No hay que reprochar a la vejez que sepa prescindir de los placeres, hay que felicitarla por eso.
Cicerón.
Devenimos lo que somos cuando estamos cerca de nuestros ancianos.
Robert Dereker.
“Bienaventurada vejez” (Bogotá, Fondo de cultura económica, 2017), de Robert Redeker, filósofo francés, es una obra breve, punzante y contundente. Leerla es una ejercicio retador pues nos enfrenta a nuestra propia vejez, a la manera como nos relacionamos con los viejos, especialmente a los más cercanos como nuestros padres, y porque desnuda una concepción profunda e intimidante de nuestra forma de vida actual.
Su planteamiento central: “Por increíble que parezca, la vejez está en peligro. Este peligro no proviene de la naturaleza, de la muerte que pone fin a cualquier vida, sino de la cultura, del complejo ideológico que domina a las sociedades occidentales . Dos líneas de fuerza determinan esta maraña ideológica: el jovenismo y el utilitarismo ideológico. La vejez está en peligro de muerte. Está en peligro de gerontocidio” (p.9).
A través de un preámbulo, veintiún ensayos cortos y una conclusión, se tejen ciertas ideas categóricas, parafraseadas desde mi lectura así:
-
La vejez y la muerte son condiciones que nuestros contemporáneos desean distanciar y olvidar. Le tememos a ellas como los medievales temblaban ante el infierno. Así, hoy día el infierno no es un más allá sino un más acá.
-
Para nuestros antepasados (recientes y remotos) la vejez era preparación para un tránsito a otra vida, umbral de otro porvenir. Para nosotros es frustración, negación de la vida, muerte antes de la muerte. Lo que antes era un ceremonial iniciático hoy es un rictus aborrecible.
-
El capitalismo y su hijo consentido, el consumismo, se sueñan jóvenes e inmortales, aspiran a un eterno presente. Esa es nuestra utopía inmortalista. En tal entramado, la obsolescencia programada (negación de la duración) halla en la vejez su mayor infierno.
-
Para el utilitarismo y el economismo, los viejos cuestan mucho y no generan ganancias. Paralelamente, los Estados progresivamente se van desentendiendo de estos “parásitos”. Las reivindicaciones sociales como el derecho a una pensión digna, por tanto, cada vez más son cosa del pasado.
-
El jovenismo es la ideología dominante: forma de ser en el mundo; el valor supremo radica en querer verse y ser reconocido como siempre joven. Los templos del jovenismo son el cuerpo lozano y el gimnasio. El bótox y el Viagra, sus estandartes.
-
El jovenismo, mirado en detalle, es una mentira en doble faz: expulsa a los mismos jóvenes de la posibilidad de un futuro (adultez y vejez) y a los ancianos de un pasado.
-
Las generaciones anteriores heredaban un legado y legaban una herencia. Los jóvenes de hoy subvaloran las herencias y descreen de los legados.
-
El viejo de nuestro tiempo es un viejo paradójico: es un viejo que no se reconoce como tal.
-
Actualmente a ninguna entidad superior le agradecemos el don de la vida ni de la vejez. El alma humana ha perdido la gratitud.
-
Los ancianatos son la muerte social de la vejez. Se muere antes de morir.
-
La negación de la vejez puede ser consecuencia de la muerte de Dios.
-
Al cadáver, a los restos humanos, se los invisibiliza; hoy los exhumamos. Entre más rápida sea la velación, entre menos se llore al difunto, mientras menos luto haya, cuánto mejor es la cosa. En similar condición, la categoría de desecho es central en las sociedades de consumo. La vejez es desecho.
-
El imaginario de la vejez como edad de sabiduría y plenitud cada día se desdibuja.
-
La política vista en tanto sentido de realización de un futuro colectivo ha sido remplazada por las maniobras políticas, para las cuales las redes sociales son la gran plataforma programática y el rating el valor supremo.
-
Cada vez más los viejos son la cantidad y los jóvenes el valor.
-
La modernidad tardía es una cultura de la muerte porque se ocupa sistemáticamente de reducir y reprimir a la muerte por medio del asilo, el hospital, los hogares de ancianos y la morgue. En oposición a esa malsana costumbre de envejecer y morir, se le anteponen el higienismo y el sanitarismo.
-
El temor y rechazo a la vejez nos aparta de la condición humana y de la vida misma en su plenitud.
-
La actual tanatopraxia hace de las cremas antiarrugas, el bótox y el Viagra sus cosméticas.
-
Tan humanas son la enfermedad, la vejez, el dolor y la muerte como la salud, la juventud y la risa. La vida no se entiende ni es plena sin las unas y las otras.
-
Si no se valoran la vejez y la muerte no se podrá comprender la vida misma.
-
Los cementerios serán los museos del futuro.
-
No se puede aspirar a una genuina felicidad sin la vivencia y valoración de la vejez.
-
Ocio, lentitud, aburrimiento y meditación: reconciliación con el tiempo.
-
La vejez trae consigo la liberación de ciertos afanes, vanidades y apariencias, lo cual nos torna en personas más libres y sabias
-
Poseer la sabiduría podría definirse así: tener en cualquier edad la edad de la vejez.
¡Qué gran reflexión! Comparto la idea de que la vejez acompaña al hombre desde siempre y es erróneo intentar negarla. Todos deberíamos ser consientes de que se es joven o viejo no por nuestras condiciones físicas (solamente) sino por la mentalidad y la actitud con que asumimos cada suceso de nuestras vidas, lo cual nos hace tener la sabiduría y paciencia de un anciano o la lucidez y creatividad de un joven.
¡Saludos!
Gracias Sebastián por la lectura del blog y el comentario.
Hola profe Rodolfo. Después de leer sus apuntes, queda uno como… ¿En qué mundo estoy?
Ary, en un mundo que requiere mucho trabajo d los docentes y los artistas.