… ¿Y entonces en qué educar, sustancialmente, hoy? (2)

Obra de Stephan Schmitz

Parece ser que la supremacía de las experiencias extremas, el poderío  del emocionalismo y el afán vertiginoso de la novedad se instauran e instituyen una nueva forma de vida en casi todos los rincones y latitudes. El hombre de hoy yace presa de las mediatizaciones de la información (o más bien de los regímenes de la des-información masiva y las posverdades), de los “opinómetros” y de los flujos caprichosos y acríticos de las redes sociales… Algo así como que asistimos al refinamiento de un nuevo ethospatrocinado por la Sociedad del espectáculo, en el cual la prisa, los cambios constantes y  el divertimento pasan a un primer plano. Posiblemente la gradación varíe pero todo apunta a que para los niños y jóvenes este ethos es su inevitable nueva Carta de ciudadanía.

Con esto en mente, surge una pregunta incómoda pero ineludible: ¿y entonces en qué educar, sustancialmente, hoy?Lo que nos lleva también a la incómoda y poco recomendable actitud contemporánea de tomar posición, de asumir con criterio una respuesta y de mantenerse en ella, al menos hasta que lleguen nuevos y mejores argumentos. Responder a  esa inquietud implica, valga la redundancia, decirse e implicarse. Continuemos con otros vértices a las respuestas inicialmente formuladas en la anterior entrada de este mismo blog.

5ª. Disciplina y responsabilidad

So pena de  ser tildado de anacrónico o de estar en contravía a la espontaneidad, pienso que la educación debe ser, principalmente,  un esfuerzo, un rigor, un trabajo más que un esparcimiento, entretenimiento o un pasatiempo. Me inquieta sobremanera en el ámbito universitario presente la demanda de  los estudiantes más por el placer y la diversión, por “pasarla bien en clase”,  que por la  firmeza y la tenacidad. De caer ante estas demandas, ¿qué sociedad y profesionales estamos formando?

No se logran las metas sin voluntad, carácter ni responsabildiad. La educación formal es una herramienta para acceder a la vida adulta, a la ciudadanía, al trabajo, a la productividad responsable, sin caer, claro es, en la monotonía o el autoritarismo. La vida tiene espacios propios para cada estadio: el hogar brinda afecto, vínculos y principios (se supone);  los amigos complicidad, afecto y experiencias compartidas; la educación formal, bases metodológicas, conceptualización, análisis e investigación (se aspira), y el trabajo, cumplimiento y responsabilidad. Cada cosa en su lugar pues así como no se puede confundir el aula de clase con una cafetería tampoco se ha de  liar la casa con el trabajo. Posiblemente  el afán de novedad y  los edictos del divertimento nos estén nublando la razón.

Pienso ahora en una clase magistral: ¿de dónde acá está siendo desterrada so pena de exigir solo “didácticas innovadoras, colaborativas y auténticas”? Siempre será necesario y formativo escuchar a quien diserta con propiedad y fluidez, con claridad y perspectiva crítica. No todo puede ser devorado por “lo que nos gusta”, el activismo  o las plataformas digitales; claro que son importantes y valiosos el gusto, la actividad y las tecnologías de punta pero la docencia no es exclusivamente esto; también es posición, postura, directriz, cátedra. Enseñar implica enseñar algo, modelar algo, demostrar algo y en ello la cátedra magistral es ineludible.

Posiblemente lo que de fondo esté en juego en estas nuevas demandas a los docentes y a los ambientes de clase sea el hecho de equiparar la educación formal con un centro comercial o una empresa virtual, pero ella,  sin desestimar las conexiones y encuentros pertinentes con aquellos, ante todo  enseña y reclama análisis, disciplina, responsabilidad, esfuerzo; someter lo dado a la duda, desconfiar con evidencias de las creencias, poner bajo la lupa los entenderes del momento. Si en una clase no se piensa y no se enseña a pensar, ¿cómo podemos ser más dueños de nosotros mismos?

6ª. Enseñar a leer

En paralelo con el anterior aspecto, enseñar a leer es indispensable. Posiblemente lo más importante de la educación formal sea esto: enseñar a leer, que se desagrega en leerles, leer con ellos y leer el mundo.

Cada vez más confirmo que habitar un texto(entrar, deambular, recorrer, tomar posesión de un discurso) es lo más importante que se puede hacer por las nuevas generaciones, especialmente si  han optado en ser educadores. Aquí se conjuga todo: paciencia, hábito, método, análisis, argumentación, debate, proposición. Enseñar a leer es, como quien dice, la enseñanza fundamental.

Y sí: leer en pantalla, leer los medios, leer los hipervínculos y también, por supuesto, leer los textos en físico. Pero leer;  leerlos, no ojearlos. Así las cosas, en toda sesión de clase debería darse un espacio para lo fundamental: escuchar, subrayar, identificar, distinguir, jerarquizar o debatir un párrafo, un apartado, una imagen, un video, un capítulo. Si la educación no enseña el poder del lenguaje otros harán que el poder del lenguaje nos vuelva súbditos.

 

7ª.  Pensar

Consecuencia de las dos anteriores esta. Aunque no sea usual decirlo, a pensar se aprende. El pensamiento no brota como hierba ni es espontáneo como una reacción; se aprende a pensar, esto es, se llega tras un proceso demandante a organizar las experiencias y las creencias, a someterlas a validación, a establecer relaciones y distinciones, a forjar conceptos e inferir categorías, a precisar criterios y evaluar y actuar con juicio. Así es como podemos tener más comprensión del mundo y sostén para nuestras acciones.

Para ello, cómo no servirse de las investigaciones sobre el aprendizaje, sobre las neurodidácticas o asimilar –leer- a los grandes pensadores, artistas o inventores. Por qué no, en similar condición, enseñar a preguntar y proveer  métodos de análisis, destrezas argumentativas o técnicas heurísticas.

Lo que hoy denominamos Pensamiento crítico–lo cual, vaga confesarlo, ocupa mucho de mis reflexiones y clases desde hace un buen tiempo- es lo expuesto en los párrafos anteriores: un proceso de reflexión ordenado y demandante para actuar con criterio.

 

8ª.  Aprender a escuchar y dialogar

como lo he sostenido en otras entradas de este mismo blog, la capacidad de escuchar es cada vez más escasa: impera la necesidad de mostrarse, de decirse, de estar en las redes, de figurar. Algo así que como que quien no está en los medios no existe. Consecuencia de lo anterior, aprender a escuchar, tomar atenta nota de lo que el otro dice, rumiar el discurso ajeno nos cuesta. Queremos  de entrada dar nuestra opinión, esbozar nuestros “argumentos”, calificar y enjuiciar sin conocer lo que ocurre al otro lado. Somos presas fáciles del inmediatismo de la emoción, del  arrebato protagonista de imponer nuestro parecer. Así las cosas, la educación formal urge de activar el oído, de vivificar la atención, de alertar sobre  el principio elemental de que antes de hablar se piensa y antes de pensar se escucha.

Luego sí se puede, y se debe, impulsar el diálogo, que es ante todo una actitud para comprender, establecer semejanzas y diferencias y pactar acuerdos. El diálogo permite pasar del subjetivismo a priori –otra propiedad del ethos actual- a la intersubjetividad consciente y deliberada. Por lo mismo, el diálogo es una forma de adultez de la vida ciudadana;  una condición sustantiva de la vida democrática que demanda estrategias, tiempos y especial atención en la educación.

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