La educación como ética del cuidado

¿Qué tipo de humanidad somos y cuál queremos ser ? ¿Cuál es la mejor democracia posible? ¿Cómo debemos educarnos para convivir de mejor manera? Estas preguntas concitan la necesidad de  reflexionar sobre nuestro ethos actual. En lo particular, ellas me han llevado a recobrar la inquietud por las Éticas de la virtud , tema a mi juicio prioritario aunque olvidado en las políticas educativas y prácticas curriculares de la pedagogía actual. Por lo anterior,  transcribo un apartado de un capítulo titulado «La didáctica de las virtudes: Un escenario para cuidar de sí y cuidar del otro» (en: Virtudes en la escuela. Reflexiones, prácticas, discursos. Diego Arias y Rodolfo A. López, Editores. Unisalle: Bogotá, 2015).  Este capítulo es parte de una investigación llevada a cabo en la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle.  

Tal temática, que sigo profundizando, nos puede dar pautas para resignificar el complejo horizonte de los tiempos actuales.

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El mundo inventado por la revolución industrial y la economía del capital ha trabajado sistemática y exitosamente sobre cuatro principios: extracción, producción, consumo y  desechos. Ese mismo mundo ha situado a la ética como un estado de excepción, como una anomalía tolerable que debe ser vigilada. Hasta hoy, ese mismo mundo ha configurado una serie de modelos y marcos educativos sustancialmente reproductivos y conservadores de su propio ethos, razón por la cual la actual perspectiva educativa ha perdido capacidad de respuesta ante el  vacío que nos habita. Las concepciones y prácticas pedagógicas están, mayoritariamente, ancladas en el uso pragmático de  los contenidos, de la información, de los demás seres humanos  y del planeta. Su cuerpo doctrinal siguen siendo las disciplinas; el mito de la especialización no ha cedido su trono. Sin desmeritar en absoluto estas grandes conquistas pedagógicas, sí  cierto es que ante las actuales  condiciones de  vida, se hace necesario pensar de nuevo la concepción de educación que queremos y requerimos y creo que esta concepción debe estar cercana al cuidado de nosotros mismos y de las relaciones con la vida.

 

La ética del cuidado ha sido un proceso reciente de resignificación de la acción moral basada en la preponderancia de los vínculos y en la atención a las  relaciones. Se  vive de manera más ética en tanto nos relacionamos con nosotros y cuidamos de los otros. Esta fundamentación, originalmente planteada por Carol Gilligan (1994), promulgó que a la par  de una ética de la justicia –abstracta, anclada en el deber ser y   propia de la experiencia masculina del mundo-, se debería dar  una ética del cuidado, más cercana a la voz y experiencia femenina de la vida. A la par de Gilligan,  Nel Noddings (2009) promulgó que la educación moral se fundamenta en la praxis relacional,  y que ésta se debe centrar en el cuidado. Para estas autoras, el cuidado es el  verdadero núcleo de la moralidad, más que las aspiraciones normativas, los individualismos o la justicia; pero el cuidado entendido como un acto intencionado,  atento, vigilante, cotidiano; un cuidado como acción creciente de humanidad hacia los demás; no como un maquillaje del afecto. Así las cosas, la ética del cuidado deviene como una perspectiva afincada en la manera como vivimos con nosotros mismos y con los demás; como una acción conscientemente dirigida  hacia el buen trato, hacia la comprensión y ocupación de los conflictos que brotan en los encuentros y en los desencuentros.

 

La ética del cuidado, continuando con Noddings, aboga por la comprensión de las responsabilidades que se tiene para con los demás, siempre en situaciones particulares. Este principio, para el caso de la educación, resulta de capital importancia hoy en día en tanto nos lleva a pensar no sólo en función de nuestros propios intereses sino en formarnos como personas en relación, personas con responsabilidades éticas hacia los demás. Una educación desde la ética del cuidado, nos impele a desplazarnos de  los límites individualistas y a transitar hacia una vida que tiene sentido y se hace desde y por las relaciones.  Desde esta óptica, la educación deberá estar unida, inevitablemente, a unas ciertas prácticas del cuidado, a una atenta, frecuente e intencionada configuración  del cuidado de uno mismo y del cuidado del otro; del cuidado del alma, del cuerpo y del pensamiento, como diría Foucault (1990).

