Parece ser que la supremacía de las experiencias extremas, el poderío del emocionalismo y el afán vertiginoso de la novedad se instauran e instituyen una nueva forma de vida en casi todos los rincones y latitudes. El hombre de hoy yace presa de las mediatizaciones de la información (o más bien de los regímenes de la des-información masiva y las posverdades), de los “opinómetros” y de los flujos caprichosos y acríticos de las redes sociales… Algo así como que asistimos al refinamiento de un nuevo ethospatrocinado por la Sociedad del espectáculo, en el cual la prisa, los cambios constantes y el divertimento pasan a un primer plano. Posiblemente la gradación varíe pero todo apunta a que para los niños y jóvenes este ethos es su inevitable nueva Carta de ciudadanía.
Con esto en mente, surge una pregunta incómoda pero ineludible: ¿y entonces en qué educar, sustancialmente, hoy?Lo que nos lleva también a la incómoda y poco recomendable actitud contemporánea de tomar posición, de asumir con criterio una respuesta y de mantenerse en ella, al menos hasta que lleguen nuevos y mejores argumentos. Responder a esa inquietud implica, valga la redundancia, decirse e implicarse. Veamos, pues, algunos vértices de la respuesta que me atrevo a formular (y esto, creo, aplica para todos los formatos y niveles educativos y no riñe con las temáticas propias de las disciplinas):
El silencio
En un mundo incesante y de fragor, signado por la competencia y las batallas, por el deseo insaciable de ganar o ganar, de obtener utilidades sin importar los medios, se hace necesaria la pausa. La lentitud, el paréntesis atento, pues la quietud del cuerpo y de la mente oxigenan nuestra existencia. Por unos momentos no hacer nada, dejarse invadir por la serenidad apacible de la inactividad. Aunque resulta extremadamente difícil, es cierto, poco a poco la templanza del cuerpo y de la mente entrarán en un cierto sigilo, en un descanso. Escuchar, si se quiere, al cuerpo, dejar fluir la mente. Escuchar el silencio. De hecho, iniciar una sesión de clase con este silencio que al inicio será perturbador y caótico, nos develará la necesidad de contemplación interior que tanto requerimos. Para ello, por ejemplo, atender a los murmullos del contexto, enfocarse en una melodía, fijarse en un objeto, sin ninguna pretensión, sin mayor exigencia que la de no hacer nada, absolutamente nada, buscando el vacío.
Cuando se va accediendo, paulatinamente y con repetidos ejercicios, a ese estadio de conciencia del propio cuerpo, de los propios fluidos, de los latidos y movimientos interiores, nos vamos acercando, paralelamente, al conocimiento de los flujos del pensamiento; a las ideas, imágenes, recuerdos y sensaciones que nos habitan, para establecer, progresivamente, contacto consciente con aquello que nos rodea.
Por supuesto que animar acciones de silencio es demandante. Implica en primera instancia que el propio docente haga sus adiestramientos y que alimente ambientes de tranquilidad, confianza y pausa en los estudiantes. Al silencio atento se llega y la clave reside en insistir, con respeto y sin improvisación, en momentos regulares de silencio. Solo la constancia mostrará los frutos de esta capacidad de convivencia con uno mismo y con los otros.
La observación
En tanto hacemos prácticas de silencio, en tanto nos obligamos a no decir nada, a clausurar por unos minutos los labios y solo escuchar y escuchar, podemos iniciarnos a un estadio eficaz y maravilloso: el de la observación. Detenernos tercamente en algo, interno o externo. Preferiblemente al comienzo en un objeto grande y vistoso, y luego en objetos más comunes hasta transitar hacia detalles minúsculos de personas, hechos, sensaciones e ideas.
