Ilustración de Gabriel Pacheco.
Me parece altamente sugerente una idea de Foucault: más que hablar de pensamiento crítico habla de actitud crítica. Él afirma que ésta es “una cierta manera de decir, de actuar, una cierta relación con lo que existe, con lo que se sabe, con lo que se hace, una relación con la sociedad, con la cultura, una relación, también, con los otros (…)”[1]. Este cambio de perspectiva es muy enriquecedor a mi juicio pues ante todo subraya el hecho de asumir la vida, en su totalidad, como un proceso además de intelectual, ético, político, estético y emocional, comprometido siempre con examinarse y examinar. Examinar la propia vida y examinar la vida de la cultura. Decir actitud crítica refiere, efectivamente, que se trata más de alimentar procesos continuos de sospecha, balance y proposición que enunciaciones esporádicas, así sean muy brillantes. La actitud comporta una orientación selectiva y activa del hombre, una predisposición cercana al hábito, un conjunto de ideas, actos y propuestas analíticas y valorativas que direccionan la vida personal. De hecho, puedo hablar críticamente todo el tiempo, pero sin la actitud crítica lo enunciado no necesariamente me compromete. En cambio, una actitud crítica conjuga el decir con el hacer y el proponer, hacia sí mismo y hacia el mundo de la vida. En la actitud crítica se va la condición misma de quien habla y no sólo su discurso; la actitud crítica sobrelleva el sentido de proyecto vinculante y de gobierno de sí.
Por lo anterior, la actitud crítica tiene un alto costo: me la juego en el momento en que hablo, no sólo ante los demás –lo cual ya de por sí es temerario- sino por sobre todo conmigo mismo pues lo dicho recae y refigura también mi propio hacer y mi propio proponer: lo sentenciado hacia fuera toca el adentro. El lenguaje, en tal concepción, se torna generacional: genera un efecto público pero igualmente crea un resultado íntimo. Así, lo político se conjuga con lo ético; huelga decir, lo enunciado no se expresa irreflexivamente, no se habla por hablar; lo que hablo lo sopeso antes de decirlo y una vez dicho vuelvo a examinarme. En este entramado, queda claro que el pensamiento crítico es condición propia de la actitud crítica.
Si ello no fuera así, se podría caer en las pirotecnias verbalistas o en los blancos y negros y dejaría de ser, precisamente, pensamiento crítico; se tornaría en proselitismo, fanatismo u oportunismo coyuntural. Quien piensa críticamente vive críticamente. Expone su pensamiento, halla las fracturas del mundo social, claro, pero en similar condición, evalúa su propio pensar y actuar; conoce y pulsa sus propias zonas frágiles. La actitud crítica denota el ejercicio pleno de la libertad pero asimismo el de la responsabilidad: “la crítica será el arte de la in-servidumbre voluntaria, el arte de la indocilidad reflexiva”[2]. En tanto arte exige la capacidad de vigilia, un cierto estado permanente de alerta y de creación continua de uno mismo; como in-servidumbre, una forma de resistencia, de no dejarme gobernar así, de cierta forma, como el mismo Foucault lo anota. Entonces pensar críticamente efectivamente viene a ser un momento de la actitud crítica, casi que una consecuencia natural de ese estado artístico y de resistencia permanente.
Y si es una actitud continua, la pregunta sería: ¿cómo puede ejercerse en el docente y en la esfera educativa? Considero, en tal sentido, que la primera tarea viene a ser el trabajo con uno mismo, una suerte de pragmática de sí[3] en donde cada quien se examina y se torna en su propia obra de arte, en un continuo inacabado que se mira, se piensa y evalúa buscando cada vez mayor coherencia entre su hacer y su decir. El primer sujeto propio de reflexión será, entonces, uno mismo; el hombre particular que pone en suspenso lo que es y quiere ser. Interioridad que se piensa y reconstruye. Y esta labor ética, que implica un arduo estado de conciencia de sí, un volver sobre uno mismo, un traer al presente la historia personal y los valores e imaginarios que me gobiernan, será la piedra fundacional de una, digamos, educación crítica, la cual no inicia, en absoluto, en el afuera, en la institucionalidad educativa, sino en la eticidad del sujeto. Tal pragmática de sí sitúa la vida personal como pregunta, como interrogante; incertidumbre que invita al viaje interior para saberse y rehacerse.
Una vida examinada podrá permitir, paralelamente, la capacidad para mirar y evaluar el ethos de las instituciones, la forma misma de ser y gobernar de la institucionalidad que ha regulado a los sujetos. Desde qué principios se articula la vida social, qué tipo de humanidad soporta los discursos; qué teleología promueve qué valores, relaciones, prácticas y productos de la vida colectiva. Cuál es la concepción de lo correcto, de la verdad – aquello “adecuado” para todos-, y cómo se direcciona el sentido de vida de las personas. Entonces, a la par del mirarse a uno mismo se mira aquello con lo cual se está en relación. Una mirada reposada, indagadora que recoge y contrasta evidencias para transitar del capricho o el mero parecer al análisis y el juicio.
Un docente que realiza tal ejercicio cotidiano y habitual de miramiento tiene mayor acerbo para formar en el otro tal actitud crítica. El vinculo formativo centrará, pues, su eje en la forma de observarse y observar el mundo, de interactuar con sí mismo y con los otros. La educación crítica devendrá, pues, como una forma de relacionalidad esencial, de diálogo abierto y ponderado para encontrar el sentido de lo que somos, de por qué somos como somos y de cómo podemos ser lo que queremos ser.
Con base en las anteriores reflexiones, bien se puede entrever que la educación crítica es ante todo un proyecto, un recorrido, un itinerario abierto, constante y creativo más que un recetario de actividades, lo cual conlleva, sí, ejercicios permanentes de silencio, concentración, estudio, análisis, diálogo, valoración y proposición. Entonces se tratará más de generar preguntas que asumir pasivamente información, más investigación y sistematicidad que acciones inmediatas, más tiempo para elaborar balances y argumentación que emocionalidad y relativismo. Una sesión de clase bajo tales consideraciones invita a poner en suspenso lo dado, a desandar la propia forma de ser y actuar y a hallar los ejes que direccionan la vida personal y colectiva, en aras de proponer un estado de humanidad más alerta, respetuoso, digno y creativo.
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Referencias:
En el campo educativo la actitud crítica sonaría como a algo netamente académico, lo cual implicaría seguir unas determinadas reglas que conduzcan a la obtención de ciertos resultados; sin embargo, la actitud crítica, desde mi punto de vista, pretende que los sujetos generen conocimiento a partir de la pregunta, como bien lo apunta el profesor en el texto, dado que es esta la que suscita el debate y el diálogo, teniendo en cuenta que «todo conocimiento comienza por la pregunta» como lo afirmó el maestro Paulo Freire en su momento.
Comparto tu reflexión Sebastián.
Excelente reflexión Sebastián y gracias por el comentario.