 

Definitivamente para las presentes y futuras generaciones no basta ni bastará con la actual educación empresarial, con la formación centrada en el conocimiento especializado, en la productividad y en la competencia abierta, lo que en buena parte nos ha llevado a la pragmática del utilitarismo. La noción  depredatoria que tenemos hacia los demás y los usos extractivos con los que  miramos al planeta, propios de una cultura patriarcal-pragmática, deberán  ceder ante la comprensión y trato  cuidadoso de la vida.

 

Nelson Mandela hablada del Ubuntu, que traduce algo así como “Soy porque tú eres”. Mahatma Gandhi afirmaba que la única posibilidad del cambio era cambiar uno mismo:  “Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo.” A esto se refiere, precisamente, una educación ética del cuidado. Y dicha formación  bien podría iniciar con unas preguntas incesantes, ascendentes y maceradas en el día a día. Preguntas-ejes tales como: ¿quién soy? ¿Qué tipo de persona quiero llegar a ser? ¿Cómo edifico, con los otros, una vida mejor? Esta ontología ética nos llevaría a  discurrir en una resignificación del ser de la educación.  Por medio de ciertas acciones, la “tarea” educativa fundamental y fundacional sería  transformarse y transfigurarse con los otros. Así,  el reto de la educación actual no sólo se situaría en  enseñar  las disciplinas y las  tecnologías, en desarrollar las competencias o en preocuparse por las tan mentadas cobertura o eficiencia, sino ante todo y por sobre todo, en ocuparse de uno mismo, de los otros y del mundo.  Cuidar de sí y cuidar del otro, entonces, no estaría solo ni exclusivamente  relacionado con unas actividades sueltas o    “campañas” a corto plazo, sino con una renovación estructural y continua de nuestras concepciones y prácticas personales y colectivas. Con esto, hablo de una educación más serena, más sólida y más solidaria. De una educación que también eduque en la pausa, en la reflexión, en la escritura ética y estética, en el diálogo, en la ocupación de sí y en el cuidado por el otro.

 

Esta apuesta nos llevaría, en primera instancia,  a reconsiderar las concepciones que tenemos sobre    conocimiento, poder, subjetividad, relaciones y  convivencia. En segundo lugar, nos invitaría a trabajar nuestra vida interior y en un tercer momento, a ocuparnos del bien estar de todos, pues una educación ética anclada en el cuidado asume como quehacer y hábito reiterados la operación hacia la vida personal, a manera de  una especie de trabajo que afecte el modo de ser del propio sujeto. Por eso ocuparse de sí implica siempre una elección y una confrontación con sí mismo y una co-construcción con el otro; una erótica y una política, dirá Foucault (1990).

 

Georg Lind (2008) rubrica de manera tajante el problema: “La educación no ha llegado a la democracia y no llegará mientras ésta separe de manera estricta  la clase de determinadas disciplinas y la clase de moral, y se dedique unilateralmente al  fomento de técnicas y tecnologías” (p. 15).  Lo anterior implica que una educación del cuidado no  puede caer en el discurso o en la preceptiva, que no es asunto de una nueva asignatura o de cartillas para actuar mejor;  muy al contrario, esta propuesta asume la práctica de la ética como umbral para  vivir de una manera más amable, digna y solidaria.

Gadamer (1993), hablaba  de  una educación como Bildung, esto es, de una formación humana no a la manera en que  se producen los objetos sino del modo específicamente humano que surge del proceso interior de formación y conformación permanentes.  Lo importante de esta concepción educativa es que rescata el papel cardinal del  hombre respecto de sí mismo; del niño, joven y adulto que se preguntan por su propia vida, por su propia forma de ser y de actuar, por las condiciones que los han configurado y por las posibilidades y maneras de hacerse cada vez mejor; por gobernarse de manera más consciente, libre y corresponsable. Educación entendida como forjarse. La educación que se pregunta por el sentido de la vida, en tanto cuidado, pone de relieve entonces el conocimiento de sí mismo y el hacerse con los demás, acciones que se dan en una experiencia histórica configurada de manera intencionada, compleja y progresiva.  Así,  el sujeto se forma con los otros  para la vida íntegra y no sólo para  un aspecto parcial de ella (la profesión o la adquisición de riquezas materiales).

 

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Referencias bibliográficas

Foucault, M. (1990). Las tecnologías del yo y otros textos afines.  Barcelona: Paidós.
Gadamer, H. (1993). Verdad y método. Salamanca: Sígueme.
Gilligan, C. (1994). La Moral y la Teoría. Psicología del Desarrollo Femenino. México: Fondo de Cultura Económica.
Lind, G. (2008). La moral puede enseñarse. México: Trillas.
Noddings, N. (2009). La educación moral. Buenos Aires: Amorrortu.

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