Enfocar la mente en la observación nos lleva a atender las diferencias y comprender las relaciones. Quedarse obsesivamente quietos, en silencio, solo mirando y mirando algo educa la mente, concentra la mirada, esclarece el intelecto. De hecho, buena parte de las consabidas “dificultades lectoras” estriba precisamente en nuestra incapacidad para concentrar la mente; no es que no se comprenda algo, es que no lo observamos pues todo nos distrae. Efectivamente nos hemos convertido en transeúntes de un gran centro comercial llamado mundo actual; se trata, entonces, de atender, con pausa y cazando detalles, a una sola vitrina. Luego a un solo objeto de esa vitrina, luego solo a un detalle de uno de esos objetos de esa vitrina.
En un inicio la concentración será solo de la mirada, sin decir nada, sin explicar nada, sin dar razón o testimonio de lo observado. Seguidamente podemos transitar a decir de manera oral aquello que nos sorprendió o los detalles que encontramos, para que en un tercer momento pasemos –y qué importante esto- a escribir, ya con lujo de detalles, todo lo observado. Dicho de otra manera: detenerse con minucia en algo silenciosamente, después comentarlo y finalmente caracterizarlo en un texto.
Cuando educamos en la observación, cultivamos la reflexión y el análisis. Fomentamos la creatividad. No creo que esta capacidad sea algo de poca monta en un artista, un inventor o un científico.
La admiración moral
En un texto exquisito y lúcido, “La mejor de las miradas”, Aurelio Arteta nos enseña la importancia de formar en la admiración moral, en esa indispensable capacidad ciudadana para determinar qué es lo mejor y quién o quiénes lo hacen, para emularlos. Posiblemente sea esta admiración moral lo que tanto nos urge y más en Colombia: tener modelos de referencia, personas y acciones que reflejen lo mejor de lo humano, para trasegar en su imitación y en la consolidación de la verdad, la belleza y la bondad y, en igual condición, en el rechazo de lo corrupto y de lo más bajo. Siguiendo a Hannah Arendt, lo más preocupante no es el mal sino la indiferencia de las personas buenas.
Ante líderes deleznables, corruptos o banales, debemos enseñar la importancia de las cosas buenas y perdurables para ser y vivir de mejor manera. Por ello, puede resultarnos pertinente acudir a biografías, testimonios de personas o acciones que reflejen las mejores obras humanas. Frente a un ethos de lo relativo, debemos instaurar un orden de lo adecuado; diferenciar lo correcto de lo incorrecto; enseñar a desear y emular lo bueno y rechazar y denunciar lo impropio. Formar en la sensibilidad moral, en la coherencia ética no es cuestión de discursos, seminarios o campañas sino de criterios claros en donde se identifique y separe lo que está bien de lo que está mal. Y para iniciar en esta virtud, una pregunta: ¿cuáles son los referentes morales, esas personas que representan lo mejor de lo humano y merecen ser emuladas?
4ª. Los hábitos
Nada valioso se logra sin hábitos, sin rutinas que a fuerza de repetirse se interiorizan y dirigen la conducta. Los hábitos, que en un primer momento llegan impuestos de fuera, mecánicos que parecen no tener sentido, pero que cuando se hacen regulares forjan el carácter y dan jerarquía a los actos de la cotidianidad. Los hábitos nos permiten diferenciar lo accesorio y circunstancial de lo esencial y determinante; nos permiten pasar de lo genérico a lo especifico, de lo anecdótico a lo valioso, pues un hábito le da contextura y regularidad a lo que consideramos significativo.
Efectivamente, sin hábitos nos gobiernan las emociones más básicas y los caprichos del momento. La emocionalidad adormece las prioridades y confunde los proyectos con las ganas pero, en sentido contrario, serán los hábitos los que nos permitan conciliar lo importante con las estrategias para llevar a buen término nuestro sentido de vida.
Así las cosas, la pregunta sería: ¿qué es lo cardinal en mi vida para hacerlo hábito?
Docente universitario, investigador y ensayista. Áreas de énfasis: Lecturas y escrituras, Educación para la comprensión y Modelos educativos. Asesor y consultor en Enseñanza para la Comprensión y en Didácticas para el desarrollo del pensamiento crítico y la educación ética.
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