Ilustración de Brad Holland.
La sociedad en la que nos movemos ha generado múltiples y estructurales transformaciones en todos los ámbitos de la vida. Desde esferas tan disímiles como la prolongación del promedio de longevidad hasta la comunicación virtual, asistimos a una época en la que no paran los cambios, las innovaciones, los descubrimientos y los avances en todos las ramas del saber. Y para los educadores, tal panorama nos impulsa a repensar nuestro lugar en el aula, sencilla y llanamente, porque no podemos educar a nuevas generaciones con paradigmas que ya no responden a las exigencias y problemas del presente. Nos corresponde, pues, una reeducación de nuestros propósitos formativos y prácticas.
En cuanto a los propósitos con los que iniciamos nuestro quehacer docente, al menos la transmisión de conocimientos, el aprendizaje pasivo y acrítico y la enseñanza de ciertos valores deben ser cuestionados, puestos en suspenso, reeditados. Ahora más que transmitir contenidos, se trata de enseñar a tener criterios éticos y críticos sólidos de búsqueda en las redes para no ser presa de los intereses de otros, para propiciar una vida propia examinada, plena, consiente y solidaria. Más que alentar un aprendizaje repetitivo de la información, concierne generar inquietud, búsqueda, sospecha, análisis, evaluación de evidencias y argumentación sustentada de la propia voz. A lo anterior, agreguemos que los ambientes de aula de hoy implican comprender y respetar la diferencia y alentar la convivencia (más que la competencia) y los límites acordados. Sobre tales propósitos tenemos una agenda retadora, compleja y difícil para encarar los nuevos decenios.
Respecto a las prácticas, y en tanto consecuencia de la revisión crítica de los propósitos, bien valdría la pena sopesar la necesidad de lograr, prioritariamente, la visibilidad y movilización regular y creciente del pensamiento. Estrategias, didácticas, procesos y productos encaminados a que se piense (cognición), a que se analice cómo se piensa (metacognición), se piense con criterio y evidencias y se evalúe con argumentos (uso ético del discurso). En otras palabras, promover prácticas de aula encauzadas a alimentar, desarrollar y fortalecer una cultura del pensamiento. Por lo tanto, las preguntas polémicas, el diálogo crítico, la escritura, la investigación metódica y los proyectos con índole social nos podrán permitir hacer que los estudiantes vean en la educación formal una posibilidad interesante y pertinente para sus vidas.
Pero tales propósitos y prácticas sólo hallarán raíz en la vida diaria del aula si los docentes sometemos a examen crítico lo que hacemos, y emprendemos, con disciplina y estudio, la senda de nuestra propia reeducación.
Buena noche, maestro.
Es interesante el planteamiento de la búsqueda de la transformación del quehacer docente con miras a mejorar las rutinas adelantadas en el aula de clase. Esto en vista a que es de cardinal magnitud los cambios que hay que hacer desde la mirada del docente. Cabe señalar que si no se hacen cambios sustanciales dificilmente van a verse reflejados resultados de transformación en el estudiante.
La tarea del docente cada día es más exigente, en el sentido que debe estar mejor preparado para asumir, con responsabilidad ética, la tarea de ser un aprendiz, modelo de enseñanza y un director de procesos en el aula. Es propender por ser ese sujeto que muestra, a través del ejemplo, que las cosas se pueden realizar y, sobre todo, cambiar de rumbo con la educación. Asimismo, a que muestre a través de la crítica que los procesos de pensamiento hay que direccionarlos hacia un pensamiento crítico, máxime, ahora que todo se vuelve gasesoso por la abundancia de información que se aglutina en los medios masivos.
En suma es una tarea de alta envergadura pero que corresponde a los educadores asumir desde las aulas para lograr cambios sustanciales.
Con aprecio
Totalmente de acuerdo contigo, Gracias por el comentario.
Buenas noches, profe. Cordial saludo. Me gustó mucho su escrito sobre nuestro ejercicio profesional. Me preocupa, dentro de muchas otras, dos aspectos al respecto. ¿Cómo ejercer las prácticas educativas a la luz de las nuevas tendencias sociales, sin caer en las mismas «enfermedades sociales y sicológicas» del estudiante de hoy? La segunda pregunta es más bien una preocupación. ¿No iremos nosotros los educadores en contravía, por lo menos en dos barcos diferentes, por un río en el que desembocan otros afluentes y cada vez coge más fuerza, en cuya desembocadura final hay un punto de no retorno social?
Ari, esas preguntas son pertinentes y creo que debemos responderlas todos los docentes.Gracias por tu continua lectura de mi blog. Un abrazo.
Ari, como siempre gracias por tus comentarios.Creo decididamente en que apostarle a la educación es creer, contra viento y marea, en lo mejor posible de lo humano. Un abrazo.