razonada. Como afirma Martha Nussbaum en La monarquía del miedo, «Tenemos que hacer esto todos los días si realmente tenemos intención de perseverar en tan difíciles y nobles objetivos. Una locura, pero también, como dijo Kant, una necesidad«.
