En las pasadas elecciones legislativas nos jugamos la primera carta. La segunda será este domingo. Y la pregunta que nos debe rondar al momento de depositar nuestro voto en la urna será: ¿qué país queremos para las nuevas generaciones de colombianos? ¿Queremos una país que siga signado por los radicalismos, los extremos, los odios, la irreflexión y la guerra? O, por el contrario, ¿un país que pueda iniciar tránsito hacia la convivencia, el diálogo, la inclusión, la transparencia en la gestión pública y la educación de calidad para todos? Tal es el tamaño de la decisión que tomaremos este domingo. Y la invitación, creo, no es a pensar de manera cortoplacista o según las conveniencias de familia, grupo o tradición, sino más bien a situarnos en perspectiva, a votar dibujando el paisaje que queremos para los próximos años y décadas. A votar pensando no tanto en nosotros como en los niños que se están levantando y en los jóvenes que inician su camino. Por todo esto, las elecciones próximas serán históricas y marcarán el derrotero de lo porvenir en nuestras fronteras.
Flaco favor nos hacen los extremos, ya sean de derecha o de izquierda. Bastante de ello tenemos en nuestra historia. Hoy son grupos con otros nombres, ayer eran Cachiporros y Chulavitas, pero, en esencia, el conflicto es el mismo: odio, sed de venganza (ya sea en nombre del “orden” y la “ley” o de la “reivindicación del pueblo”), radicalismo. Y como los extremos no se juntan y dado que votamos más con las vísceras que con la razón (la ética propuesta por Aristóteles sigue siendo apenas una teoría), pues estamos ante la misma y vieja encrucijada: o “ellos” o “nosotros”, o “paracos” o “guerrillos”. El panorama electoral actual es la muestra tangible de lo que somos, de nuestro ethos, de la intemperancia del carácter que nos gobierna. Más allá de las encuestas y los medios de comunicación– cada uno con sus propios intereses-, de lo que se trata es de pensar con cabeza fría, de analizar eso: ¿qué país queremos para las nuevas generaciones de colombianos? Y guiados por nuestro criterio y no por la conveniencia o el impulso, dejar un voto de conciencia para el futuro de Colombia.
Y si el triunfo llegara a ser de la extrema derecha, posiblemente se radicalice aún más el país, se vaya al traste el Acuerdo de la Habana y la JEP, se unifique (politice más y quiebre) lo poco que queda del sistema judicial, se tire por la borda lo que pueda llegar a ser un acuerdo con el ELN y los “soldados de la patria” (esos hijos de campesinos, de las gentes sin dinero ni influencias políticas, pues los hijos de los más poderosos y adinerados son intocables) vuelvan a ser la carne en el asador para satisfacer las emociones más primarias. Si por el contrario, triunfa la extrema izquierda, igualmente se radicalizará el país. Podrá venir un período de revanchismos, de intentos fallidos sobre economías que nacieron muertas, de soberbias y sobreendeudamientos para proyectos ambiguos. En uno u otro extremo, igualmente, estarán en realidad grupos que ostentan poder y ansias de perpetuarse; aves de rapiña dispuestas a no ceder su presa.
Entonces no es fácil por quién votar. Que nos guíen, ojala, la razón, el equilibrio, la mesura. Pensemos, a solas y por un buen rato, qué persona, grupo y programa puede ser el más cercano al país que queremos para nuestros hijos, nietos y bisnietos. Pensemos quiénes han demostrado con evidencias ser los menos corruptos (porque en política es imposible la absoluta transparencia), quiénes buscan el diálogo como principio de convivencia y la educación como motor del desarrollo. Pensemos si queremos más radicalismo y odio o una sociedad en donde podamos iniciar la senda de la convivencia. Finalmente y con todos los errores, es preferible una sociedad que busca salir de la guerra a una sociedad que insiste en volver a ella.
Docente universitario, investigador y ensayista. Áreas de énfasis: Lecturas y escrituras, Educación para la comprensión y Modelos educativos. Asesor y consultor en Enseñanza para la Comprensión y en Didácticas para el desarrollo del pensamiento crítico y la educación ética.
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