Escritura y soledad

Ilustración de Edwar Hopper. Room in Brooklyn. 1932.

Cierto es que nuestra sociedad,  me refiero a la colombiana, es más dada a la oralidad. Parece verdad de a puño que nos gusta ante todo  hablar y  expresarnos más desde la inmediatez del día a día. Al calor de esta “palabra colectiva viva”, entre otras razones, nuestros procesos educativos enfatizan más el transmisionismo (oralidades medianamente formalizadas) que la lectura y la escritura.  Tal vez por ello las escrituras académica y literaria han sido históricamente las Cenicientas de nuestras prácticas pedagógicas. De hecho los docentes poco escriben y los procesos para enseñar la escritura se quedan ante todo en buenos deseos, consejos dichos pero no aplicados, tareas poco revisadas y correcciones que casi nada enseñan.

Esta situación no es nueva en absoluto pero los costos de tal atavismo, sumados a la masificación de la opinión y al mandato de las redes sociales (ver mi entrada Cuidar la intimidad) están haciendo polvo nuestra capacidad  de reflexión y proposición desde la escritura. Ésta, que es constitución metódica de subjetividad y democracia, se halla cada vez más amenazada. Pero creo ver en tal estado de crisis una condición particularmente difícil que  nos aleja aún más del acto de escribir: el cultivo de la soledad.

Y si el acto de escritura es difícil –en tanto requiere conocimiento del idioma, dedicación, organización, retrabajo…- más lo es en cuanto implica asumir ámbitos de soledad –tan ajenos a las oralidades espontáneas-, es decir, hacer un alto en el camino, regularmente ir hacia uno mismo alejándose de los demás y de los medios de comunicación, contemplar activa y críticamente la propia vida, entrar a la conciencia más interior, procesar lo vivido y lo conocido… Por todo esto, preferimos abrirnos alegremente al festín de la vida pública, a la oralidad rápida y espontánea, al convite de la rutina diaria y rehuir el silencio  y la disciplina que conlleva la escritura.

Por tales circunstancias la escritura habita el cuarto de San Alejo en nuestras aulas; si acaso aventuramos una que otra cuartilla más por obligación que por necesidad o hábito. Empero, una educación que escabulle el cultivo  de la soledad declina sustancialmente a forjar capacidades críticas, creativas y democráticas. Bien sabemos que los demonios interiores es mejor dejarlos tranquilos; bien comprendemos que buscar los motivos y los hilos de sentido más personales y colectivos son búsquedas arduas y hasta espinosas. Nada más inextricable que la conquista de la autonomía. Mejor, pues, seguir en el transmisionismo –zona de comodidad para unos y otros- que en  una genuina educación de  la escritura.  

Y por genuina educación de la escritura entiendo, en primera instancia,  el cultivo de la soledad, de los espacios para hacer un paréntesis en las experiencias cotidianas y en los datos que nos llegan y decantar, sopesar, analizar lo vivido y lo recibido. Máxime en nuestros días, enseñar a hacer una pausa para reorganizar el mapa de la vida es cuestión de ética y de futuro –individual y colectivo.

En segundo lugar, una educación de la escritura quiere decir pensar y leer con propósitos claros: para qué se lee y por qué; qué se piensa de lo leído y cómo lo leído  alimenta -o no- nuestras vidas. No se trata de cumplir estadísticas de títulos ojeados o de fichas de lectura calificadas sino más bien de poder degustar, profundizar y debatir unos pocos textos o autores básicos y desde ello pensar-se y pensar el mundo de la vida.

Una tercera condición, en mi concepto, es la de enseñar estrategias de escritura. Dedicar el tiempo para  acudir a los secretos de los mejores escritores y entregarlos a los niños, jóvenes o adultos novatos. Enseñar y acompañar procesos de creación, organización, desarrollo y edición de ideas.  Volver al taller y a los conversatorios para escribir y reescribir textos literarios y argumentativos, especialmente. O lo que es lo mismo: crear un ambiente de escritura en las aulas. Que cada día algo se escriba. Que cada día algo se comente sobre cómo escribe alguien. Que cada día se brinde una rutina y se lea un párrafo modelo.

Algunas de estas condiciones podrían ayudarnos a transitar del  conformismo y la masificación a la autonomía y la ciudadanía crítica pero el punto de encuentro de todas ellas radica esencialmente en lo ya dicho: en el cultivo de la soledad. Sin el encuentro con uno mismo, sin el indispensable porcentaje de silencio y quietud, sin la necesaria cuota de vigilia reposada, seguiremos girando y girando como hoja en ventisca.

¿Una educación que rehúye las prácticas de soledad y escritura no será una educación que evade la configuración de la propia voz?

 

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