No pareciera un despropósito el título que antecede a esta reflexión si no fuese porque, precisamente, en la educación superior en estos tiempos que corren, la reflexión ética y la autonomía intelectual estén pendiendo de un hilo. Dado que ante todo interesan los resultados, el avanzar rápidamente y rápidamente obtener un título para “salir a producir” o mejorar el salario –esto último apenas entendible-, entonces el estudio pausado, la reflexión argumentada y la asunción de principios éticos no vienen a ser prioridades.
Los lemas-símbolos de hoy son: “Rápido que estoy de afán” y “Como sea”. Rápido que estoy de afán es la representación de un tiempo discontinuo, fracturado, de una carrera cortoplacista, loca, sin relevos ni pausas para graduarse y colocarse, para sumarse a la maquinaria del trabajar-producir-consumir-trabajar-producir-consumir…. Por lo mismo, posiblemente, los ritmos didácticos que más se demanden en las aulas sean la variedad, la multiplicidad y la brevedad, tomados de los paradigmas mediáticos. Pero dedicarse, por citar un ejemplo, a leer un libro, a detenerse en lo que dice y lo que quiere decir, o sentarse en silencio a escribir –otro ejemplo- y reescribir, parecen cada vez más cosa del pasado.
Y el Como sea reseña a que no es necesario el “embadurne ético” sino la efectividad y los resultados. Algo así como que mi fin justifica cualquier medio. Por lo mismo, las consideraciones éticas, el balance sobre lo correcto y lo incorrecto, quedan para el cuarto de San Alejo. El Como sea se dice, hace y enseña desde la presidencia de la República con las mermeladas, lo replican muchos de los togados en sus veredictos, no pocos congresistas viven de él con el clientelismo o, para no ir tan lejos, numerosos profesionales como ingenieros lo llevan a cabo con tal de ganar más.
¿Ante este espectro tan complejo y avasallante, qué hacemos las universidades? ¿Acaso no somos los docentes universitarios los primeros en exigir “resultados académicos” (el como sea) sin mediar en los procesos ético e intelectual? ¿El llamar la atención, hacer repetir una actividad o ejercicio, zanjar límites o decir “así no” están en la agenda cotidiana nuestra? ¿O puede más el cumplimiento de los programas? ¿También nos devanamos los sesos por buscar, como sea, didácticas variadas, múltiples y breves? Ahora que lo recuerdo, en mi pregrado tuve el privilegio de escuchar (esa facultad ética y política cada vez más borrosa hoy) a algunos hombres y mujeres que pensaban lo que decían, que pensaban su oficio y meditaban sobre los grandes asuntos de su campo de conocimiento; y sí, creo que aprendí más de ellos que de tanto devaneo actual sobre estrategias innovadoras y activismos efectistas de aula, como si no se estuviera en un salón de clase sino en un recreo de grandes o en un campo de fuegos pirotécnicos. Lo que acaso más necesite hoy eso que llamamos Educación superior sea gente ética, con autonomía intelectual, que piense más, que enseñe a pensar y a argumentar y menos gente con títulos, afanes y exigiendo resultados Como sea… Finalmente, me pregunto, ¿qué es, o qué debería ser, lo “superior” en la educación superior?
Docente universitario, investigador y ensayista. Áreas de énfasis: Lecturas y escrituras, Educación para la comprensión y Modelos educativos. Asesor y consultor en Enseñanza para la Comprensión y en Didácticas para el desarrollo del pensamiento crítico y la educación ética.
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