No creo equivocarme al considerar que, si no todos, al menos la mayoría de los educadores estamos de acuerdo en que la finalidad de nuestro quehacer profesional es el de proveer formación humana a los estudiantes, independientemente del nivel de educación en el que estemos. Y cuando digo formación humana, acoto animar y mediar para que las nuevas generaciones y los adultos en formación tengan mayor acceso comprensivo, crítico, propositivo y argumentativo a su propia vida y a los bienes de la humanidad. Que se hagan dueños de sí mismos, convivan de manera democrática con otros, desarrollen un proyecto de vida y contribuyan en algo a hacer de este mundo un lugar mejor. En eso, asumo, estamos de acuerdo aunque las mediaciones para lograrlo definitivamente varían.
Una de estas mediaciones, prioritaria por su naturaleza y alcances, considero, es la de educar centrándose en procesos sistemáticos y progresivos de lectura y escritura. Me refiero a que más allá de los niveles en donde se realice la docencia o de las asignaturas que se trabaje, forjar comunidades de lectores y escritores debe –debería-ser una prelación de cualquier educación. Comunidades de lectores y escritores que vienen a ser colectividades –docentes y estudiantes- que se dedican, en singular y plural, de modo intencionado, explícito, progresivo y formal a leer y escribir: a conocer sus hábitos y estrategias de lectura y escritura, a cualificarlos, a establecer puentes entre los textos y la vida personal y colectiva; a analizar, evaluar y proponer sobre textos y a partir de textos. Si cada docente se dedicara con empeño a leer y escribir con sus estudiantes podría sentirse satisfecho, pues leer y escribir son disposiciones para pensar y vivir de manera más consciente, solidaria y creativa.
¿Dificultades para llevar a buen puerto tal mediación? Varias. La primera tiene que ver con la propia reflexión y cualificación de los hábitos y estrategias de lectura y de escritura del propio docente. Difícilmente se puede dar a otro lo que no se tiene o lo que poco se ha desarrollado. Por ello, la condición inicial del ser maestro es declararse, en mente y cuerpo, aprendiz. No lo sabemos todo y respecto a la lectura y la escritura, menos. Saber cómo se lee y cómo se escribe, cómo puedo hacerlo hoy mejor, encontrar las lecturas-guías de la vida personal y del oficio, escribir con cierta claridad y sentido vienen a ser los retos primarios para quienes nos dedicamos a enseñar a otros.
Una segunda dificultad estriba en lograr cambiar nuestra mentalidad, esto es, en transitar de prácticas de enseñanza centradas en la transmisión de temas a conquistar el conocimiento y el pensamiento desde preguntas, problemas, hipótesis, eventos e investigaciones, y por medio de lecturas y escrituras –propias y de los estudiantes- acercarse a ellos, lo cual, paradójicamente, tocará los temas que tanto nos desvelan.
Una más. La planeación de las actividades de aula, que requiere, desde la perspectiva que propongo, pensar más, leer más, explorar más, sistematizar nuevos horizontes. No tanto volver al mismo syllabus o Plan de estudios ya dado como evaluarlo y darle una nueva mirada, otro tono que nos dirija a forjar tales comunidades de lectores y de escritores. Aquí han de ser claves las lecturas elegidas (las que todos leeremos), y las lecturas de profundización (aquellas que permitirán a cada quien alimentar sus búsquedas y profundizar los objetivos de la clase). Y la par de las lecturas habrá que sopesar con detenimiento qué didácticas básicas animaremos y daremos como línea de nuestra acción educativa: seminarios, mesas redondas, estudios de caso, lectura oral en clase, lectura comparada, taller de escritura… No se trata, como se puede inferir, de hacer muchas cosas sino de elegir con criterio y dedicarse a unas pocas lecturas, escrituras y didácticas. Ya habrá tiempo y cursos para nuevos textos y apuestas pedagógicas.
Una cuarta dificultad –y ésta es mayúscula-, es la de la cultura de la lectura y la escritura. En Colombia, al menos, leer y escribir no son ejercicios habituales pero en la medida en que insistamos con confianza, templanza, apoyo de otros pares –qué importante esto- y buenas lecturas, escrituras y didácticas, iremos generando cambios: lentos, al principio casi imperceptibles, pero en el mediano y largo tiempo se podrá vislumbrar un nuevo horizonte en nuestros colegios y universidades. Las verdaderas revoluciones nacen de la propia conciencia y del trabajo silencio y constante de los docentes.
A las anteriores dificultades me gusta entenderlas más como retos, tempestades que todo itinerario tiene pero sin los cuales la meta sería poca y deslucida. Bien nos enseña Cavafis en su Ítaca que no es tanto el puerto como el trayecto lo que vale en la vida. Ojala que este viaje –siguiendo al poeta griego- sea largo, lleno de aventuras, Cíclopes, perfumes y sabios. Que dure mucho y mucho nos esforcemos pues si tenemos claro el horizonte, si comprendemos que leer y escribir con otros son actividades sustantivas para ser mejor seres humanos y convivir mejor, entonces valdrá la pena la travesía.
Docente universitario, investigador y ensayista. Áreas de énfasis: Lecturas y escrituras, Educación para la comprensión y Modelos educativos. Asesor y consultor en Enseñanza para la Comprensión y en Didácticas para el desarrollo del pensamiento crítico y la educación ética.
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