Recuerdo con claridad un libro escrito y editado por mi padre: La política del miedo (1961), en donde analizaba cómo el proceso político en Colombia en los siglos XIX y XX estuvo marcado por oposiciones virulentas, radicalismos ciegos, violencias enquistadas en todos los órdenes sociales y en donde el conservadurismo y la clericalidad gobernaron sistemáticamente hasta convertirnos en parte de lo que hoy somos. Creo que mi padre, Francisco López (confrontar el link Carta breve a un maestro, en este mismo blog), como siempre agudo y valiente en sus ideas, visionó lo que es nuestra política actual. Hoy día que hablamos de “Posconflicto”, “Izquierda”, “Derecha”, “Centro izquierda”; “Centro derecha”, “Enemigos de la patria”; hoy día que pululan las ofensas, las mentiras, los intereses personales de familia o grupo; hoy que estamos inundados por la corrupción y la impunidad, vuelvo a mi padre, a sus ideas, a su libro La política del miedo, porque en esta categoría se enuncia con precisión lo que es y lo que viene para las próximas elecciones presidenciales y de corporaciones en Colombia. Independientemente del bando, partido o filiación a que pertenezcan, lo cierto es que el telón de fondo de la gran mayoría de políticos estriba en sembrar una política del miedo, cueste lo que cueste a fin de ganar como sea.
Sean las reflexiones que siguen, escritas a manera de párrafos breves o ideas ejes extensas, una invitación a pensar con criterio, a razonar con argumentos, a dialogar con ideas y sobre todo a no votar asistidos por una política del miedo.
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Los colombianos traemos a cuestas un fardo: pensamos que lo “público” es peyorativo y que la idea de “pueblo” entraña populacho o chusma. Nos reconocemos por el apellido o el estrato. Así las cosas, difícil concebirnos como unidad, como comunidad, menos aún, como proyecto social posible. Y en buena parte todo esto se debe a que nos ha gobernado y gobierna aún más hoy una política del miedo.
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Política del miedo quiere decir el trabajo históricamente planeado y dirigido por unos pocos -individuos, familias y/o grupos políticos- hacia el realce y predominio de las emociones más primarias y excluyentes: el asco, la indiferencia al otro y el egoísmo. Su retórica ensalza términos como “patria”, “apátridas”, “enemigos “, “terroristas”. Sus escenarios actuales más predilectos son las redes sociales, los noticieros, las entrevistas y la plaza pública.
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La política del miedo gusta de volver estructural lo coyuntural y anecdótico lo argumental. Pasa, se desliza, diría, entre aforismos y moralejas y se distancia de argumentos y contra argumentos. Su estructura discursiva es la emocionalidad populista y sabe jugar muy bien con los temores más íntimos de una sociedad. Entonces, fácilmente emplaza las reflexiones por las advertencias. Para vergüenza nuestra, muchos de estos políticos y “padres de la patria” que nos merodean son ejemplos epónimos de tal práctica política.
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A la par de mover retóricamente los miedos o temores más secretos de una sociedad, esta política del miedo acude regularmente a la infamia y la frágil intimidad del opositor -enemigo- para reforzar su mesianismo. “Solo nosotros los salvaremos de los otros”, ese es uno de sus eslogan. La intimidad pasa de ser derecho ciudadano a plataforma electorera.
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La familia y la patria -esto es , el localismo más inmediato y emocionalista- son los símbolos de la política del miedo. “Todo atenta contra ellas si lo permitimos”, suelen decir sus representantes. Dicho de otra manera, la política del miedo desnuda las mínimas seguridades, fractura las opciones opuestas a su ideario para advertir sobre las pérdidas que se pueden venir y con ello generar reacciones básicas y radicales a su favor.
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La política del miedo es más efectista que programática. Aunque propone ciertos planes y desarrollos sobre lo público, lo cierto es que apela sustantivamente a generar afectos: amor, lealtades, acatamientos y desconfianzas; recelos, temores y hasta odios. Básicamente es sectarista y fragmentaria. Tiene una influencia gruesa en los intereses de las gentes y desde allí se mueve y articula. Por lo mismo, invoca enfáticamente a ciertas imágenes sociales y medios de comunicación masivos para impactar.
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La política del miedo gusta de los caudillos. Especialmente en América Latina y de manera particular en Colombia, donde la imagen del padre es más sombra o ambigüedad, esta política recurre a la imagen del varón fuerte de corazón noble, a un todo poderoso cercano y salvador quien hará justicia por nosotros, quien será la voz de los sin voz, quien remediará el caos e implantará el reinado del orden impoluto. Y mejor si el caudillo es de extracción “popular”, pues él redimirá la vieja rencilla y la histórica lucha de un pueblo siempre agobiado.
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Su estética es, digamos, doble: teatro de la cortesía y teatro de la vehemencia. Cortesía que recoge las buenas maneras, la gentileza, la afabilidad y la cercanía con todos; vehemencia, al ser impetuoso y enérgico el discurso y los rituales. Esta doble simulación estética crea un efecto significativo en quien ve y observa: se asume que este grupo político es cordial, amigable, pero que a la vez no ceja en sus ideas. Efecto estético que redunda en una convicción ética: se puede ser amable pero vertical en lo que se cree, como el buen padre. Y este doble entramado genera fascinación y seguimiento.
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Lo dicho: la intencionalidad de fondo en la que se mueve la doble teatralidad de esta política es la de alimentar el miedo, por ello su discurso está centrado en el temor y la incertidumbre, en el afán de buscar seguridad y certezas a cualquier precio. Al no ser programático tanto como efectista, irrumpe en la intimidad del opositor (la más de las veces tildado de “enemigo”) y busca desnudar las fragilidades y “pecados” del otro para obtener más adeptos. Lo difamatorio y la exultación de secretos ajenos hacen las veces de “argumentación” para justificar la emocionalidad en un proceso electoral.
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El mobiliario de tal teatralidad son los símbolos patrios -la bandera, el escudo, el himno nacional- a la par de joyas culturales de la mayor querencia nacional como la ruana, el sombrero vueltiao o el carriel. El hecho es destacar lo más propio, lo más local como sinónimo de certeza, de raíz, de proyecto impostergable. Lo local toca los sentimientos más cercanos, apela a la niñez y la familia –la tradición- y crea una suerte de cofradía o gueto que no deja alternativa: o se está con ella o contra ella. Este tono localista, nacionalista, corta de raíz la posibilidad de pensar desde lo inclusivo y lo universal.
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La psiquis colectiva de la política del miedo tiene un principio: Nosotros tenemos la verdad, y los otros o están equivocados o se han desviado. Sobre tal esquizofrenia imaginaria se tejen las relaciones, las propuestas y bajo ese axioma se amparan las ofensas y los improperios.
Docente universitario, investigador y ensayista. Áreas de énfasis: Lecturas y escrituras, Educación para la comprensión y Modelos educativos. Asesor y consultor en Enseñanza para la Comprensión y en Didácticas para el desarrollo del pensamiento crítico y la educación ética.
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