Conquistar la autonomía ética e intelectual

 Ilustración de Pawel Kuczynski. 

Podría parecer una frase de cajón o un sueño irrealizable. Desde las estrategias de Sócrates por hacer que cada quien piense por sí mismo hasta las más innovadoras estrategias de educación virtual, la meta sigue incólume: formar ciudadanos capaces de razonar con criterios y argumentos claros para alcanzar una vida ética y una ciudadanía solidaria.  Por supuesto: es más fácil no pensar, es más factible dejarse gobernar por otros, es más cómodo no analizar ni decir lo que se piensa y escudarse en el “afuera” –trabajo, pareja, jefe, salario…- y pasar la vida así. De hecho, buena parte de la educación se ha encargado de formar personas de ese talante: mejor acomodarse que evaluar, mejor subsistir que arriesgarse, mejor colindar con el delito que denunciar. La parresía de la que habla Foucault viene a ser más la excepción que la norma y los modelos y sistemas educativos preponderantemente se han atrincherado en esa tranquila posición pero, ante las condiciones de vida actuales, lo que más se requiere es de lo contrario: de ciudadanos éticos capaces de analizar, evaluar, proponer y trabajar por el bien común. La argumentación y la ética vienen a ser los dos pilares de trabajo en las actuales coyunturas políticas, económicas, sociales y morales.

Y para que ellas -argumentación y ética-, sean ejes de la vida social y de los sistemas educativos, se requiere revisar nuestras formas de convivencia, nuestra relación con el conocimiento y con nosotros mismos. En tanto siga imperando un enfoque social de trabajo y productividad con base en los postulados de competencias, difícilmente podremos augurar un futuro digno para las nuevas generaciones. Si el núcleo de la vida sigue siendo la eficiencia, la competitividad o la ganancia financiera, todo aquello que en esencia importa –el buen vivir: la dignidad, la convivencia y la democracia- terminará por ser, cada vez más, mero decorado. De no hacer un alto en el camino y seriamente preguntarnos   cómo queremos vivir, la maquinaria del utilitarismo que convirtió al ser humano en medio terminará por excretar todo aquello que suene a humanismo y con ello todos perderemos.

Sea pues la educación, y muy particularmente los educadores, los que abramos y mantengamos un debate insistente y argumentado por cómo queremos vivir y qué debemos hacer hoy para conquistar esa forma de vivir. Lo que urge es, pues, un programa político, ético y educativo basado en un humanismo crítico que con argumentos vaya más allá de los males que nos ahogan. Males que de seguir contando con nuestra silenciosa complicidad, se llevarán al traste, precisamente, a la poca autonomía y ética intelectual que aún tenemos.

 

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