Una permanencia de dos años

 

Recuerdo bien que sobre abril de 2015, es decir hace ya dos años, me decidí a crear un blog que diera cuenta de mis reflexiones y escrituras en torno a la educación y el pensamiento crítico. La primera intención era y es consignar escrituras breves, mantener la mano suelta, imponerme el hábito del texto corto que pueda decir algo sobre algo. La segunda intención era y es compartir con las personas cercanas, y muy especialmente con mis estudiantes, tales reflexiones y apuestas. En un tercer momento estaba y está el hecho de situar mis propios textos como ejes de discusión en las conferencias o charlas a las que me invitan. Afortunadamente ninguna de estas tres finalidades se ha resquebrajado; muy al contrario, de manera inesperada cobran más valía, mayor fuerza, se vigorizan en los comentarios que recibo de quienes me leen y en los diálogos que surgen a partir del blog.

Pero a la par de ello, me parece sustantivo ver mi propia escritura, volver sobre mis ideas. Como que un blog permite hacer de espejo, trazar los rumbos y los senderos recorridos, atisbar en distancia el propio paisaje tejido con palabras y párrafos. Incluso un blog mantiene una alegre tensión entre lo dicho antes y lo que se está diciendo ahora. Además de ser un interesante dispositivo didáctico, es una especie de centro de memoria personal: antes decía, ahora digo… Un blog, al menos uno educativo como éste, teje puentes entre la intimidad de la escritura y las voces de los otros; entre un tiempo anterior y uno actual.

Por supuesto, un blog también establece un difícil reto: la continuidad. Se debe escribir con frecuencia, se debe estar publicando. Entonces la fiebre inicial, el impulso primero y jovial, empieza a tornarse en exigencia, en demanda. Propio de la escritura, la disciplina aflora en golpes de conciencia interpelando “Esta semana no has montado nada nuevo”. Así, un blog no sólo desafía a su autor a decir algo significativo –al menos para él- sino a decirlo bien y a mantenerse profundizándolo en el tiempo. La cuerda se tensa con esto de un blog. No hay reverso. Si se toma la decisión debe continuarse; no se puede claudicar. Aunque bien sabemos que los temas de quien escribe finalmente son pocos, eso no excusa no volver sobre ellos con otros matices, con nuevas tintas, con renovados bríos, pero volver sobre ellos. Escribir es, efectivamente, una lucha en el tiempo. Una resistencia a toda prueba; una insistencia terca, una tozudez impenitente. Sin disciplina no habrá escritura.

¿Peligros? Al menos en la experiencia de estos años, dos: el primero, escribir por escribir; dejarse gobernar por la demanda propia del blog, ceder la escritura ante el medio digital. Algo así como que escribir cualquier cosa “con tal de subir algo”, lo que en muchos casos termina empobreciendo la escritura y traicionando las ideas más sagradas. Y segundo: publicar refritos. Dado que no he escrito nada últimamente, entonces apelo a las viejas escrituras que aunque interesantes se pueden tornar en la Medusa del bloguero.

En fin… Escribo porque necesito escribir, porque es mi más personal forma de estar vivo. Porque son el placer y el sufrimiento más indescriptibles que tengo. Escribo para mí e intento escribir para otros. Procuro decir algo interesante bien dicho. Ese es la opción que, por demás, ha hallado en este blog el testimonio de una persistencia secreta volcada a lo público.

A todos los que me han leído. A todos quienes me hacen llegar sus comentarios. Muy especialmente a aquellos seguidores: GRACIAS por su generosidad y espero que estos textos y los por venir les sigan dando alguna luz para el camino.

Rodolfo A. López D.

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