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Rodolfo Alberto López. D.
Este hablar monologal…
La nuestra es una sociedad fundamentada en la primacía del individuo y de los derechos. Sin embargo, estas dos grandes conquistas de la modernidad han llegado a un extremo tal que hoy reinan con tiranía absoluta sus inevitables excesos: el individualismo y el olvido de los deberes. El hombre de hoy vive sustancialmente en función de sí mismo, en un ethos suspendido en la necesidad imperiosa de cumplir los propios derechos. Muchas de nuestras prácticas cotidianas no van más allá del interés de realizar nuestros más personales apegos. Desde este contexto, hablar se nos ha constituido en un monólogo, en una rutina parloteante en la que el discurso transita entre el yo soy y el yo quiero.
Tal hablar monologal está tachonado del eco, de salones infinitos de espejos, de un conversar limitado y limitante pues ahora no se trata de abrirse a la posibilidad del otro sino de hacer del otro el medio para anclarse en sí mismo. Hablar desde el monólogo es la forma particular de «relacionarse» hoy, de ser, de mostrar lo que se es. Hablar tiene sentido, entonces, si es para decirme ante los demás. Entre el exponerse y el mostrarse discurre el ser contemporáneo, todo por el privilegio de ser legalizados en la sociedad mediática, lo cual nos ha conducido a ser hombres parloteantes pero, paradójicamente, a ser hombres con un profundo temor a la soledad, al silencio y a la intimidad. Tal vez estas razones expliquen el incremento desmesurado de las redes sociales y las tecnologías comunicativas, las que a su vez, se han constituido en nuestros símbolos sacros.
Consecuencia de ello, lo público existe en referencia a ese mostrarse y decirse, ahora no es un asunto que convoque los derechos de todos sino mis intereses. Lo público ha pasado de ser una voluntad colectiva para vivir mejor a convertirse en una imagen que “legaliza” nuestra existencia individual. Lo público no como organización para pensar y vivir en lo colectivo sino en cuanto red para presentar lo propio; más una plataforma, un ritual que nos exhibe ante los otros que un asunto de ciudadanía.
Muy posiblemente sea esta transfiguración de lo público lo que a su vez ha trastocado el sentido mismo del hablar y ello me ha llevado a cargar el acento en que se habla más para mostrarse, para manifestar a los otros que se está ahí, que para establecer genuinamente el propio ser y el del otro (esto es el diálogo). Y por este afán de figurar ante los demás es que se ha ido mermando la construcción de lo más personal; así, no resulta extraño que todo acto social esté enmarcado en un poner afuera. Asumir lo contrario, esto es, la intimidad y el silencio, son formas del suicido contemporáneo.
En tal estado de cosas, ante esta avalancha del afuera, ante este perspicaz y sistemático parloteo figurativo, vale la pena volver a resignificar sustantivamente la escucha. Ella nos puede re- situar en una mejor disposición ética y política.
En franca resistencia ante esta emergencia de un modo de individualización y socialización simbolizada en la imagen de Narciso (Lipovetsky, 1986), una disposición ontológica centrada en la escucha, bien puede arrojarnos luces para repensarnos y reconfigurarnos, en aras de convivir con nosotros mismos y con los otros desde una relación más digna y edificante.
Escuchar: incertidumbre y otredad
Ahora le corresponde a la escucha. Escuchar es, en primera instancia, asumir la incertidumbre, abrirse a los misterios de la vida. Cuando escucho es lo súbito, lo desconocido, lo inesperado lo que se sitúa frente a mí. En el escuchar, la variedad de la vida se me despliega; lo inexplicable e impredecible toman forma. Más allá de las presuntas certezas y seguridades de mi hablar monologal, es en la escucha en donde emergen palabras y vivencias antes desconocidas. Basta con girar la cabeza, con aguzar los oídos, para saber que esencialmente el mundo es misterio y horizonte desconocido. Vivir es asumir la plenitud de lo posible y de la incertidumbre. El pasado o el futuro son eso: el primero, posibilidad en la memoria; el segundo, posibilidad en la imaginación. Por lo mismo, considero tan afortunada y lúcida la idea de Gadamer: el mundo existe como horizonte, es decir, como «espacio sin límites en medio del cual estamos y buscamos nuestra modesta orientación» (1997: 118). “Modesta orientación” que recalca el hecho de que somos apenas una fugaz aventura, un cometa errante y mínimo en medio de una plenitud universal que nos desborda. Escuchar, pues, no es más que confirmar que no estamos solos en el mundo.
Consecuencia del escuchar como incertidumbre se da el escuchar como otredad; como ejercicio intelectual, emocional y espiritual donde lo extranjero se me devela, en donde lo desconocido irrumpe en lo conocido, en donde lo inesperado habita lo sabido. Lo otro, que Rudolf Otto llama el tremendo misterio, y que posee “(…) manifestaciones y grados elementales, toscos y bárbaros, y evoluciona hacia estadios más refinados, más puros y transfigurados” (1980: 23). Lo otro como relación inevitable a la que por el solo hecho de estar vivos estamos expuestos. Nacemos de los encuentros y vivimos en los encuentros. Lo otro -el otro, los otros-, si queremos llamarlo así, nos constituye: » Todos hemos de aprender que el otro representa una determinación primaria de los límites de nuestro amor propio y de nuestro egocentrismo. Es un problema moral de alcance universal», sentencia Gadamer (1997: 120). Y al ser de alcance moral, toca nuestras formas de vivir y de convivir. Así, la escucha nos sitúa en la otredad, la cual se instituye en una reflexión urgente e inaplazable para el hombre de hoy, tan cercado por lo inmediato y lo individual. Pensar seriamente en el otro -ya sea una persona concreta o una experiencia trascendental- se nos debe volver un deber, una tarea, una actividad continúa y explícita, progresiva y principal, que irá desde considerar las formas de relacionarnos con nuestros familiares o amigos hasta sopesar las maneras de vivir en las ciudades, con la naturaleza y con la idea de trascendencia que tengamos.
Pretendo decir tan solo que la capacidad de escuchar nos despliega la pluralidad. En otros términos, escuchar es dejarse habitar por lo diferente; en el escuchar es en donde se halla el origen de las experiencias mística, estética, erótica y política, pues lo sagrado, lo sublime, lo imaginario y lo público son revelaciones sustantivas de otredad. Si se quiere: sin la capacidad de escucha no podemos tener sentido de trascendencia verdadera.
Por las anteriores reflexiones posiblemente hoy día sea tan escaso el acto de escuchar, pues nos compromete, más que el monologar, con la comprensión profunda de nosotros mismos y de los otros. En la escucha se tejen las primeras y más estructurales posibilidades de soledad, silencio, intimidad y atención a la diferencia. Si se quiere ver desde la perspectiva ética, la escucha viene a ser la primera condición para llegar al respeto y la convivencia.
Referencias
Profe Rodolfo. Cordial saludo. Tiene toda la razón en decir lo parloteante que se ha vuelto el ser humano. Tanto Umberto Eco en su artículo ¿Acaso no tenemos verguenza? como Mario Vargas Llosa en su libro La civilización del espectáculo plantean ideas similares. Un abrazo. Se le recuerda con cariño.