Proclives a seguir de manera acrítica los mandatos de las redes sociales, hemos llegado a un punto ciego: nuestra intimidad se feria sin pudor en la internet. El mandato de hoy, siguiendo a Zygmunt Bauman (en un lúcido libro escrito a cuatro manos con Leonidas Donskis, “Ceguera moral- La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida”, Paidós 2015), es el “Me ven, luego existo”. El vacío de sentido, el afán de novedades y la aplastante lógica del consumismo mediático, nos llevan por autopistas en donde estar en las redes es el criterio rector para “sentirnos vivos”. Quien no figura en Facebook o Twitter es arrojado a un anonimato punitivo. La ordalía de nuestros tiempos, la sociedad confesional de hoy reposan en tales medios de comunicación; en ellas se dictamina el nuevo gobierno de las emociones y el principio del discernimiento ético. ¿Y el precio a pagar por ser miembro de esta sociedad virtual? La intimidad. Parece que la exposición de los más personales sentimientos, experiencias, ideas y momentos de la vida personal deben ser publicados para tener “mil amigos”. El necesario recato por los secretos es cosa del pasado pues el Gran Hermano exige la develación, la mostración. Ante una sociedad cada vez más voyerista, el Reality show pasa cuenta de cobro a quien se sustrae de sus tentaciones. No estar en las redes es tanto como asumir el destierro. La omnipresencia del Yo muestro traza los valores de las nuevas formas de las relaciones humanas. El clásico precepto de Freud según el cual la civilización es una forma de compensación creada por los individuos para obtener seguridad a cambio de la entrega de una parte sustantiva de su libertad, se mantiene en este escenario virtual.
Por supuesto, no se trata de condenar, abolir o destruir estas formas de comunicación masiva, que por demás sería imposible. Más bien la idea radica en cuidar la intimidad, en sopesar el uso de las redes y de zanjar una adecuada distancia entre la vida más personal y la pantalla. La mesura, el recato y la privacidad deben ser los ejes de la vida personal más que el libre mercado de la cotidianidad. En este orden de ideas, bien vale la pena pulsar hasta dónde se llega, qué se dice y a quiénes. Algo así como volver por una educación de la intimidad, por darle supremacía a aquello que de fondo nos constituye, por cerrar las puertas de la habitación; establecer un claro orden jerárquico que diferencie lo aceptable de lo indebido, alimentar espacios de reflexión y soledad, nutrirse de relaciones más directas y presenciales (claro, éstas son más complejas y retadoras) y pensar, con mucho recelo, lo que se va publicar.
La vacuidad moral, las sofisticadas formas de control a la genuina libertad personal y el eslogan “nada personal, sólo cuestión de negocios”, nos han tornado progresivamente insensibles a los secretos, a la privacidad. Ante una sociedad cada vez más dirigida por las emociones irreflexivas, las “chivas” y el espectáculo, el pudor (palabra cada vez más extraña) se hace mercancía y trampolín de popularidad. Una subjetividad mal entendida (esto es, vista como mero placer y finalidad en sí misma) se entroniza en nuestra vida personal y colectiva y hace trasvase de lo más recóndito a lo más publicable.
Finalmente y como el relato breve La rana que quería ser una rana auténtica, de Augusto Monterroso, del afán desmedido por ganarse la aceptación de los otros, sólo queda la pérdida del sí mismo.
Docente universitario, investigador y ensayista. Áreas de énfasis: Lecturas y escrituras, Educación para la comprensión y Modelos educativos. Asesor y consultor en Enseñanza para la Comprensión y en Didácticas para el desarrollo del pensamiento crítico y la educación ética.
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1 comentario
Hola profe Rodolfo. Cordial saludo. Leí el artículo de Cuidar la intimidad y me gustó mucho. Qué posibilidad hay que de, citándolo y dando los respectivos créditos, utilice estas lecturas para trabajar con mis muchachos. Quedo atento a su repuesta. Un abrazo.
Hola profe Rodolfo. Cordial saludo. Leí el artículo de Cuidar la intimidad y me gustó mucho. Qué posibilidad hay que de, citándolo y dando los respectivos créditos, utilice estas lecturas para trabajar con mis muchachos. Quedo atento a su repuesta. Un abrazo.